"LAS GRANDES PASIONES SON ENFERMEDADES INCURABLES"
-Goethe

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jueves, 5 de junio de 2025

La Cúpula, de Stephen King

Biblioteca de Santiago nº28. Así es, La Cúpula. Lo sabrán por el título del post porque en la portada del libro no sale nada, y eso es porque, imagino, tenía sobrecubierta y como se ve tan manoseado, adiós sobrecubierta, alguien la perdió o se la quedó, o la rompió o la botó, lo mismo le dio, mal ahí quien-quiera-que-seas. Tenía muchas ganas de por fin lanzarme con esta novela, este libro monumental en dimensiones, 1.130 páginas de narración, más otras dos páginas de Notas del autor. Y es cierto que otras novelas largas y gordas de King, como El cazador de sueños o Christine o La historia de Lisey, no me han gustado mucho (o nada), pero debe ser distinto cuando sobrepasas las mil páginas, ¿no? It y sus 1500 páginas. Está Apocalipsis pero todavía no llega. Bah, qué importa, lo cierto es que le tenía ganas y fe a La Cúpula, algo me indicaba que me devolvería al mejor King. La Cúpula ha respondido.


Ufff, entonces...
Bueno, como suele suceder con algunos libros con los que no sé por dónde empezar, empecemos por lo más fácil: La Cúpula me ha encantado, me ha parecido un librazo, una excelentísima novela, todo un ambicioso reto personal que King supera magistralmente, magníficamente. No hay por dónde perderse, no hay riesgos: son 1.130 páginas de calidad pura, no se van a arrepentir, la lectura los atrapará y no los soltará, se sentirán magnéticamente atraídos a sus páginas y pensarán "¡maldita sea!" cuando llegue el momento de ponerle pausa y dejarlo para el día siguiente. Genial, sencillamente genial. Una novela redonda  y férrea como pocas veces King lo logra.
Ahora bien, en el pueblo de Chester's Mill, de la nada, se posa una cúpula invisible y resistente, irrompible, pero de sus cualidades materiales no se enterarán sus habitantes y los de afuera de la Cúpula mucho más tarde, cuando intenten solucionar, romper, este ilógico encierro; mientras tanto, la sorpresa inicial viene con desconcierto, horror y terribles accidentes. Es tan sólo la introducción al horror más intenso que sobrevendrá, porque la Cúpula no pudo haber caído en un peor lugar, en peor pueblo, cumpliendo así el viejo y manido, pero no por ello menos sabio y versátil, refrán que dice "pueblo chico infierno grande". Una catástrofe, supervivencia pura, la Cúpula trae consigo problemas ecológicos o medioambientales que son como una promesa, o mejor dicho una amenaza, sin embargo ese es el menor, o el último, de los problemas (a fin de cuentas, lo más grave es lo de ahora, ¿no?, ¡no hay como el presente para disfrutar o para sufrir, para padecer!): dentro del pueblo suceden cosas muy jodidas que, con el encierro, irán creciendo como una bola de nieve hasta extremos devastadores y descorazonadores. O como una olla a presión, un hervidero de nervios, de egos y de tensiones, de resentimientos, de asuntos pendientes y ajustes de cuentas. ¿Quién te va a proteger?, ¿los de afuera de la Cúpula?
