"LAS GRANDES PASIONES SON ENFERMEDADES INCURABLES"
-Goethe

lunes, 24 de noviembre de 2025

La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

Biblioteca Nacional E55. Vamos viento en popa, a velocidad de crucero, lento pero seguros, con nuestra intención de ir leyendo las novelas de Michel Houellebecq de inicio a fin. Luego de la excelente y estupenda Plataforma, llega La posibilidad de una isla.

Yo no diría que Houellebecq escribe la misma novela siempre, como sé que se dice por ahí, aunque no negaré que puede correr el riesgo de, dicho de una manera algo distinta, repetirse. Es un autor con intereses y preocupaciones y obsesiones claras, reconocibles, que cimentan su obra narrativa y que indudablemente sobrevuelan cada novela. Pero claro, Ampliación del campo de batalla y Serotonina, lo dije en su momento, son extremadamente similares en estructura, en sustancia, a pesar de sus diferencias aparentes. ¿Cuál de las dos es mejor? Según yo, Serotonina es más redonda, más pulida, pero es que la leí antes, ¿el orden de los factores alteraría, en este caso, la impresión final? Plataforma es la más independiente y autónoma, al ser una especie de crónica de los hábitos y conductas sexuales de la sociedad moderno-occidental. La posibilidad de una isla entra en el terreno propuesto en la genial y magnífica Las partículas elementales, esto es, la narración o relato vital situado en tiempo presente pero enmarcado en una mirada "futura", es decir, ciencia ficción plena y hasta diría que relato post-apocalíptico. Pero además cruza dicha propuesta con lo planteado en la breve aunque también estupenda Lanzarote, recuperando no necesariamente eso de "historia turística" como la mística de dicha isla y la trama de la secta que en aquella novela corta destacaba y explotaba ya por el final. En otras palabras: La posibilidad de una isla = Las partículas elementales + Lanzarote. Pero no es una copia ni una mezcla burda o apresurada, al contrario, es más bien una combinación espiritual, moral, que busca expandir y explorar los límites narrativos/temáticos/genéricos a través de sus variaciones dramáticas que mantienen siempre la frescura y el asombro.

La posibilidad de una isla, entonces, se articula en dos tiempos: en el presente, la vida de Daniel, quien nos narra en primera persona el relato de su vida, el cual, para él, de todas formas comienza cuando se decide definitivamente a dedicarse a la comedia, a ser un cómico corrosivo e incorrecto, caracterizado por su cáustico humor negro, negrísimo, que no deja títere con cabeza. Si Houellebecq siempre pone parte de sí mismo en sus personajes, cabe suponer que con el protagonista de esta novela y su cualidad de humorista, o mejor dicho de bufón y polemista, provocador, se evidencia más a sí mismo en este trasunto o émulo suyo. Me causó bastante risa que en alguna página el tal Daniel comenzara a hablar sobre cómo tanto la crítica y el público que unánimemente lo celebran y aclaman lo definen como un "agudo observador de la realidad/de la sociedad", que es algo que, prácticamente palabra por palabra, yo he dicho de él y sus novelas en posts anteriores. Se nota que Houellebecq va un paso adelante que yo, que el resto, ja, ja. Como sea, con un magistral y apabullante dominio y sentido del ritmo, del espacio y del tiempo (pasan los años, pasan las personas, pasan los lugares sin que la narración misma se estanque o se haga pesada, o por contraparte se sienta ligera o trivial o insignificante), el narrador nos cuenta las idas y venidas de su vida, tanto personales como profesionales y sentimentales/sexuales, a la par que elabora un, ejem, agudo e incisivo retrato de la sociedad moderna, la sociedad francesa, la sociedad occidental, etc. Suena a chiste repetido, lo sé, pero los personajes y sus tramas son nuevos y renovados, ágiles y dinámicos en términos narrativos, por lo que en cuanto a lectura en sí la cosa es fluida y te engancha, te interesa sin mayores trabas, además las observaciones, las críticas y todo eso, siguen siendo igual de lúcidas, geniales y punzantes que siempre: Houellebecq no pierde ni su mala leche ni su ojo clínico no sólo para analizar los fenómenos observables sino que para capturar aquellos detalles que usualmente escapan al ojo común y poco avezado. Por lo demás, puede señalarse que el enfoque es también diferente, razón por la cual su "aguda/pesimista/feroz observación" y su crónica vital no es una copia de lo mismo, al ser vista desde otra perspectiva que ofrece otros ángulos, que ilumina otras sombras. Dicho enfoque, por lo demás, vendría siendo, qué sé yo, el de cierto sentido de la religiosidad o de la fe. Si Plataforma analizaba a la sociedad desde el sexo y el amor, si Las partículas elementales analizaba la sociedad desde una mirada bioquímica y conductual o científica, si Ampliación del campo de batalla y Serotonina analizaban la sociedad desde un punto de vista sociológico y algo psicológico, La posibilidad de una isla explora en la necesidad o búsqueda o desesperación metafísica de la sociedad, expresada en el modo en que hombres y mujeres otorgan cierta noción de sentido a la realidad: a la vida y a la muerte. ¿Y qué hay de lo mercantil y económico? Bueno, para Houellebecq todo es mercado; el dinero no es más que un símbolo y su representación más fiel de las dinámicas mercantiles, es decir el dinero es también la gente, es también el cuerpo: el mercado del sexo y de las relaciones interpersonales, el mercado de la salud mental, en fin... De este modo, el relato vital/retrato sociopolítico que emerge de la narración de Daniel poco a poco se va perfilando hacia el nuevo paradigma y sus respectivas conmociones y convulsiones de índole tan privado e íntimo como mundial, público: la historia de este humorista rabioso, de este humanista perdido, de este hombre decepcionado, una historia salpicada por lo demás con antológicas escenas hilarantes, sórdidas, grotescas, violentas y de un desesperado patetismo emocional, es también la historia del fin del mundo, del colapso de la humanidad, que es en donde transcurre la otra porción de la novela, narrada por Daniel24.

Y como podrán adivinar, y sin entrar en detalles, supongo que intuyen más o menos el cambio de paradigma que cambia por completo el curso de la humanidad y su cosmovisión, antaño sustentada en el miedo a la mortalidad y el pánico a la incertidumbre que esconde la muerte. Pero cuándo no hay muerte y de ti pueden haber hasta 24 reencarnaciones, ¿qué queda?, ¿cuál sería la urgencia por vivir, por explorar, por descubrir? ¿Cuál es el apuro por el placer, por el conocimiento? ¿Vivimos porque sabemos que vamos a morir, o vivimos porque la vida misma es en sí valiosa? ¿El placer de un buen polvo o de una comida deliciosa se origina en la cualidad misma de la comida o del sexo, o en la mera satisfacción de tachar un objetivo de la lista (como los turistas que se conforman con poner pies en un país, sin conocerlo ni respirarlo realmente, sólo para completar el recorrido)? En el futuro lejano en el que viven los neohumanos, Daniel24, aparte de ir aportando observaciones al relato de su antepasado imperfecto, nos cuenta un poco cómo es la vida en soledad, arrasado el mundo por cataclismos, la vida sin penas ni alegrías, sin pasiones ni rencores, la vida de quien simplemente está vivo. Si el relato de Daniel es un retrato de la sociedad de antaño, la porción de Daniel24 es una (paradójicamente) sentida reflexión filosófica sobre el valor y la esencia del ser humano: ¿es mejor el depurado Daniel24 o el imperfecto, humillado, rencoroso Daniel1? ¿Quién es más real, más genuino, quién vivió más? Desde luego, Houellebecq, hábil como es, tampoco se limita a que esta porción sea solamente pura reflexión, puro pensamiento: también hay conflicto dramático, interno y externo, personajes y sucesos, un arco argumental que, según como se mire, es catarsis o decadencia, aunque, sea como sea, aún con ese ritmo y prosa más bien melancólica, gélidamente elegíaca, distanciada pero humana a fin de cuentas, enmarca sus particularidades en una buena y entretenida historia post-apocalíptica en plan survival horror, elevado, claro está, por el estilo sesudo de Houellebecq, que como lector obseso, estoy seguro, puede escribirte ciencia ficción, novela negra o policial, terror, comedia, etc., respetando la esencia, la mística, el espíritu de los códigos éticos y estéticos de los géneros pero subvirtiéndolos según su propia visión pesimista, satírica y analítica, estudiosa. La posibilidad de una isla es una elocuente prueba de ello.

La novela, entonces, es tan entretenida y fascinante como cabría esperar, equilibrando a la perfección la hábil capacidad fabuladora y narradora de Houellebecq con su cualidad de cronista/ensayista legible, capaz de exponer, ilustrar o explicar cositas complicadas sin complicarse en lo absoluto. 

¡Vaya vaya!, ¡qué agradable sorpresa nos depara la tradición republicana de todo préstamo de la B.N.P.D.! ¡Miren cuántos préstamos, cuánta antigüedad! Este ejemplar de La posibilidad de una isla ha estado en existencia desde principios del 2008, es decir hace diecisiete años y medio, período a lo largo del cual ha sido prestado en, a ver contemos, uno dos tres... ¡treinta y cinco ocasiones! Eso da más o menos un promedio de dos veces por año, ¿qué piensan?, ¿buen promedio o nah? Los años de gloria, empatados con seis préstamos cada uno, son el 2008 y el 2017. Y fíjense, este libro ha sufrido la misma maldición, el mismo letargo lector de otros ejemplares de la B.N.P.D.: ¡yo soy el único que ha leído La posibilidad de una isla en lo que va de década! Pero has tenido paciencia, novela, he llegado yo y le he dado sentido a tu existencia, he cumplido tu propósito aunque sea por unos cuantos días, pero la memoria de los mismos te mantendrá con vida durante unos cuantos años más, mis huellas grabadas en tus páginas seguirán susurrándote y prometiéndote: no todo está perdido.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Indigno de ser humano, de Osamu Dazai

 

Biblioteca Nacional E56. Primero que todo, gloria a Abducción Editorial, una editorial chilena especializada, aunque no limitada (hay también autores nacionales, ciencia ficción, fantasía, horror, literatura francesa y estadounidense, revisen su web), en literatura japonesa clásica y moderna, tradicional y underground, haciendo más accesibles títulos que de lo contrario no estarían a mano, por ejemplo los libros de Ryu Murakami, Edogawa Rampo, y claro, entre Akutagawa y Tanizaki también tienen a Osamu Dazai, cuya obra más conocida seguramente es la que tenemos entre manos: Indigno de ser humano. Dan ganas de leerla con ese título, ¿cierto?