El protagonista es Dale Barbara, un veterano de Irak que trabajaba como cocinero en uno de los restaurantes del pueblo, en pasado porque se está yendo, unos líos por ahí lo empujaron a abandonar, sin embargo cayó la barrera invisible primero y le cortó el paso, le impidió la salida, como una condena: acá te quedarás, amigo, y buena suerte. Lo que King propone y elabora con esta novela es algo tan sencillo como intenso, potente y complejo, profundo, si sabe jugar bien sus cartas. Y lo hace. En La Cúpula, King saca a relucir sus mejores dotes como narrador, como contador de historias, como creador y retratista de personajes, como observador de realidades y dinámicas sociales y relaciones interpersonales, como grabador del horror subyacente a toda realidad apacible en apariencia. Debajo de la belleza del paisaje o de la cordialidad de manual, tenemos la corrupción, la mentira, la violencia, el abuso, la maldad, todo un estrato de podredumbre, una casta de ratas disfrazadas de mariposas. Un pueblo atrapado en las garras del magnate local, Big Jim Rennie, que hace y deshace a placer, dueño de la justicia, del orden, de la ley, el tirano en las sombras, el bufón ignorante y amoral pero carismático, peligroso por el ejército de necios que le celebran sus eructos y peroratas vacías pero enaltecedoras. Una novela política, sin duda alguna: los peligros del populismo, un retrato rabioso de los peores rasgos de Estados Unidos exacerbados por una situación límite. De esta forma, una de las vertientes de esta novela, vertiente robusta y avasalladora, apabullante, desoladora, desalentadora, es el infierno desatado en el pueblo por el líder pero ejecutado por sus mismos habitantes, unos intentando buscar la calma, el orden, la fraternidad, mientras otros azuzan la discordia, la desconfianza, el pánico, como una mano cruel picoteando el trasero de un animal asustado y desesperado, arrinconado. Una lucha de voluntades que les resultará bastante desasosegante y desesperante pues la balanza está desequilibrada y de todas formas es un retrato tan preciso y mordaz de la inequidad y la injusticia, de la estupidez y la estolidez, del miedo y el conformismo (mejor diablo conocido que diablo por conocer), que sólo queda sentir impotencia, porque todo lo que sucede es de manual, pero así es el pánico, así es la irracionalidad, la mentalidad de rebaño: en tiempos de crisis, cualquier "liderazgo" carismático puede adueñarse de la situación y provocar catástrofes peores, abrir la herida más y más, desangrar por completo a sus víctimas, dóciles y entregadas. En ese sentido, King nos cuenta una historia desmitificadora de esa "libertad 'americana'", una anti-gesta, el reverso desencantado de esa mística grotesca del heroísmo "americano": no hay gloria en esa bandera de rayas y estrellas, ni tan siquiera esperanza: los valores estadounidenses son una charada, una canción de cuna, que se desintegran tan pronto como alguien más grande y más poderoso se erige por sobre el resto: la famosa libertad estadounidense es tan pequeña como las ambiciones desmedidas de cualquier chalado empoderado. Basta ver al payaso asqueroso que hoy mismo tienen por presidente por allá para darse cuenta de ello.