Me sorprende la escueta extensión de esta novela, poco más de 150 páginas, pero una vez leída la verdad es que se justifica plenamente por su estructura: es la historia de tres cuadernos manuscritos en los que el protagonista nos narra su indigna y repugnante, a decir suyo, deriva vital, que va desde la infancia hasta una avanzada edad de 27 años, cuando ya parece un viejo decrépito, pasando entre medio por toda clase de miserias, humillaciones y degradaciones de la más pútrida calaña: el protagonista no sólo siente un hondo y encarnado desprecio por sí mismo, sino que también se encarga de manifestarlo en una autodestrucción sin frenos. Hay un prólogo y un epílogo en los cuales el hombre al que le pasan los cuadernos hace sus propias observaciones, primero porque los cuadernos vienen con unas cuantas fotos, y luego al final, leído los cuadernos, sus conclusiones de tan amarga aunque curiosa existencia.

Siempre me cuestiono ciertas cosas. Por ejemplo, el protagonista de los cuadernos, claro, se desprecia a sí mismo por no poder encajar y sobre todo por no saber encajar, por no entender cómo demonios funciona la sociedad aunque, de todas formas, tiene una idea bastante clara de cómo NO funciona, que no es lo mismo. Lo digo porque teniendo la lectura de La dependienta fresca, me pregunto qué hace que las observaciones y críticas del protagonista de ésta sean tan radicalmente diferentes de aquélla, no en lo obvio sino que en su fondo, su sustancia: la novela de Dazai es genuina y auténtica, parte de una verdadera mirada a partir de la cual va desarrollando el declive personal de su protagonista, mientras que la otra novela es tan plana, tan ingenua, tan pueril, que no le crees nada. El protagonista de los cuadernos está más cerca de Chinaski (ejemplo ilustrativo, claro) que de la "filosofía kawai" de la otra. Es la historia de un muchacho tan pero tan perdido y desesperado que inexorablemente se margina en un infierno alcohólico y sexual, una pesadilla social en la que cae y cae por un agujero sin fondo porque es el único remedio que encuentra para su desarraigo, para su dislocación con el estado de cosas: no entiende nada, las costumbres y estructuras lo enloquecen, lo desquician, la mejor solución es, sencillamente, no estar lúcido para que la frontalidad de dicha realidad no te ataque de manera tan deslumbrantemente clara, para que esas luces de provecho y orden no desgarren tus pupilas estragadas ni penetren tu cerebro marinado en alcohol y depresión.

Ahora bien, con lo intensa y entretenida (a su oscuro y tenebroso modo) que es Indigno de ser humano, debo decir que no me parece taaaan genial o magistral o magnífica novela. Sí, está escrito con el peso de la rabiosa mirada cargada en cada palabra, con escenas e imágenes que se te quedan grabadas en la retina (o en la mente), por el lado formal y estilístico no hay mucho drama, además no es poco mérito que en tan acotada extensión Dazai sea capaz de narrarnos una historia que abarca varios lustros, de tres a cuatro diría, sin que las transiciones ni elipsis sean antinaturales, impostadas, forzadas o rechinantes: la fluidez narrativa, su agilidad espacio-temporal, es encomiable y digna de estudio, incluso. ¿Qué le impide, según mi humilde opinión, alcanzar la grandeza y alzarse en el panteón de las grandes novelas? Mmmm... Yo diría que cierto ensimismamiento, reconcentrarse demasiado en su propio protagonista, lo cual es algo difícil y hasta improcedente de reprochar, porque al ser cuadernos manuscritos por su propia mano, ¿de qué otra cosa va a escribir sino de su propia desgracia y miseria? A lo que voy es que es un ensimismamiento no argumental sino que moral o ético: el protagonista no parece formar parte, aunque despreciado y marginal, de una sociedad y por ende a esta novela le falta esa necesaria mala leche crítica, esa ferocidad tan propia de este tipo de relatos de anti-héroes caídos en la desgracia, pues la inequidad social y política siempre tiene su cuota de responsabilidad y culpa en los descensos a los infiernos, el hombre y sus circunstancias materiales e históricas, sin embargo nuestro protagonista no parece querer ponderar dicho factor al contrario de Chinaski, que sin tampoco caer en victimismos ni trágicas maldiciones (lo cual es digno de elogio en la novela de Dazai, claro: a pesar del estilo tan auto-despreciativo del protagonista, el tono o atmósfera no es irritantemente lastimoso ni penoso: busca que su patetismo sea más bien grotesco y distanciado), sí es cabal y plenamente consciente de vivir en una trituradora de carne voraz e inmisericorde que se alimenta, justamente, de estos pobres bastardos cuyo único pecado es verse incapaz de cantar y bailar al humillante son de las convenciones sociales.

Como sea, una novela que no deja indiferente. Demonios, hasta me dan ganas de leerla de nuevo. Pero claro, hay que seguir nomás, nos esperan muchas historias todavía.

Cuatro préstamos en meses casi consecutivos, sólo en abril nadie pidió esta novela, quién sabe, a lo mejor sigue en buena racha y los cuatro préstamos que lleva en este 2025 pasan a ser diez, incluso más. Difundan la palabra, compartan esta genialmente cochina novela.

lunes, 10 de noviembre de 2025

La dependienta, de Sayaka Murata

 

Biblioteca de Santiago nº36. Por supuesto, no tenía idea de quién es Sayaka Murata y por lo tanto tampoco conocía esta novela, La dependienta, pero lo pedimos, en primer lugar, impelidos por esta ola de literatura nipona en que nos hemos embarcado, leyendo autores y títulos conocidos, otros no tanto y otros nada de nada, y en segundo lugar, porque la editorial es la misma que publicó La mujer de la falda violeta, una novela que nos sorprendió gratamente a pesar de que, como podemos corroborar en esta otra novela, por alguna razón ponen esas putas citas de "una extraordinaria novela sobre encontrar/buscar tu lugar en el mundo", en serio, a qué viene eso. Como sea, esperaba que La dependienta me sorprendiera y agradara tanto como la otra, total, de qué sirven esas citas, de seguro ni siquiera leen los putos libros, hay toda una industria consistente en no leer ni mierda pero en "ofrecer" blurbs. ¿A quién le harían más caso ustedes?, ¿a un crítico profesional de un periódico de larga tirada o a un bloguero anónimo?

Sayaka Murata no es nada nueva en esto de la literatura: La dependienta es su décima novela, al menos eso dice la contratapa, con la que ganó el premio Akutagawa; por lo demás, ha ganado otros importantes premios con otros libros, novelas y cuentos, entre ellos el premio Mishima, y como guinda de la torta, es una celebridad literaria en su país, una best-seller de tomo y lomo. Sé que es entretenido todo este rollo de los premios literarios y tal, pero a veces me entra la paranoia y me pregunto si existen para reconocer la calidad o para distanciarse del público. Es que no comprendo realmente tanta aclamación a una novela tan cuestionable como La dependienta, he estado pensando y reflexionando, rumiando las cosas, desde que la leí y no salgo por completo de mi estupor. En fin, vayamos por partes, en esta ocasión se necesita una aproximación más ordenada y metódica para comentar el libro.

La premisa, la sinopsis, la trama, la historia: Como podrán imaginar por el título, La dependienta nos cuenta la historia de una mujer treintañera, soltera, que trabaja como dependienta en un konbini (una especie de mini-mercado abierto las veinticuatro horas los siete días de la semana los trescientos sesenta y cinco días al año), empleo que ha tenido durante casi veinte años con el cual se siente cómoda y puede mantener una vida sin complicaciones, a pesar de que sea un empleo por horas usualmente considerado como algo pasajero, un empleo propio de estudiantes o de personas pasando por un mal momento financiero o personal, un empleo de transición hacia una mayor estabilidad. La protagonista, que es la narradora de la novela, nos cuenta su cotidianidad, ya sea dentro y fuera del konbini, además de alguna que otra cosilla con respecto a sí misma, a su personalidad y visión de las cosas, a su pasado y a su vida a grandes rasgos. En general, es una novelita bien sencilla y simpaticona, con una atmósfera ligera, entre tierna e irónica, entre naif y esforzadamente (o forzadamente) mordaz, que por momentos se siente como uno de esos animés bien kawai sobre la-vida-en-tal-lugar, que avanza con fluidez y buen ritmo a base de anécdotas o muy llamativas o bastante pedestres, descripciones informativas sobre el empleo en el konbini y lo que podríamos señalar como la trama central: la llegada de un empleado bien displicente y arrogante que, sin embargo, actúa como una especie de contrapunto ético, moral y existencial de la protagonista, que comienza a cuestionarse las decisiones de su vida y las bases sobre las que se ha estructurado durante tanto tiempo. Todo esto es narrado con una prosa, lisa y llanamente, normalita, ni sutil ni grácil ni delicada, simplemente descriptiva y con una neutralidad bastante sosa, pero quizás se deba a la personalidad de la protagonista, que sólo se limita a observar y actuar, sin juzgar ni mirar/evaluar maliciosamente (o indulgentemente, ya que estamos: es una mirada transparente, pero por lo vaciada de intenciones).

Ahora bien, demonios. Si la novela es una forma de crítica social centrada en el trato precario y francamente nefasto que tanto las instituciones como las personas, intencionadamente o no, le dispensan a aquellas personas que forman parte, como se dice, "del espectro" (porque no hay que andarse con medias tintas: la protagonista claramente tiene algo, aunque no sea yo quién para diagnosticar, pero de que hay señales las hay, nada más lean las fotitos dejadas abajo), entonces La dependiente es una novela bastante efectiva a ese respecto. Primero, porque logra dar cuenta de la personalidad, de la configuración mental de la protagonista, y cómo ésta choca constantemente a lo largo de su vida con la configuración generalizada de la gente "normal". Ella misma lo señala: siempre ha sido rara, siempre la han criticado por no ser normal como el resto, ni ella sabe cómo ser normal, cómo encajar. Por eso el empleo en el konbini le sienta bien: porque, más que ser una persona rara y estigmatizada con su "rareza", puede ser, directamente, una dependienta que sabe qué decir, cómo actuar, como solucionar problemas, cómo ser proactiva: el konbini es un microcosmos reducido pero comprensible y descifrable para ella. Se entiende, sí, y como digo, plantea bien el conflicto, con escenas bien incómodas y desagradables en lo concerniente al modo en que es cuestionada por casi todos por no tener novio o un empleo mejor visto y cosas así, y en consecuencia, al modo en que busca encajar, empujada a toda clase de indignidades con tal de simular normalidad aunque por dentro hierva de rabia. Y como la novela es narrada por ella en primera persona, también se entiende que la prosa, que las palabras o la manera de describir y expresar los hechos, los pensamientos y las emociones, sea sucinta y minimalista, taciturna incluso, despojada de todo artificio o calidez. O puede que la autora carezca de gran sensibilidad literaria y narrativa, también es una opción.

Suena bastante bien la hipótesis anterior, ¿cierto? No es que sea obligación hacerlo, pero me entran dudas porque la autora jamás explicita si la protagonista forma parte del espectro o no, y claro, cómo hacerlo, ya que la protagonista es la narradora y si nadie la ha ayudado ni apoyado, cómo va a saber ella que lo es. Por cierto, acá se demuestra lo estúpido del blurb de la portada: Esta novela no es sobre la dificultad de encontrar tu lugar en el mundo, al contrario, la protagonista encontró su lugar, el empleo de dependienta en la konbini, y más bien sería una novela sobre el mundo que es incapaz de apoyar a las personas que encuentran su espacio, sobre todo si se salen de norma. Lo que nos lleva al lado menos indulgente y agradable de esta novela.

Porque si La dependienta en realidad quiere ser una especie de canto de libertad o de individualidad, un canto a la rebeldía, entonces hace aguas escandalosamente, y no porque no se entienda, sino porque es tan pero tan obvio y pueril que llega a dar vergüenza ajena. Y puede que sea intencionado o no, eso es lo que me jode, lo que me revienta los nervios: la novela está escrita y narrada de un modo tan teledirigido, tan calculadamente ambiguo, que diga lo que se diga caerá de pie. Si uno dice que la cosa no funciona, es porque en realidad esa era la intención, que los diálogos y los personajes resultaran estúpidos, irritantes y huecos hasta la náusea, que todo lo que le falta está ausente a propósito y que todo lo que adolece es un mecanismo consciente; por otra parte, todo por lo que se la pueda alabar no está explícitamente a la vista, ¡vaya manera de cubrirse las espaldas!, libro más paradójico que este no encontrarán por lo pronto. Lo cierto es que, sí, hay observaciones bien acertadas sobre comportamientos sociales, pero vamos, no son observaciones ni ingeniosas ni originales ni complejas ni profundas, cualquier imbécil puede notarlo y ponerse a reclamar por ello, hacerse la víctima y el incomprendido, ok ok, la sociedad es hipócrita, es falsa, es conformista, es retrógrada y rancia, es conservadora y superficial, es una tribu que se come a los "inútiles" y escupe sus huesos en en exilio y la ignominia, ¡todo parece escrito por un adolescente en pleno berrinche! Pero claro, tiene esa cómoda ambigüedad porque los alegatos son hechos por el empleado mediocre y misógino, pero es exactamente lo que sucede con él y con la protagonista. Más que complejidad, entonces, lo que veo en esta novela es eso de "no quedar mal con nadie". No le creo nada, su presunto mensaje de crítica social no es más que una pose bien burda e infantil, carente de verdadera reflexión, no es más que un texto onanista, autocomplaciente y autoindulgente que, para concitar simpatías y popularidad, se hace el rebelde repitiendo descerebradamente consignas incendiarias y corrosivas, aunque el resultado sea insulso, inocuo e insultantemente plano. Cualquiera que haya leído a Houellebecq, aunque no te caiga bien, se dará cuenta el abismo de diferencia entre uno y otro y cómo la obra del francés, incisiva, incorrecta, inteligente, deja en pañales la novelucha de Murata. O por mencionar a una compatriota suya, Kawakami la adelanta kilómetros tanto en calidad literaria como en profundidad y complejidad al momento de retratar personajes también fuera de norma, que no encajan con un sistema de valores que, más que acogerlos y ayudarles a entenderse a sí mismos, actúan como chalecos de fuerza que les impiden respirar. Murata sólo se dedica a recalcar lo obvio, lo que está a plena vista y a gritarle al cielo, y se toma tan en serio a sí misma que de verdad se la cree, de verdad piensa que ha escrito poco menos que un sesudo y contestatario tratado filosófico-existencial sobre la peor cara de Japón, basta con leer sus entrevistas, por eso me inclino a pensar que La dependienta es más un resultado de este segundo párrafo que del primero, en otras palabras, que eso de la protagonista que es parte del espectro no es más que un recurso y una excusa de la que la autora se aprovecha, valiéndose de la integridad de su protagonista, para soltar su perorata infantil esperando cosechar credibilidad escudándose en su condición autista: el supuesto retrato de las dificultades de la "gente diferente" no es más que un resultado secundario y residual de sus banales ínfulas de escritora rebelde, pero como hemos señalado, muy cómodamente puede decir "no, mi intención siempre fue denunciar solidaria y respetuosamente..." porque no hay nada que desmienta tal afirmación de manera categórica y contundente, no hay nada que apunte de manera clara y precisa que esta novela es un ejercicio repugnantemente narcisista y egoísta de alguien que poco menos se erige como estandarte de una causa noble.

Y sumado a lo anterior, independiente de qué hipótesis les convenza más, lo cierto es que La dependienta es una novela simplona en su narración y simplona en su prosa, en su escritura, que si a veces logra destacar con escenas incómodas y algo perturbadoras es porque lo que describe es inherentemente incómodo y perturbador. Habría que ser muy incompetente para que escenas de acoso, de abuso tanto físico como verbal/psicológico/discursivo no causen efecto, lo que de nuevo nos demuestra lo efectista y truculenta que es esta novela, recurriendo a mecanismos que pasan colados y que funcionan automáticamente. ¡Y ha ganado el premio Akutagawa! De verdad no entiendo nada de nada, me recontracagoentodo.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Misceláneas primaverales, de Natsume Soseki

 

Biblioteca de Santiago nº38. Natsume Soseki es un autor que definitivamente se ha instalado en mi mente, no sólo por las dos novelas suyas que hemos leído (que no es que nos hayan encantado ni nada por el estilo, pero es que se nota que son "diferentes") sino que también, sobre todo, por lo inusitado de su aparición en mi campo de visión y porque en casi todos los libros japoneses que hemos leído, de alguna u otra manera, se le menciona, tal es su influencia en la literatura nipona. Por ejemplo, los cuentos de Hiromi Kawakami, que leí antes que este Misceláneas primaverales, contiene varias referencias no tan obvias de las que con cierto goce he ido identificando en la lectura de este libro. No deja de sorprenderme, por ello, continuaremos leyendo a este autor tan fundamental para los japoneses aunque no nos sintamos particularmente entusiasmados o impactados con su obra, que de todas formas tenemos que ir conociendo más, tan sólo estamos empezando.

Bien, como pueden ver en el índice de la fotito de más abajo, este libro consta de, digamos, dos libros: Los sueños de diez noches, que si mal no recuerdo Soseki fue publicando a lo largo de un mes o poco menos en una revista literaria o un periódico, y Misceláneas primaverales, ídem de ídem. El primero consta de diez sueños y el segundo de veinticinco misceláneas, sería banal listarlos uno por uno, por lo que haremos un comentario bien sucinto, bien generalizado.

-Los sueños de diez noches, entonces, como su nombre indica, es la narración de diez sueños, que van desde aquellos de atmósferas más manifiestamente oníricas y surreales, pasando por otras en donde el límite entre la realidad de la vigilia y la realidad de los sueños es algo más ambiguo y confuso, terminando en aquellos que son o imaginaciones plausibles o recuerdos dormidos, a fin de cuentas no es extraño soñar con escenas perfectamente cotidianas en donde no se rompe ninguna regla de la lógica o de la física. ¿No sería interesante inventarse un subgénero así?: El slice-of-life onírico. Como sea, independiente de qué tan surreal sea el sueño narrado, estos sueños de diez noches, que no superan las 35 páginas diría, se caracterizan por un lenguaje, por una prosa, ciertamente poética, pero con la sencillez y la diafanidad de un haikú por ejemplo, en los cuales la atmósfera, evocadora y sensual, remite a la dulce y humilde perplejidad de lo extraordinario, de lo inesperado, a fin de cuentas en los sueños hasta el escenario más delirante es una cosa perfectamente natural aunque residuos de desorientación nos sigan desde la vigilia. Mujeres que te dicen que se van a morir; una visita a la peluquería (casi) perfectamente normal; una madre y su hijo caminando por los bosques nocturnos hacia un templo; un padre cargando a su hijo ciego y demente; un hombre mirando a un monje budista esculpiendo estatuas de madera gigantes... Todo puede significar algo, puede significar nada, pero Soseki logra transmitir precisamente eso: el misterioso e indómito encanto de los sueños, en donde lo tenebroso se cruza con el impresionismo hiperrealista, sí, exacto, así son los sueños. Piensen en la película de Kurosawa, la última que hizo, su despedida fílmica: si les gustó ver aquella obra de arte, entonces también les gustará leer estos modestos pero hipnóticos cuentos. ¡MIERDA!, tan pronto como hice esa conexión mental, me puse a googlear y resulta que Kurosawa sí se inspiró en esta obra de Soseki, tanto que, de hecho, cada sueño de la película comienza con la misma frase de cada sueño de este librito (al menos eso dicen, yo no recuerdo tan exactamente la película): "Soñé este sueño".