La otra vertiente de La Cúpula es, digamos, la sobrenatural, porque esa barrera que apareció de repente, ¿qué demonios es?, ¿de dónde proviene?, ¿por qué nada creado por el hombre puede ni tan siquiera provocarle un arañazo? Está la tesis de la explicación y... bueno, ya saben, sumado a ello algunas visiones proféticas que los niños del pueblo comienzan a tener, y entonces tienen otra dimensión en un relato de por sí denso y pletórico de tramas, interpretaciones y significados. ¿Y saben qué? Tomando en cuenta que acá mismo hemos visto que a veces King, que es un escritor muy creativo y con muy buenas ideas, ideas sobrenaturales que actúan perfectamente como símbolos o metáforas de horrores y dolores y demonios o fantasmas de asuntos muy reales y muy humanos y cercanos, terrestres, como decimos a veces King no es capaz de cerrar de manera satisfactoria, o coherente o convincente, a veces ni siquiera decente, esas premisas sobrenaturales cuyos orígenes o explicaciones se reducen a imágenes burdas o soluciones apresuradas y forzadas, ese mismo escritor, como decimos, en La Cúpula no adolece de nada de eso. No sucede como en Los Langoliers, en donde el símbolo o el significado, además de sus conflictos prácticos, son geniales, pero que pierden algo de peso o verosimilitud (lo que ya es decir tomando en cuenta la premisa fantástica, en donde uno acepta la incierta naturaleza de la realidad propuesta en aras de la aventura, del misterio, de la entretención o intensidad dramática) al momento de "explicar" o "explicitar" a los Langoliers. Por el contrario, la barrera, la Cúpula, cumple su función de mostrar el abanico de horrores (y de bondades, desde luego) del que es capaz el ser humano sometido y empujado a extremos extraordinarios más allá de los límites de lo normal (como si la humanidad en sí no fuera nada: sin una normalidad concreta y tangible, respirable, sin la sombra del castigo, el hombre se transforma en ese monstruo hambriento y voraz), pero esa misma Cúpula tiene un origen, tiene una explicación, y sin entrar a revelarles nada, es una explicación genial, pero también muy pesimista y desoladora, abismante incluso, de una negrura cósmica, porque sigue, se alinea en perfecta coherencia con, la senda de la otra vertiente: tampoco hay gloria, tampoco hay esperanza: no somos nada, somos hormigas nada más bajo la lupa de un niño ocioso. Dejen la salvación épica para los perros grandes, los humanos somos gusanos y la Cúpula, la carpa de un circo.
En ese sentido, si la tensión y los nervios, si la rabia y la impotencia a la que te ves sometido por la tropelía de atrocidades y tejemanejes que ocurren dentro del pueblo abandonado a su suerte de por sí es terriblemente agotadora (en el buen sentido, en el sentido en que un libro tiene que remecerte, llegarte, afectarte), su tramo final es el vivo infierno y peor: es la carencia absoluta de poder, de fuerza, inermes como somos, frágiles y vulnerables como un bichito. Es que no hay solución, ni los de dentro ni los de afuera, ni siquiera el glorioso ejército del "mejor y más poderoso país con el pene más grande del mundo", pueden hacer nada, y King te transmite esa sensación de una manera tan pero tan... intensa, con unas palabras, una prosa tan afilada como melancólica, con una creciente gelidez que sin embargo no pierde esa calidez humana, por lo que el efecto es más devastador: la esperanza es lo último que se pierde, pero cuando todo está perdido, tampoco es que sirva de mucho ¿no? Entonces, ¿se soluciona lo de la Cúpula?, ¿cómo demonios se logra en ese caso? Solamente les diré que tiene sentido (narrativamente hablando, moralmente hablando, incluso espiritual y poéticamente hablando tiene sentido: una solución redonda y sin fisuras), que no es un ridículo ex machina tan propio del King más reciente ni tampoco una metáfora tan cuestionable como los Langoliers. En La Cúpula, esa explicación, ese origen, esa solución, mantiene el tono desesperanzado y nihilista, y no se desmadra hacia el exceso de imaginación. Honestamente, yo temía si una explicación final chapucera podía arruinarme todas las mil páginas anteriores, pero confíen en mí, tal cosa no sucede: de inicio a fin, esta novela mantiene la misma calidad sobresaliente. Y su tramo final es un mazazo.