-Misceláneas primaverales: Según internet este libro, algo más extenso, casi cien páginas, es un libro de memorias. Obviamente de eso hay, pues la mayoría de las veinticinco historias, de manera más, o menos, evidente, son historias protagonizadas por el propio Soseki o historias que él vio o escuchó, siendo una porción importante de las mismas aquellas centradas en su estadía en Inglaterra (y un cuento en el campo escocés), de la cual no guarda las mejores o más calurosas o iluminadas impresiones, de hecho hace un retrato bastante gris, frío y neblinoso de la vida inglesa, al menos en el aspecto humano, social, arquitectónico, casi pesadillesco por momentos, lo que contrasta bastante con el tono más bien bonachón y ligerito de las historias japonesas, con sus tertulias literarias, conversaciones, anécdotas ajenas, incluso se toma bastante a la ligera un episodio en el que un ladrón ingresa a su hogar y se lleva prendas, en fin, que Soseki está en casa, en su patria, bajo el sol naciente que tan bien conoce y que ha iluminado casi toda su vida. Quizás yo sea el idiota, pero hay algunas otras historias que no parecen ser precisamente memorias, a menos que sean episodios veraces relatados de un modo más bien ficticio, a fin de cuentas dichas historias no parecen protagonizadas por Soseki, o en su defecto, por un escritor maduro. Es cierto que una de las estampas está protagonizada por una niña que bien podría ser su hija o alguna familiar, qué sé yo, pero entienden mi punto, ¿no? Como sea, poco importa si todas las historias son memorias o no, lo importante es que todas, sin excepción, son historias deliciosamente narradas; no diría que como conjunto sea algo muy genial, así como para perder la cabeza, son historias agradables de leer, escritas con la prosa elegante, sobria pero expresiva, sencilla pero lírica (como un haikú, insisto), y con el tono nada solemne, nada grave, nada pesado, de Soseki, quien, sin embargo, amén de dichas cualidades, logra capturar, digamos, la esencia o el núcleo emocional/psicológico/dramático de cada cuento en cuestión, por ejemplo, sus historias ambientadas en Inglaterra transmiten perfectamente el desarraigo y la melancolía, los indicios de esa mezcla tan desagradable de locura y tristeza; la historia de la niña captura la intensidad infantil de las "pequeñas batallas"; las estampas sociales/literarias captan el ambiente plácido de personas a las que ya no se les puede perturbar con pequeñeces... No sabría decir qué tan novedoso o innovador es este libro, pero debe serlo bastante, al menos en Japón, porque, aunque no he leído casi nada de literatura japonesa de fines del siglo XIX-principios del XX, la manera en que está escrito casi parece contemporáneo, incluso si lo comparamos con cuentos y novelas de otras latitudes, no sólo por la naturalidad con que escribe desde la propia intimidad, en plan ficción testimonial, también por el estilo mismo, por el ir al grano, por no empezar con los "esta historia trata sobre", "entonces nuestro héroe tuvo" tan habituales de la época (y que no estoy criticando ni menoscabando, solamente las menciono para ilustrar cómo se desmarca Soseki de dicho estilo)... Cada vez me voy convenciendo que Soseki de verdad es un pionero, con razón todos los escritores famosos y no famosos le rinden tanta pleitesía, de hecho cómo se nota el modo en que varios, ejem, lo homenajean (por no decir que le copian). Y así como Soseki influye en generaciones literarias niponas posteriores, para qué hablar de las generaciones más nuevecitas, más noveles, esas sí que copian descaradamente a referentes que, entre inspiración e inspiración, llegan a Soseki como origen. Por cierto, el relato veinticinco, El profesor Craig, perfectamente pudo ser escrito (es un decir) por Bolaño, y de hecho es así, ahí tienen Sensini (eso sí, dudo que Bolaño haya alcanzado a leer algo de Soseki, pero quién sabe, con un obseso como él).

En fin, 

lunes, 27 de octubre de 2025

La niña que iba en hipopótamo a la escuela, de Yoko Ogawa

 

Biblioteca de Santiago nº37. Agradable fue mi sorpresa cuando me fijé que en los amplios y nutridos salones de la BDS estaba este libro de Yoko Ogawa, una escritora que por acá queremos mucho, cuya bella edición y llamativo título (el original se traduciría, tal como el mismo libro lo indica en su panel informativo, como La marcha de Mina) fueron alicientes para no esperar una próxima visita y llevármelo de inmediato, porque todo puede pasar, ya he visto libros que a la visita siguiente no están, entonces es mejor asegurarse, pero, ay, son tantos libros y tan pocas manos, tan pocos días, tan sólo un par de ojos, que irremediablemente toda elección es tan acertada como fatalmente errónea. 

La niña que iba en hipopótamo a la escuela nos cuenta la historia de una muchacha, que es la narradora del libro pero ya de adulta, quien, debido a la muerte de su padre y a que su madre decide tomar un curso especializado para poder optar a empleos mejor remunerados con los que mantener a su hija, debe trasladarse a la casa en donde vive su tía, la hermana de su mamá, durante todo un año mientras dure el curso. La novela es un bello y sereno, pero profundo y sutilmente complejo, ejercicio de memoria personal e histórica en el cual la historia de ese año, en esa casa junto a esa familia, se entrecruza con la historia de Japón y del mundo: los hitos de la vida de una niña que son tan vitales, cruciales, importantes como los hitos a gran escala. La familia de la tía está compuesta por el marido, el director de una fábrica de refrescos muy carismático pero también muy ocupado y ausente; la abuela de la casa, una alemana asentada en Japón desde hace décadas; la señora Yoneda, la nana, afectuosa pero severa; el señor Kobayashi, el jardinero y maestro chasquilla, hombre taciturno pero confiable; la tía, mujer melancólica y lánguida; y Mina, la niña de la casa, aquejada de asma pero entusiasta, animosa, y con quien la protagonista entabla una amistad que trasciende el lazo familiar. La casa es una mansión que tiene un zoológico en el patio, la mascota de la casa es una hipopótamo y la vida a lo largo de ese año será tan extravagante como perfectamente normal.

Lo maravilloso de esta novela es que carece de truculencias emocionales, no hace gala de esa apestosa y tan manida nostalgia pluscuamperfecta. La narradora, literalmente, revive los recuerdos y su narración palpita asombro, perplejidad, entusiasmo, toda una amplia, variada y rica gama de emociones que no necesitan artificios ni manipulaciones, lo que nos cuenta es la vida misma, un slice-of-life bien entendido y bien contado, bien escrito, escrito con esa serena poesía marca de la casa, con ese trazo delicado pero preciso que, con paciencia y contemplación, puede componer un cuadro rico en detalles, en profundidad de campo, en sensación de movimientos. Es una novela escrita y narrada con sensibilidad, con honestidad y sinceridad, con genial humildad, modestamente magistral, que es capaz de transportarte a un tiempo y a un lugar y evocar la vida ahí: hacerte respirar la pureza del aire, hacerte sentir la caricia del viento, escuchar el canto de las hojas, tal es su poder evocador. Sumen a ello numerosas subtramas que, aquí y allá, le van dando sabor, intensidad y complejidad al relato del año junto a la familia de la prima, porque claro, no todo es perfecto: la madre bebe mucho, el padre se ausenta demasiado, secretos revolotean en el aire, etc. Me doy cuenta que ahí radica la gracia, la mayor cualidad de esta novela: que respeta la visión joven de su protagonista, incluso aunque sea una rememoración; a mujer adulta que recuerda no interviene, no aclara, no hace gala de condescendencia ni para con su versión adolescente ni para con los otros personajes o el pasado mismo, como quien, con la seguridad que otorga el "conocimiento" del tiempo acaecido, en plan todos son generales después de la batalla, juzga a diestra y siniestra olvidando que nadie sabe para quién trabaja y que la vida es caminar envuelto en sombras. Al contrario, como digo, se mantiene la pureza y la transparencia del tiempo recordado, con las virtudes y defectos que todos los personajes tengan, pues la vida palpita gracias a virtudes y defectos, ya sea la ingenua sencillez de la protagonista (la que, curiosamente, le permite estar con los ojos más abiertos: quien no sabe mucho tiene más cosas que aprender, que notar, que vislumbrar), ya sea el voluntarioso y avasallador ingenio de la prima Mina, todo es retratado y reflejado, utilizando las palabras de antes, con la misma perplejidad y asombro con que lo harías si lo estuvieras viviendo y no recordando. 

El resultado es una novela maravillosa, hermosa, emocionante, alegre y curiosa, en fin, otra gran muestra de la literatura bella, poética, contemplativa, de Yoko Ogawa, cuyos libros, más que navegar la corriente de un río, es zambullirse a lo largo y ancho, alto y bajo, de un lago despejado e iluminado. 

lunes, 13 de octubre de 2025

Música, de Yukio Mishima

 

Bibliometro #126. Tenía que aparecer, por supuesto, ya era hora de que comenzásemos a leer a Yukio Mishima, otro de esos escritores japoneses indispensables, al menos, para saber de qué se habla cuando se habla de literatura japonesa. Comenzamos, entonces, con un libro cuyo título no me sonaba, pero que estaba a mano, y qué importa, no siempre se avanza por orden, qué demonios, mientras vayamos conociendo y descubriendo, qué mejor.