Supongo que como observación debo señalar que no estamos ante una novela, porque no lo pretende en todo caso no es su objetivo primordial, que se adentre demasiado en la psicología de sus personajes, como por ejemplo en It, en donde justamente de eso se trataba dicha novela: cómo tus miedos más profundos se hacen realidad para perseguirte, atormentarte, cómo el miedo alimenta al miedo. Obviamente todos los personajes de La Cúpula están bien escritos y bien perfilados, con sus personalidades y sus características propias y todo eso, sin embargo, descontando unos cuantos capítulos en donde el autor le permite a tal o cual personaje sumirse en sí mismo, explorando su mente y espíritu, el eje central de esta novela sería el pánico más que el miedo, el pánico de masas y de rebaños, el pánico como arma en manos de individuos inescrupulosos, la observación conductual, el caos contra el orden. Una novela de acciones y conflictos, en otras palabras, en donde las porciones psicológicas no son el ingrediente principal sino que un certero aliciente dramático. Esto es, como dije, una observación de algo que de por sí no es ni bueno ni malo, pero que en el presente caso funciona a las mil maravillas: el suspenso y la habilidad con que King maneja todas las tramas es encomiable, y el remate de ese suspenso cae con el peso de una guillotina. Ya lo dije: tensión y nervios, de eso se trata, de justicia versus maldad y caos en una lucha despareja (y peor: despareja no por números, sino por medios: es terrible cómo una sola persona con dinero puede ser más fuerte que cientos o miles de individuos comunes y silvestres). La prosa de King, sin alcanzar necesariamente cotas de calidad de otros relatos en donde el autor saca a relucir su lado más lírico y salvaje, bestial, de todas formas es una prosa intensa, con personalidad, con tripas, rabiosa y elegante, precisa y certera, minuciosa y desaforada, en donde el autor no sólo se limita a describir las cosas y adiós, sino que le pone sentimiento y busca, por decirlo de algún modo, el mejor ángulo de las palabras para que te golpeen con dureza desde afuera, para que penetren en la mente, en el pecho del lector. Es un trabajo escritural tremendo, titánico, sobre todo porque lo mantiene de inicio a fin a lo largo, ya se dijo, de más de mil cien páginas. No hay tramos flojos, débiles, cojos. Aunque, eso sí, insisto en que todo el tramo final, en efecto, sobresale aún más y, en efecto, es como si estuviésemos leyendo al mejor King: el que se te mete bajo la piel, el que se introduce en tu mente para clavarte estocadas de malestar, de tristeza, etc., sin piedad ni consideración: el que de verdad quiere que tengas pesadillas por las noches, como debe ser.
El único reproche es un incomprensible romance metido con calzador que no tiene razón de ser, incluso cursi, del cual responsabilizo a algún editor o editora, porque surge tan de repente que se nota que no es esencial en lo absoluto para el desarrollo y la aprehensión del relato, sino que debió de ser algún tipo de imposición: "Stevie, ¿dónde está el amor, hombre?, como para equilibrar tanto odio y violencia, ¿no te parece?". Como sea, La Cúpula sigue siendo un pedazo de novela, una novela maciza, memorable, que se eleva dentro de lo mejor que Stephen King ha escrito y publicado. No salgo de mi asombro todavía, pero por lo mismo me siento más que contento. Y ojo, que luego de ésta no tardaría en aparecer 22/11/63, que es otra magnífica novela suya y que nos dice que, al parecer, en esos años andaba en racha. Luego, ya lo hemos visto, sus 2010's en adelante, salvo contadas excepciones, se caracteriza por una baja de calidad de lo sobresaliente a lo meramente solvente, novelas que se pueden leer y que entretienen, pero que no se te incrustan en el cerebro. Quizás soy yo el que le pido mucho al arte, al cine, a la literatura, pero es que no es para nada fácil escribir un libro, menos hacer una película, por lo que si te lanzas a hacer algo, ¿cómo es que no le pones el 110% de ti? Bueno bueno, no me hagan caso, salvo en esto: lean La Cúpula, no se arrepentirán. Es de lo mejor de King. Adieu.

sábado, 3 de mayo de 2025

La historia de Lisey, de Stephen King

 

Biblioteca de Santiago nº23. Tenía bastantes ganas de leer La historia de Lisey, quizás una de las novelas no tan conocidas de Stephen King, principalmente porque estaba al tanto de la adaptación televisiva que dirigió en su totalidad el compatriota Pablo Larraín, y en parte porque por ahí había leído a vuelo de pájaro que King considera que esta novela es una de sus preferidas, una de las cuales en donde vertió más trabajo emocional, lo cual por acá, como siempre, celebramos harto, eso de abrirse las tripas y lanzarlo todo en la página en blanco. Así que sí, había mucha expectación por leer este libro, La historia de Lisey.


Lamentablemente, la lectura me ha dejado decepcionado e insatisfecho. Mucho. No parece estar escrita con el corazón y con las tripas precisamente, pero quién soy yo para contradecir a su autor. Al menos tengo derecho, supongo, a expresar mi punto de vista.
Partamos por la prosa, extrañamente simplona. No vamos a decir que King sea un genio de la prosa, pero sí es un escritor que sabe cómo utilizar la palabra como refugio, como arma, como vehículo, como puñal, como caricia, como erupción, como ensoñación. King sabe de literatura y lo ha demostrado en sobradas ocasiones elevando sus historias gracias precisamente a su pluma afilada, minuciosa y certera, a veces desbocada y desaforada, en fiel correspondencia con su excelente y profunda capacidad de observación, distanciamiento crítico e imaginación. Por lo que leemos La historia de Lisey, que parece estar escrito por un escritor del montón cuyo techo es una aparente e insuficiente solvencia para las descripciones y las acciones, y una terrible mediocridad en lo referente a la psicología y emocionalidad de sus personajes, en lo referente a esa presunta poesía que quería insuflarle a este fallido y confundido (que no confuso, porque no hay cómo confundirse con esta historia) relato de fantasmas. La escritura de King en esta novela se siente más instintiva, pero no en un buen sentido, no en un sentido de cruda y potente autenticidad, más bien de apresurada, irreflexiva, sobrellevada, improvisada narración, estilo. Por momentos parece escrito por un adolescente precoz. Y la lectura se resiente porque no resulta fluida ni intrigante como en novelas mejor logradas, en las cuales, a pesar de que uno tenga la sensación de leer más rápido no se pierde nada porque nada sobra, cada palabra cuenta y hace valer su peso, mientras que acá, en La historia de Lisey, impera la redundancia, párrafos insustanciales, la sobre explicación y reiteración de ideas y conceptos y hechos/recuerdos como si no hubieran quedado claras la primera vez o peor, como si el autor estuviera demasiado embobado con sus levísimas anécdotas, como quien repite un chiste una y otra vez.
Ahora bien, la trama. Digamos que Lisey es la viuda de un célebre escritor que murió dos años atrás. Aunque cree haber superado la muerte de su amado, lo cierto es que no y la tristeza que acumulaba en su corazón, una tristeza escondida tras un grueso velo de cotidianidad, comienza a filtrarse cuando por fin decide ordenar el granero-estudio de su fallecido marido, dando inicio a una procesión de recuerdos reprimidos y un singular reto, como un circuito de pistas de ultratumba, ideado y tutelado por el fantasma del marido, que le habla a Lisey en cada paso del proceso, asistiéndola, ayudándola, acompañándola en mente y en alma. A la par aparece un desgraciado subnormal que la amenaza con hacerle daño si no entrega la obra inédita de su marido a cierta casa de estudios para su conservación, y ambas tramas, como no podía ser de otra manera, la espiritual/sobrenatural y la realista/tangible/práctica, van a confluir en un solo clímax bien predecible, poco inspirado y carente de grandilocuencia.