Como se puede ver en la fotito de arriba, Música funciona a modo de "borrador encontrado" (aunque no es exactamente eso, claro), escrito por un psicoanalista de Tokio que refiere el caso de una paciente que llega a su consulta motivada por una penetrante frigidez. Este recurso, que le permite a Mishima, en cierto modo, "escribir como otro", funciona a la perfección porque aúna, con sorprendente agilidad y habilidad, una exposición clínica y precisa, concisa, de los pormenores del caso de esta mujer con su respectivo tratamiento, y una maestría narrativo-dramática al momento de dosificar la información y establecer una cronología argumental. En otras palabras, Música es de una compleja claridad, capaz de expresar y retratar con sutileza y exactitud los sinuosos y enrevesados abismos psicológicos y personales no sólo de la paciente de marras sino que también del mismo psicoanalista y otros personajes que revolotean alrededor de este dúo, sin perder en ningún momento el sentido del ritmo, del suspenso, del pulso dramático. El informe del psicoanalista, que por supuesto se presenta bajo la ilusión de ser un escrito veraz, nunca pierde su capacidad para fascinar con los bien planteados, convincentes y verosímiles giros argumentales de su trama, en tanto la frigidez de la paciente se origina y se esconde en una enmarañada red de recuerdos y memorias consciente e inconscientemente reprimidas. Es increíble y sensacional, de verdad Música es como una especie de ensayo o paper académico pero enriquecido con los recursos retóricos y narrativos de la literatura; imagino que la información que Mishima utiliza para sustentar o reforzar el flujo de acontecimientos son reales, todas las teorías y textos que saca a colación, pero el libro nunca se hace pesado, ni denso ni pedante, ni por el contrario, tampoco parece simplón, pedagógico, aleccionador o condescendientemente ilustrativo. Y la trama, con personajes y secretos y giros, tampoco se vuelve exageradamente melodramática, siempre se mantiene como la profunda exploración de la psiquis humana que, ya al inicio, deja en claro que pretende ser: una historia de almas, una historia de mentes. Así, con sentido del humor, con sensibilidad poética, con sutileza teórica, con claridad estética o estilística, todo resulta interesante, entretenido, magnético, en esta novela, que no rehúye tampoco la sordidez y lo perturbador, pero que no cae en sensiblerías baratas o en artificiosas truculencias, amén de la mirada entre cínica pero también compasiva del psicoanalista, quien, por supuesto, tiene ese distanciamiento crítico y clínico/médico aunque no olvida que, en el fondo, sus objetos de estudio son seres de carne y hueso. Música, entonces, aprovecha ambas vertientes que se potencian mutuamente, no sólo en lo reflexivo sino que en lo narrativo, lo que queda clarísimo en el inteligente contraste de su inicio y su final: se comienza con esa precisión quirúrgica, pero el final es dulcemente poético y humanista (por cierto, el título alude a algo bien concreto y su metáfora no deja de ser sumamente arrulladora).

En dos años y mínima fracción Música es un libro que ha sido prestado en seis ocasiones, dos por año si sacamos un promedio. No es malo, digo yo.

lunes, 6 de octubre de 2025

El arte del asesinato. 11 relatos de crimen e investigación, de G. K. Chesterton

 

Bibliometro #127. Si ya me conocen, y si están acá es porque ya me conocen, sabrán que me encantan las historias de detectives, de asesinatos, de crímenes, de misterios, de investigaciones, en fin... Siempre que algo así aparece en mi horizonte, le echo un ojo y trato de acceder a ello. Y en los recomendados de Bibliometro, que a estas alturas también me conocen un poco, me apareció esta recopilación de cuentos o relatos escritos por Chesterton, autor clásico donde los haya y cuya obra siempre debe ser tenida en cuenta por cualquier amante de la naturaleza, perdón de la literatura (no sé por qué escribí naturaleza pero mantengamos la errata intacta, sin corregirla, para que vean cómo divaga mi mente a veces, incluso cuando está ocupada en algo concreto, como por ejemplo escribir un post), por lo que estaremos matando dos pájaros de un tiro.


Como pueden ver en las fotitos de abajo, los once relatos que componen este libro están sacados de The Club of Queer Trades, The Man Who Knew Too Much (imposible no pensar en Hitchcock), The Poet and the Lunatics, The Paradoxes of Mr. Pond y los tres libros del Padre Brown. Todos son libros de relatos sobre crímenes e investigaciones, y acá, antes de entrar en materia, no hay que perder la oportunidad de felicitar la distinción, porque claro, algunos de los crímenes que leeremos se resuelven, pero sus respectivos relatos no son de investigación propiamente tal, y no toda investigación necesariamente trata sobre un crimen (por lo demás, no todo crimen es un asesinato o de naturaleza violenta), lo cual, como veremos, es una diferencia crucial, son características esenciales para leer, disfrutar y comprender cada relato. Muy bien, vayamos por partes:

-Las extraordinarias aventuras del comandante Brown, cuento proveniente de El club de los negocios raros, un libro conformado por historias misteriosas sobre algunos empresarios, pertenecientes al mentado club, cuyos negocios son del todo peculiares, únicos y raros. Más no puedo explicar porque mataría el misterio, pero puedo afirmarles que Las extraordinarias... es un relato seductoramente serpenteante, desenfadadamente diabólico en sus rocambolescos giros y que, a rasgos generales, vibra y brilla por el puro placer de contarte acontecimientos extraordinarios y excepcionales, de esos que te hacen quedar boquiabierto, asombrados, sorprendidos, anonadados. De paso, ya en esta primera historia podemos deliciosamente gozar de la prosa elegantísima pero no por ello menos cáustica y salvaje, ácida, de Chesterton, cuya narración es el perfecto cruce entre una envolvente claridad y, por supuesto, y un uso de las palabras sinuoso, intrigante e insinuante. Excelente manera de comenzar la recopilación. ¡Ah!, olvidé mencionar, al menos, la premisa argumental: el comandante Brown recurre a la ayuda de un variopinto grupo (un ex juez medio gagá, para empezar) cuando comienza a recibir extrañas cartas en las cuales se anuncia, a modo de amenaza, LA MUERTE DEL COMANDANTE BROWN. Tales misivas son tan sólo el inicio de una seguidilla de insólitos acontecimientos que, ahora con la ayuda de dicho grupo, espera resolver satisfactoriamente.

-El rostro en la diana y El pozo sin fondo, ambas historias protagonizadas, o mejor dicho resueltas, por Horne Fisher, provienen de El hombre que sabía demasiado, un libro que reúne historias protagonizadas o resueltas por el detective, aunque según pude informarme, también cuenta con algunas otras historias protagonizadas por otros personajes, sin embargo el hombre que sabía demasiado es, efectivamente, el tal Fisher. Si hay algo que Chesterton demuestra a lo largo de estos once relatos, y que por extensión es una demostración de su obra literaria en toda su extensión temporal y cuantitativa, es su capacidad para la renovación o para la revisión, para el giro ingenioso que permite a sus historias gozar de características propias e intransferibles, de cierta independencia y autonomía temática, ética y estética. Ambas historias son misterios en donde alguien muere, sí, y son historias de investigación. En la primera, un periodista y el tal Fisher son testigos de un auto que cae desde lo alto de un barranco, hecho añicos al aterrizar y el conductor, lamentablemente, fallecido. A causa de la caída, claro. ¿Un suicidio, una falla de frenos? Fisher tiene otra teoría: un asesinato. En la segunda historia, en un club social ubicado en una de las tantas colonias británicas, junto a un pozo sin fondo aparece el cadáver de un célebre general junto a un joven pero prometedor militar en estado de shock, que parece ser el gran sospechoso. Pero hay gato encerrado, y Fisher olfateará aquí y allá hasta dar con la clave del misterio.
Ambas historias, sobra decir, son una delicia de la narrativa de investigación, que va un poco en la línea, eso sí, de las deducciones a lo Sherlock Holmes más que a un trabajo policial propiamente tal, aunque el mismo Fisher se refiera, con cierto dejo irónico y desdeñoso, al famoso detective creado por Conan Doyle. Y he ahí su giro, su toque revisionista al que se alude en el título del libro original del que proviene: Fisher podría ser un Holmes cínico, sombrío y pesimista, el que viene de vuelta, aún firme en sus ideales de justicia, honestidad y honradez, pero cuya mirada melancólica es, en realidad, la clave de sus deducciones: una misma pista, por ejemplo, puede conducir a determinada deducción, a determinada conclusión, a determinada verdad, pero puede ser una verdad errónea incluso si quien deduce es una persona ejemplar, virtuosa y optimista. Ambos casos no pudieron ser resueltos de no ser por la aguda y amarga mente de Fisher, tal es la refrescante propuesta de Chesterton. No toda resolución, no toda aclaración, no toda verdad conduce a un mundo más luminoso y balanceado.

-La casa del pavo real y La joya púrpura, por su parte, son casos protagonizados por Gabriel Gale, poeta y pintor que, sin embargo, gracias a su sensibilidad artística que le permite observar y percibir la realidad de manera algo más nítida y "extrasensorialmente" que el resto de personas excesiva y puntillosamente racionalistas o empiristas, se ve envuelto en misterios que sólo él puede resolver, insistimos, no porque sea más inteligente que el resto, tan sólo porque no le ha cerrado su vida a los misterios místicos del universo. Obviamente, tal como alude el título del libro original del que proviene, todos sus casos deben estar relacionados con gente lunática... demonios, hasta el mismo Gale es, en cierto modo, un lunático. Imaginen una detective esotérica y astróloga que resuelve crímenes gracias al aura de los sospechosos, gracias a las vibraciones de los lugares, gracias a la comunicación con los elementos de la madre tierra. De paso, me consta que con Gale, Chesterton ataca la concepción y cosmovisión atea, racionalista, etc., amén de sus historias en donde lo intangible, lo espectral, lo espiritual, lo simbólico, pueden ser tan concretos como cualquier objeto de madera, metal, porcelana, o cualquier persona de carne y hueso que se te cruce por delante.
Dicho esto, La casa del pavo real es una historia que no he disfrutado mucho la verdad, no tanto por el misterio en sí, que resulta fascinante tanto en su planteamiento (un muchacho de campo que desaparece sin dejar rastro luego de ser invitado por un apurado y elegante hombre del vecindario) como en su desarrollo y en su conclusión/resolución, como por la prosa, extrañamente gris, lúgubre, mustia, melancólica pero no en el mejor de los sentidos, como si la prosa y narración se vieran contagiadas por el ánimo lánguido de su protagonista, quien, por esas cosas instintivas, se adentra subrepticiamente en una casa extraña en la que se lleva a cabo una reunión de gente que se ríe de las supersticiones, club presidido justamente por el apurado hombre que invitó al muchacho de campo y al cual, de todas formas, no vemos por ningún lado. Gale resuelve el caso gracias no sólo a sus habilidades perceptivas sino que también a esas supersticiones de las que tanto se ríen esos arrogantes racionalistas. Curiosa historia: el misterio en sí es interesante, su sustancia o mensaje tiene su dulce mala leche (hay que ser lunático para vivir constreñido por la dura superficie de los meros objetos, nos dice Chesterton), pero la prosa, el estilo, la atmósfera cenicienta, no ayuda a potenciar dramáticamente su prometedora y lograda premisa.
La joya púrpura, por otra parte, corrige los reproches del caso anterior y, si bien Gale sigue siendo el mismo muchacho lánguido, algo taciturno, al menos el relato en sí es despejado y esa vivacidad tan elástica y entusiasta en la prosa de Chesterton se desata en todo su esplendor, gracias también a una historia igual de sorprendente y enrevesada como las anteriores. Resulta que un famoso amigo dramaturgo y poeta de Gale ha desaparecido, se ha esfumado sin dejar rastro, o casi, porque sus conocidos más cercanos (familia, abogado, un asistente, y Gale, quien se une al grupo por casualidad) intentan encontrarlo o al menos tener un mínimo indicio de su estado o paradero, por lo que comienzan a investigar reconstruyendo sus últimos pasos. Caso redondo y genial.