No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que La historia de Lisey busca ser, ante todo, una historia de metáforas. Es la historia del luto y del dolor, de la superación de dicho luto y dolor, de saber superar (que no olvidar, que no desterrar de la vida y la memoria) la muerte de los seres queridos sin dejarse consumir por sus fantasmas. Pero claro, esta historia de fantasmas en su sentido espiritual/sentimental es también una historia de fantasmas propiamente tal, de seres sobrenaturales de otro mundo, y ya en esta dicotomía nos vamos hartando un poco porque el desarrollo de la trama resulta tan monótono y forzado, como que no junta ni pega. Una cosa es que Lisey deba recorrer la carretera de la memoria, reviviendo recuerdos terribles y dolorosos de ella y su marido para poder así liberarse ambos, tanto el fantasma del marido como ella misma, otra cosa es inventarse que el marido, el escritor famoso, tenía contacto con otros mundos fantásticos tan hermosos como monstruosos, y que al final lo importante ocurre en ese trillado aunque ultradecorado y colorinche espacio materializado "real" enfrentando cosas/seres reales o tangibles, no en el poético escenario de la memoria. No es la primera vez que King tiene buenas ideas, bellas imágenes y bellas metáforas que banaliza y trivializa al darles forma precisa; les resta presencia, atmósfera, sugestión, como todo el rollo ese de "el lago al que todos vamos a pescar ideas y dichos y blablabla", que en tanto idea queda lindo y lo que quieras, pero que luego lo materializas frente a los personajes y no es más que un simple lago como cualquier otro. Y así con varias otras cosas más, como, no lo sé, la locura humana, la violencia y el daño que se provocan incluso personas que se aman entre sí (como un padre a su hijo), y que acá queda bautizado como "el mal rollo", el mal rollo que te convierte en un monstruo, literal. Por lo demás, los recuerdos en sí mismos no son nada del otro mundo, no son más que anécdotas sentimentales melosas, almibaradas cursis (el retrato de este matrimonio tampoco parece real, no resulta convincente, más parece la pueril y caricaturesca fantasía adolescente en donde el hombre es el ultra carismático, sensualmente misterioso e involuntariamente sexy y candente, además de genio y triunfador absoluto, frágil y vulnerable en la intimidad eso sí, y ella, la mujer, la contraparte abnegada y dedicada y plenamente dispuesta a ser la complaciente y deliciosa y linda muleta de su esposo al que acepta con todas sus excentricidades y extravagancias, la salvadora de esta brillante mente atormentada), y una que otra sangrienta, violenta evocación. Y ya ni hablar del lío ese con el fanático enfermo amedrentando a la viuda, que es todo lo cliché que cabría esperar.
En otras palabras, La historia de Lisey es un torpe y chapucero refrito de temas, tramas/historias, obsesiones/preocupaciones y metáforas que King ya había escrito antes (y repetiría después, claro) y mejor, a veces haciendo claras referencias que, más que juguetones guiños, a mí me parece que es el modo en que King pone el parche en la herida, como justificándose por repetirse tanto. La cosa es que por acá tenemos la trama de Ventana secreta, secreto jardín y Quien pierde paga, es decir de una persona relacionada a la escritura siendo acosada por un fanático lunático. Tenemos también lo del amor familiar y la violencia intrafamiliar, ya saben los demonios personales y los infiernos privados, que King desarrolla mejor (y no del todo perfectamente) en El resplandor y luego, de manera más depurada, corregida y satisfactoria, en Doctor Sueño. Y ya ni hablar del argumento central: viuda de escritor que no es capaz de dejar ir al fantasma de su marido, que es el reverso genérico de Un saco de huesos, que es sobre un escritor deprimido, hundido en la tristeza y el luto, que no es capaz de superar la pena por la muerte de su esposa, cuyo recuerdo se le sigue apareciendo a modo de fantasma (y aunque Un saco de huesos tampoco termina siendo una gran novela, sí empezaba siéndolo, apostando por el lado más espiritual/emocional de lo fantasmagórico/gótico, además de una prosa mucho más cuidada y trabajada, lírica y poética). ¿Qué más tenemos? Tenía en la punta de los dedos algo más pero se me fue y estoy algo cansado para pensar demasiado, bueno en todo caso cuando le toque el turno a ser publicado este post retorne a mí la última referencia perdida. En cualquier caso, La historia de Lisey es de lo más trillado y cliché que King ha escrito. Creo que ese "otro mundo" me retrotrae un poco a Buick 8, al menos a su final, pero sí, ese "otro mundo" también resulta, más que deslumbrante, risible. ¡Eso! También me recuerda al cuento Riding the bullet (en Todo es eventual), en donde en muchas menos páginas King es capaz de condensar y expresar infinitamente mejor lo que es sentir el peso del luto y el miedo a la muerte de nuestros seres queridos, y cómo enfrentarlo y superarlo.