-Los tres jinetes del apocalipsis y Anillo de enamorados son historias protagonizadas, es un decir, por Mr. Pond, provenientes de Las paradojas de Mr. Pond, libro que, como podrán imaginar, reúne historias en donde se desarrollan deliciosas y llamativas paradojas, a modos de retos de lógica, que, sin embargo, tienen todo el sentido del mundo, o al menos dotan de sentido a historias que, de no ser por dichas paradojas, jamás serían resueltas.
La primera de ambas historias en realidad no está protagonizada realmente por Pond, él es tan sólo el narrador, el portador de la respuesta de la solución. Sentado a la mesa con dos amigos, procede a contarles una historia de lo más peculiar: un general prusiano manda a matar a un poeta polaco para que, con sus versos, no siga avivando el fuego de la rebelión. El campamento de los militares prusianos se encuentra en el extremo de un largo, kilométrico y escarpado pasillo siberiano, mientras que el poeta está apresado en un pueblito ubicado en el extremo contrario. El general envía a un subalterno con una orden de ejecución, pero pronto, el Rey o lo-que-sea de los prusianos llega al campamento y envía a otro jinete con una orden de indulto, con la esperanza de que dé alcance al primer jinete y evite la muerte de un mártir en potencia. En secreto, el general envía un tercer jinete para que detenga al segundo. ¿Cómo termina este enredo? Bueno, la paradoja vendría siendo que, a veces, un exceso de obediencia termina siendo contraproducente, mucha rigidez termina por quebrar al árbol más firme, en otras palabras, este relato es un inteligentemente sutil alegato de libertad, una apología a la desobediencia. Y, en términos narrativos, más que un caso de crimen e investigación, es como una fábula... bélica, gélida y violenta, pero una fábula de lo más entretenida y sorprendente, porque sí, el genio de Chesterton sigue siendo capaz de retorcer sus argumentos para goce del lector.
Ahora bien, Anillo de enamorados está a otro nivel. Me atrevería a decir que este relato es la gran obra maestra del conjunto, una absoluta genialidad, una fascinante y magnífica intriga de lo más retorcida y diabólica, aún más que las historias anteriores, pero jamás incoherente, jamás excesiva, sin perder nunca su base de verosimilitud. No entraré en detalles en este caso sobre cuál es la paradoja o cuál puede ser la lectura más probable, tan sólo les diré que disfruten de este misterio envuelto en una intriga, que es puro placer dramático y narrativo, todo un reto a los nervios y un regalo a tus morbosos deseos. Sólo diré: un grupo de apestosos y variopintos canallas burgueses-aristócratas-políticos, una cena, un anillo y... ¡un abismante misterio!

-El jardín del humo es uno de los relatos más débiles del conjunto, o dicho de otra forma, uno de los que menos me gustó. Es interesante en cierto modo porque demuestra grandes ideas y una brillante capacidad para sugerir y crear imágenes, metáforas, alegorías, que si las piensas, las reflexionas, las degustas, te parecen geniales. Incluso el mecanismo del crimen te parece sensacional, poético incluso, pero la narración en sí carece de verdadera emoción e impacto dramático. Nuevamente, tenemos una historia en donde los hechos, por un lado, brillan por su genialidad, mientras que la narrativa es la que flojea y cojea. La protagonista es una muchacha campesina que llega a trabajar como asistente a la casa de una conocida escritora y poeta londinense, casada con un afable doctor o científico, además del reservado asistente de éste; sumen, además, que un amigo marino del matrimonio, de modales bastante toscos, se aloja con ellos. Esta "familia" es de lo más excéntrica, pero al menos es acogedora. Sin embargo, poco alcanza a disfrutar, porque a la mañana siguiente la escritora aparece muerta y, en un clima de sospechas y hostilidades, es el vecino, un inspector de Scotland Yard, el que entrará en escena a resolver el caso y poner los puntos sobre las íes.
Una de las cosas que podemos mencionar es que, imagino, Chesterton quería retratar un poco cierto decadentismo moral de la sociedad, sobre todo de la gente artístico y de los hombres de ciencias, porque, entre otras cosas, hay droga de por medio, como si tuvieran un vacío espiritual dentro, una aspereza emocional, que intentan disfrazar con los coloridos efectos de sus estupefacientes, que no traen nada bueno a la larga. Más allá de lecturas morales, El jardín del humo no es un caso que resulte ni sorprendente ni muy creíble tampoco, primero porque queda bastante claro quién mató a la escritora y segundo porque no se entiende que, por muy inspector de Scotland Yard que sea el entrometido vecino, nadie avise a la policía y escondan el asesinato de la mujer. ¿Estará dopado el inspector también?, porque no parece que alguien que trabaje para la ley sea tan displicente con los procesos y protocolos correspondientes luego de la comisión y revelación de un crimen. Aparte de esto, ningún personaje te parece agradable ni atractivo, nada resulta muy interesante de hecho.
Sólo se pueden rescatar esas imágenes poéticas relacionadas exclusivamente al mecanismo del asesinato, pero el resto es bastante convencional y poco inspirado. Una buena idea pobremente desarrollada, una buena idea tristemente malograda.

-Luego de eso tenemos los tres últimos casos, La cruz azul, El hombre en el pasaje y La resurrección del padre Brown, cada uno proveniente, respectivamente, del primero, segundo y tercero de los libros que reúnen las aventuras del padre Brown, el personaje al que Chesterton destinó más historias.
La cruz azul es uno de mis relatos favoritos del conjunto, una absoluta genialidad, vibrante, de ritmo avasallador y de un sentid del humor tan pero tan negro y desenfadado que, por lo mismo, hace que el caso en sí resulta aún más fascinante y entretenido por lo exageradamente atípico de su naturaleza. El protagonista ni siquiera es el padre Brown, es un policía francés que llega a Inglaterra para darle caza a un célebre criminal, también francés, del que se sospecha estará en Londres haciendo de las suyas, disfrazado de cura, con motivo de una especie de convención religiosa a la que asistirán sacerdotes de otras ciudades inglesas e incluso del extranjero. Así, sin muchas pistas concretas salvo que seguramente aparecerá cerca del congreso sacerdotal, este excéntrico policía francés, de peculiar metodología investigativa, iniciará una delirante y descacharrante persecución cuando crea encontrar la pista inicial en un restaurante al que llegaron dos curitas bastante desordenados.
El hombre en el pasaje es, con toda seguridad, el relato más débil y el que menos me ha gustado. Todo en esta historia es arbitrario, impostado, forzado, poco coherente, como improvisado, poco inspirado, rutinario. Dos hombres llegan al camerino de una famosa y hermosa actriz a agasajarla como los buenos babosos que son; el asistente de la actriz también actúa como un enamorado perrito faldero; y para qué hablar de su seductor compañero de reparto. A esta inusitada reunión también llega el célibe padre Brown, convocado por la actriz por algún asunto privado, espiritual seguramente. Pero la actriz muere en el callejón al que da la puerta de su camerino y sólo el padre Brown sabe quién cometió semejante crimen. Nuevamente tenemos un caso en donde las pistas son completamente gratuitas, fútiles y banales (no tienen peso en la resolución, son meras distracciones para alargar el relato), los personajes poco agradables o simpáticos (es decir, dramáticamente nulo: qué importa lo que digan o hagan), el crimen el enésimo misterio de quién mató a la víctima (cero originalidad, sin ningún retorcido toque refrescante ni revisionista por parte del autor), además de poco coherente consigo mismo: para empezar, si el padre Brown lo supo desde el inicio, ¿por qué espera semanas para dar su testimonio? Vale la pena decir que luego del crimen el relato hace una elipsis y se vuelve un courtroom drama, ¡uno de esos entretenidas historias de tribunales! Sería EL elemento redimible de esta historia, porque al menos en esa porción el cruce de testimonios, dimes y diretes, le da algo de dinamismo a una premisa que se agota tan pronto como ocurre. ¿Lo peor? Que la solución está sacada de la manga, con evidencias y datos no mencionados antes, en total desprecio a todo lo escrito antes. Si la gracia es que el lector también sea capaz de resolver el misterio en conjunto con el detective o incluso antes, tal como está escrito, en El hombre en el pasaje tal cosa es imposible: te dan un montón de datos y pistas que de un plumazo van a la basura para que la respuesta se sustente en ¡otros datos salidos de la nada! Pésimo, no se reconoce el genio de Chesterton en esta historia, a lo sumo en ciertos tramos en donde su incisiva y mordaz y ágil y elástica prosa se siente más cómoda gracias al fervor propio de cada juicio.
Por último, La resurrección del padre Brown


Aunque no es la ficha bibliográfica más movidita, sí, para mí, resulta sorprendente que tenga no pocas lecturas, concretamente ocho en poco más de ocho años, lo que en realidad sí son pocas lecturas, me dejé engañar por la cantidad de fechas estampadas, algunas repetidas, lo que aumenta la confusión. Pero una lectura en promedio por año, nada mal ¿o sí?

lunes, 29 de septiembre de 2025

El libro de las ilusiones, de Paul Auster

 

Biblioteca de Santiago nº34. Llegamos ya a los años 2000 de la obra narrativa de Paul Auster, luego de Tombuctú, pero sobre todo, luego de sus años cinematográficos de mediados de los noventa/principio de milenio, años que, sin duda alguna, dejaron una honda y gran impresión en este autor que, con El libro de las ilusiones, nuevamente, nos entrega otra magistral y magnífica novela embellecida con la inconmensurable magia del cine.


Paul Auster es el gran mago de las pequeñas grandes historias, y también de las rotundamente grandes, y en El libro de las ilusiones, gracias a las posibilidades que entrega el cine como arte y como narración, es más transparente al expresar y transmitir aquel mantra que emana del gran pilar fundamental de su obra: toda historia es maravillosa e increíble en su modesta e íntima manera, la vida misma es una ficción si se sabe mirar y escuchar adecuadamente, con la mente abierta, libre y dispuesta, a dejarse sorprender por los giros que las existencias grises y monótonas invariablemente tienen aunque no haya nadie para registrar, para recordar, al menos no en el presente, pero quizás sí en el futuro: cada individuo, cada persona, cada ser humano y cada vida es como una botella con un mensaje en su interior, perdida en altamar, hundiéndose y resurgiendo en las mareas del tiempo, esperando a ser encontrada y conocida, consagrada y sublimada. Del mismo modo, toda ficción es también real en tanto es una historia, como toda historia, con sentimientos, pensamientos, con una vida en sí misma, una vida propia e inherente cuyo adn también forma parte de aquella realidad que va más allá, y más acá, de la frontera de su formato intrínseco.
El libro de las ilusiones nos cuenta la historia de David Zimmer, un académico literario ahogado en el luto y la tristeza, que se embarca, o mejor dicho que se ve succionado, hipnotizado, por una aventura extraordinaria que tiene tanto de imaginación como de viaje y odisea. Todo parte (es un decir) cuando, para escapar de su devastadora depresión, se dedica a estudiar la obra cinematográfica de un tal Hector Mann, uno de esos actores/realizadores de la época muda que, a la sombra de los grandes como Chaplin Keaton Lloyd, de todas formas construyó y legó una filmografía innovadora a su modo, en un estante secundario de la historia del séptimo arte (junto a otros nombres como los que se pueden ver en una de las fotitos de arriba, lista a la que sumo el nombre de Max Linder, búsquenlo). Además de la calidad de su escueta pero elocuente obra, Mann es recordado (por unos pocos) por su repentina y nunca aclarada ni resuelta desaparición, como evaporado en el aire, sin que nunca se haya vuelta a saber nada de él... ¿nunca más?
Así, El libro de las ilusiones es Auster puro: es adentrarse, dejarse caer, en los hermosos abismos de la vida misma y del arte, de las artes, del conocimiento, que en la persona (o la sombra), en la presencia (o ausencia) del cómico Mann encarna esa unión sublime entre el hombre de carne y hueso, como tú y como yo, y el ícono, el símbolo, la estrella y la obra en sí misma: es como dije antes, la vida como arte y como relato, el arte y las historias imbricadas en la vida misma. La lectura de esta novela, de casi 350 páginas, es absolutamente fascinante e hipnótica, se la leerán de un tirón, como por encantamiento, perdidos, pero con la brújula dramática maestra del autor, en la vida y obra de Hector Mann y también en la de su protagonista y la de los demás personajes, porque todos tienen vidas de alguna u otra manera dramáticas, épicas, emocionantes. La novela no deja de invitarte a querer saber más y más, a navegar y bucear más y más adentro y a fondo, es imposible saciarse con todo lo que tiene para ofrecer: las películas de Mann (la descripción precisa y evocadora, sugestiva, de una de sus películas avant-garde te deja babeando: un genio de la proyección fílmica mental), la historia de su desaparición, la fascinación de su espectro, el vital entusiasmo de Zimmer, el arte y el conocimiento como tablas de salvación, en fin... Y para qué hablar de los temas habituales de Auster, que siempre encuentra el modo refrescante y renovado para desarrollarlos: la búsqueda de la identidad, la lucha encarnizada contra el destino, la pelea contra las rígidas estructuras sociales, esa especie de feroz anarquismo intelectual de todos los personajes de Auster, de su arquetipo de héroe o anti-héroe: el que quiere forjar su vida y su muerte aún a costa de su propia integridad física y mental con tal de rasgar los chapuceros telones de la gran farsa "americana".
Qué más se puede decir: El libro de las ilusiones es otra maravillosa y fabulosa novela de un autor dotado de una sensibilidad artística tan diáfana y frontalmente honesta, genuina, como compleja e intrincada y seductora, incitante, un genial prestidigitador de la literatura y la narración, un gran fabulador y contador de historias, dueño de una creatividad sin límites aparentes precisamente porque dicha creatividad copula febril y tórridamente con todas las manifestaciones artísticas y culturales posibles. Vida y arte, arte y vida.

lunes, 22 de septiembre de 2025

El hombre en el castillo, de Philip K. Dick

 

Bibliometro #125. Lento pero seguro continuamos adentrándonos en la obra de Philip K. Dick, uno de los escritores más singulares no sólo de la ciencia ficción sino que de la literatura en general, y esto lo digo con todo el atrevimiento de mi ignorancia. Ya no hay más libros suyos en Bibliometro, con El hombre en el castillo, uno de sus títulos más conocidos (y que fue adaptada en una serie para Amazon que cuenta nada menos que con cuatro temporadas, cuarenta episodios en total, y eso que la novela no alcanza las trescientas páginas), hemos pedido todo lo que esta red tiene a disposición, sin embargo aún nos queda la BDS y algunas cositas que compré durante mis tiempos de bartender explotado, es decir cuando tenía dinero.

Bueno, los libros de Dick nunca son completamente lo que parecen, y eso es bueno. La suya es una ciencia ficción tan especulativa (en el buen sentido: el de la creatividad, el de la libre fabulación, el de la invención pura aunque no del todo descabellada pero sí delirante) como arraigada y enraizada no sólo en el presente y sus dimensiones (sociales, políticas, etc.), sino que también en la abismante interioridad humana, ya sea su mente ya sea su espíritu. Una ciencia ficción menos tecnológica o fantástica que conceptual y experimental, incluso psicológica. El mismo Dick se ha explayado al respecto al dar su definición de ciencia ficción. No es de sorprender que algunas de sus historias parezcan transcurrir en el presente, con personajes que hablan y viven como lo harían en la época presente (que pueden ser las décadas en las que el autor las escribió, que pueden ser las décadas en las que nosotros las leemos, porque he acá otra reflexión: nuestro mundo es ciencia ficción comparado con el de los sesenta, pero, en esencia, a nivel humano, ¿cuál es la gran diferencia?), aunque sus contextos sean muy o poco demenciales. Las novelas de Dick, al menos las que hemos leído, con todo lo "ciencia-ficciosas" que puedan ser, son historias o relatos o narraciones sobre dramas personales, colectivos, mezclados con complejos entramados experimentales-conceptuales. A veces pienso que una novela de Dick es como una novela que alguien escribe en el futuro, pero que escribe considerándolo su presente. Imaginen una novela contemporánea escrita por alguien en Tokio o alguna otra ciudad híper tecnológica e híper estilizada, para mas inri una novela que trate sobre internet y computadores y realidades virtuales contrapuestas con la naturaleza humana y la estabilidad mental de personas de carne y hueso abrasadas por el frenesí cibernético, que de algún modo va a caer a manos de alguien en los sesenta o setenta, y tienen una novela de Dick: algunos quedarán deslumbrados por la imaginación al crear esos edificios, esas tecnologías, otros pondrán más atención al drama humano que desarrolle dicha novela.

Todo esto lo digo, además de sin tener mucha idea de si de algo sirve, porque El hombre en el castillo no es para nada lo que parece y su premisa podría inducirles a pensar en un tipo de novela que, finalmente, no es, por lo que es buena idea prevenirlos. Resulta que tenemos entre manos una ucronía: la historia se bifurcó de la nuestra y, en la Segunda Guerra Mundial, los nazis, los italianos y los japoneses no fueron derrotados, es decir triunfaron y el mundo entero es regido por la mano dura de dichos regímenes. Uno de los grandes perdedores es Estados Unidos, cuyo territorio es ocupado y dividido: Japón se queda con una buena porción de la costa oeste, el lado que da al pacífico; los nazis se quedan, desde luego, con el sur; casi toda la llanura central se independizó, ni siquiera se llama Estados Unidos; y lo poco que queda de Estados Unidos como tal, títere no oficial de los nazis, abarca la costa este, de Nueva York para el norte. Y como los nazis son los grandes triunfadores del orden mundial, desde luego que la tecnología también avanza de otro modo más acelerado, a fin de cuentas el frenético delirio amoral e inhumano de los experimentos nazis conduce a resultados más rápidos y reveladores. Pero no es una novela con ecos bélicos, de espías, de complots internacionales, etc., aunque tenga de ello. El hombre en el castillo es una novela profunda y esencialmente espiritual, incluso mística, metafísica a su modo. Todo lo anterior es tan sólo un contexto, para nada gratuito ni intercambiable, claro, pero esperen una novela de trama, porque casi no tiene trama, prácticamente no la tiene y aquello que podríamos hacer pasar por trama es en realidad un mecanismo deliberadamente secundario y aparente: las acciones y los encuentros en que se involucran los personajes son, en realidad, un modo para empujarlos al verdadero conflicto que propone este libro: la lucha interna, la lucha filosófica, la lucha espiritual. Y que la especulación ucrónica de este escenario tan devastador es la manifestación más descarnada de dicha lucha espiritual.