La lectura es apenas soportable si no le das mayores vueltas, pero diría que lo peor de todo es que sus 600 páginas resultan innecesarias y excesivas. La historia de Lisey da para cuento, quizás novela corta (muy corta), pero no este librazo injustificable. No puedo imaginar si una adaptación televisiva puede arreglar este despelote, pero oigan, si King pudo mejorar El resplandor en Doctor Sueño, quizás pudo convertir La historia de Lisey, la novela, en una miniserie potente e intensa (King se encargó del guión de los ocho capítulos, por cierto). Bueno, si alguien la ve me cuenta, por acá seguiremos leyendo libros.

martes, 29 de abril de 2025

Doctor Sueño, de Stephen King

 

Bibliometro #98. Acá un libro que se nos resistió demasiado tiempo, siempre cambiando de sucursal, desapareciendo, apareciendo demasiado lejos, incluso estaba en la BDS pero luego ya no, por suerte en esta ocasión se alinearon los astros y shazam!, tenemos entre manos Doctor Sueño, esperadísima secuela de El resplandor. Estaba ardiendo en deseos de ver qué tal le iba a Danny Torrance (que en un doblaje latino podría llamarse Daniel Torres, ¿o no?), porque claramente de él se trata el libro, ¿cierto?


¡Cierto!, de quién más si no. Comencemos con una declaración sencilla: me ha gustado mucho Doctor Sueño y pienso que es uno de los mejores libros que Stephen King ha escrito en su etapa más reciente, además pienso que, con todo lo que me gustó El resplandor (a pesar de sus fallas, que las tiene), esta secuela corrige dichas irregularidades y desniveles, potencia la visceral fuerza de su predecesora y ofrece, en conjunto, una novela mucho más redonda y satisfactoria, una perfecta armonía de oficio y firmeza, pero también de esa intensa y rabiosa humanidad que King es capaz de verter cuando escribe con las tripas y el corazón abiertos en canal. Es decir, Doctor Sueño me ha sorprendido sobremanera, pero muy gratamente, a pesar de tener una introducción algo, no sé cómo decirlo, un poco fría, un poco mecánica, de prosa poco inspirada, meramente descriptiva pero de la manera más simple y fría, aséptica... Por fortuna, luego de dicha introducción (Asuntos preliminares) King recupera su aliento, se pone en forma y toma ritmo, y la novela agarra tranco avasallador, notándose el afecto y cariño que Steve tiene por estos personajes, notándose qué tan a flor de piel siente el poderío simbólico y emocional que cargan, que significan.