¿Qué quiero decir con esto? Bueno, en primer lugar, Dick, sin solazarse en excesivos y minuciosos detalles, sí nos describe cómo es la vida pública y privada en este mundo nazificado. Obviamente hace gala de su genial capacidad de observación y especulación, y resulta interesante, atractivo, las similitudes y diferencias con que se desarrollan las cosas en la novela con respecto a nuestra realidad. Pero, más allá de consideraciones prácticas y políticas (obviamente, entre otras cosas, se ha institucionalizado el racismo y el estado de derecho es una ilusión al igual que las instituciones democráticas en las que tanto confiamos), el zeitgeist de esta novela es más bien moral: se vive en un mundo brutal, inhumano, malvado y perverso. Puede que a nivel de calle no veas atrocidades, pero sabes que están ocurriendo. Siempre pasan cosas malas, nunca nos enteramos, pero es lo que pasa cuando los malos ganan: es como si todo, de facto, se pudriera, porque el triunfo del mal es la admisión de que el sol y su luz, su calor, ya no existen; cuando ganan los buenos, impera la alegría y el optimismo, triunfando moralmente sobre el mal incluso aunque siga existiendo la muerte, la injusticia. En este ambiguo clima cotidiano, nuestros personajes, al menos los más importantes, son: un servil y complaciente vendedor de antigüedades estadounidenses "nativas" (no de los indios necesariamente, pero sí muebles o cuadros o lo que sea confeccionado por gente blanca antes de la derrota) que siente la misma vergüenza, humillación e impotencia que sentiría un japonés en el Japón ocupado por los gringos; un judío que comienza a falsificar joyas luego de quedarse sin empleo y que vive en un profundo estado de atonía y vacío existencial; un japonés de los altos mandos que se ve involucrado en una trama de espionaje y cuya visión de mundo se desmorona cuando las cosas se ponen violentas; una mujer solitaria llamada Juliana que se enamora de un misterioso camionero y cuya rutinaria soledad en realidad esconde una especie de cobardía vital; y el espía que llega a San Francisco para cumplir con su misión, un hombre más bien pragmático que, sin embargo, no deja de cuestionarse la utilidad (o futilidad) de sus acciones en un mundo aparentemente devorado por la auto-destrucción. Y, en fuera de campo, hay un libro dando vueltas, libro escandaloso y subversivo que describe un mundo en el cual el Eje perdió (y que no es una reproducción exacta de nuestra historia, claro, aunque habría sido un guiño muy divertido por parte de Dick), cuyo autor, para protegerse de represalias, vive protegido en una especie de fortaleza de alta seguridad bautizada como El Castillo, al menos eso dicen.

La trama (la reunión que el espía debe tener con unos japoneses a fin de traspasar cierta información crucial para el devenir del mundo, y por el otro lado la aventurilla de la tal Juliana con el camionero esconde varias sorpresas), ya digo, es meramente secundaria y Dick conscientemente las desarrolla al mínimo posible, a su mínimo práctico, lo suficiente para que las acciones y los encuentros sigan avanzando sin perder tracción o cierta verosimilitud, y lo primario de dichas tramas es que actúan como catalizadores de unos personajes en conflicto consigo mismos pero, hasta entonces, reacios a enfrentarse a sí mismos, a mirarse a la cara y explorar los escarpados mundos interiores que habitan. Son personajes que, tal como el mundo, tal como la realidad en la que viven, se han resignado a existir y a aceptar ese escenario tan desolador del triunfo y dominación nazi. Se han acostumbrado a respirar un denso horror banalizado. Y, así como el libro del misterioso hombre en el castillo inquieta a las altas cúpulas nazis, de todas formas en su interior hay un pensamiento, un sentimiento, una idea que, más que una brasa moribunda, es un pequeño fuego en potencial expansión: ¿y qué pasaría si el mundo no fuera así, si yo me negara a darle la mano a esta realidad tan nefasta, si me rebelara y le diera vida a mis viejos ideales? De este modo, la sucinta trama desarrollada es el reflejo de ello: la creciente determinación a hacerle frente al horror, a decir ¡esto es suficiente!, intentar cambiar el rumbo de la historia aunque sólo seas tú quien se dé cuenta al inicio: toda avalancha comienza con una bolita de nieve. De este modo, el escenario de la ocupación nazi es el modo en que Dick reflexiona y explora sobre la naturaleza del mal, sobre la espiritualidad individual y colectiva, y cada personaje representa un aspecto, un ámbito diferente de esta exploración y reflexión. No hay grandes enfrentamientos o triunfos, pero hay catarsis, hay crisis internas e íntimas, que acaso sean los prismas primordiales de todo cambio a mayor escala; y no esperen un ritmo frenético de acontecimientos ni clímaxs intensos, al contrario, la prosa y narración de Dick son anticlimáticas, elegíacas, introspectivas, un fluir de acciones "interiores".

Yo, en lo personal, no me sentí muy entusiasmado con esta novela. La entiendo, al menos por encima, comprendo lo que el autor quería desarrollar, pero no me ha llegado mucho aunque valoro su valentía y atrevimiento y, claro, las muchas reflexiones e ideas que comparte a través de los personajes. En estos ejercicios tan deliciosos como inútiles que me gusta hacer, de repente me hizo pensar: ¿Cómo hubiera sido esta novela escrita por Camus, y cómo habría quedado La peste escrita por Dick? Si han leído ambos libros, jueguen a ello, las similitudes no son pocas y sí son prometedoras. Supongo que, a grandes rasgos, los mismos reproches que le hice a La peste se pueden aplicara  El hombre en el castillo, pero la de Dick tiene personajes menos sustanciales (el del japonés y el del vendedor, quizás, tengan mayor peso, incluso el espía) y, no obstante lo consciente y deliberado del "minimalismo" de su trama en tanto mecanismo dramático, sí debo decir que es muy minimalista y que, a pesar de cierta cercanía y naturalidad  con que Dick describe a los personajes y sus diálogos, sus movimientos, es difícil implicarse a fondo con sus conflictos internos, que quedan como lúcidas e inteligentes reflexiones con momentáneos quiebres y crisis. En Fluyan mis lágrimas, dijo el policía o Ubik, por ejemplo, Dick logra lo mismo pero mejor, de manera más redonda: te arma una trama, un argumento delirante y atractivo, pero también desarrolla y explora profundamente el alma, la mente, la espiritualidad de sus personajes y de la realidad en la que viven, esos futuros delirantes pero creíbles, como espejos deformantes pero fidedignos de males del presente.

Como sea, me he alargado mucho, pero me alegro en cierto modo porque demuestra el encanto de Dick. Antes de despedirme, me gustaría reflexionar sobre el final del libro, pero como tiene spoilers, avisados quedan de no seguir leyendo si no conocen el libro: SPOILERS/SPOILERS/SPOILERS/SPOILERS... ¿Dejaron de leer? Muy bien, vamos: resulta que el camionero con la que viajaba la tal Juliana era un nazi cuya misión consistía en matar al escritor de ese libro tan loco. Juliana, que no estaba enterada al inicio, al enterarse por torpeza del nazi lo mata y corre a advertirle al escritor de que su cabeza es deseada por los nazis. Lo encuentra y resulta que el escritor no vive en un castillo amurallado, sino que en una típica casita suburbana gringa. Luego de esa sorpresa, Juliana entabla conversación con él y quiere saber cómo escribió el libro, cómo se le ocurrió, porque el libro está escrito de manera tan especial, que casi no parece humano. El escritor admite que él no escribió nada, que tan sólo transcribió las respuestas que el I Ching le daba a sus preguntas, lo cual es otra sorpresa, pero la sorpresa mayor, la bomba, cae de inmediato: ¿No será entonces una paradoja?, porque todo lo que el I Ching responde es la verdad, lo que quiere decir que la novela es real, que el Eje, en efecto, perdió. ¿Cómo se explica entonces todo lo que tienen a su alrededor, la dominación social y política nazi? Para esto no hay respuesta, Juliana tan sólo se va de la casa del escritor y la novela termina. No he dejado de pensar al respecto. Es fácil ceder a la tentación de decir que estamos ante otro de esos delirios paranoicos de Dick en donde la realidad no es la que se muestra, la que te dicen, que vives en cierto tipo de alucinación o simulación, como si la ucronía de la novela fuera una partida de rol y la novela del hombre en el castillo fuera el talismán que te permite ganarle a los otros y escapar. En mi opinión, dándole vueltas al final, pienso que tiene que ver con eso del conflicto interno, espiritual, existencial, filosófico del que tanto hemos hablado: que algo sea real no quiere decir que esté materializado, es decir, la dominación nazi, en esta novela, es real, pero no está tallada en piedra: existe la posibilidad de que otra realidad sea posible, si se acepta la existencia de esa otra realidad, entonces no es imposible que pueda materializarse de algún modo. En otras palabras, el mal no es invencible. Pero tienes que creer y tener fe en ello.

En fin, terminemos. Prevenidos quedan, El hombre en el castillo no es la novela que de seguro piensan que es, pero no es una mala novela, tan sólo una novela sumamente extraña, singular y demoledora a su poético modo. Dick es un poeta loco y delirante, pero poeta al fin y al cabo. El hombre en el castillo no me ha entusiasmado o gustado mucho, pero su lectura es innegablemente valiosa, importante e imprescindible: otro tipo de ciencia ficción es posible, parece decirnos. ¿Y la serie? Dudo que sea una adaptación espiritual e intelectualmente fiel, dudo que adapte el alma de esta novela, de seguro a lo largo de sus cuarenta episodios se enfoca en el aspecto grandilocuente, el de los complots internacionales, espías, guerras silenciosas, etc. ¿Alguien la ha visto?

Un libro nuevecito de paquete, eso es todo lo que se ve en esta ficha bibliográfica bibliometrina: soy el único préstamo de momento. ¿Qué más podemos decir? ¿Cómo creen que habrá salido la serie de Amazon?