Porque, más allá del argumento en sí, que es de lo más interesante gracias al conflicto y a los personajes involucrados, lo que tenemos es a su autor profundizando en las hondas heridas y el sobrecogedor dolor de, bueno, podríamos decir del alcoholismo o de la adicción en sí independiente de a qué sustancia o conducta se esté enganchado, pero podemos expandirlo a la lucha interna y externa que toda persona tiene consigo misma y con su entorno, una lucha que, dependiendo de esto o de lo otro, puede afectarnos tanto a nosotros mismos como a las personas a nuestro alrededor, las conozcamos y amemos o no. Doctor Sueño parece ser una novela proveniente, en su energía e intensidad, en ese poderoso fulgor y sentir, en ese arrojo cuasi suicida sin miedo a nada, de su primera época, de esa época como atormentada, pero depurada gracias a la mano del Steve intermedio o revisionista. Una novela sobre la muerte también, es decir sobre la vida, porque tal como vimos en el cuento Riding the bullet (en Todo es eventual), saber o no saber enfrentarse a la muerte es saber o no saber enfrentarse a la vida. Dicho esto, Doctor Sueño es, en esencia, una novela sobre Danny Torrance, ya de adulto, enfrentándose, quizás por vez definitiva, a sus demonios y fantasmas personales y del pasado, pero también a los que lo rodean allá por donde vaya, porque su resplandor es una puerta, un vehículo de comunicación que tiene con el mundo espiritual, el mundo de los muertos: un mundo que existe, un mundo que puede ser terrible, pero que, si lo logra, puede ser un mundo del que puede no sólo aprender sino que usar como ayuda para otras personas que, como él, no tengan los métodos para relacionarse con lo que está más allá de ellos, de su entendimiento. Lo malo es que Danny Torrance no ha podido ni ha sabido encontrar paz con su resplandor, con sus demonios ni con su pasado, y ya casi en la treintena, ha caído en la misma espiral autodestructiva que su padre: Danny es un alcohólico que malvive de ciudad en ciudad, de botella en botella, despreciándose y odiándose con todo su corazón, con cada fibra de su cuerpo, en parte porque el alcohol mitiga su resplandor en parte porque ya ha caído en el círculo vicioso de la adicción y no puede salir: quizás algún día no despierte, quizás algún día la oscuridad final lo salve de tener que mirarse al espejo, quizás algún día llegue a abrir los ojos en otro lugar en donde ya no sienta que su corazón lo lastime con sus latidos ni su cerebro lo atormente con esas imágenes infernales del Overlook y de sus pesadillas beodas... y qué alivio sería eso, ¿no? ¿No es eso lo que todos pedimos, que pare el sufrimiento, el padecimiento?
Pero por ahí aparece una niña con un resplandor aún más fuerte, aún más luminoso que el suyo, y por allá, un poco más lejos, aparece un grupete llamado el Nudo Verdadero, liderados por una carismática y seductora hembra, que son como una secta de "vampiros" que se alimentan del resplandor de otros para extender sus vidas, a veces alimentándose de migajas (hasta con migajas se calma el hambre), a veces atiborrándose con banquetes más suculentos... Entre la niña y el grupete estará Danny Torrance, el atormentado Danny Torrance, el niño especial que en su tierna infancia debió enfrentarse a los demonios caníbales de un hotel poseído por la maldad más absoluta, el niño que era maltratado por su padre alcohólico, el niño que vio a su padre convertido en una bestia asesina que maza en mano lo persiguió por largos pasillos para reducirlo a papilla, el niño que ha sido perseguido toda su vida por visiones de muerte y está cansado de eso ¿no existe un dios acaso que nos protege de todo lo malo?, el niño que ahora es un adulto que tendrá que levantarse por fin, que deberá perderle el miedo a su propia luz y convertirse en su propio salvador y, quizás, el de una niña que no tiene a nadie que pueda ayudarla contra ese grupo de asesinos...
Como ven, en esta novela King logra equilibrar ambas importantes vertientes: por un lado, una trama interesante, entretenida y dinámica que te mantiene enganchado (casi, no olvidemos que esa introducción es bien plomiza) de inicio a fin, desarrollada y concluida de manera satisfactoria, sin trucos baratos ni soluciones inverosímiles como el bueno de Steve suele hacerlo en esta última etapa suya; por el otro, tenemos todo ese componente humano, psicológico y simbólico que resplandece, que esplende, que brilla con una potencia que me habla, maldita sea, de un autor que, en efecto, está escribiendo con el corazón, con su sangre, que lo está dejando todo en el papel, sin temores ni remilgos, porque a los demonios y fantasmas no se les puede purgar con eufemismos ni medias tintas. Hay páginas que son dolorosas de leer por la cruda honestidad de lo narrado, que son gritos de rabia y de pena escapando de las páginas abalanzándose dentro de ti, hay otras tantas absolutamente bellas y conmovedoras, King saca toda su literatura y toda su poesía para hablarnos, por ejemplo, de la muerte y de las despedidas, de las almas y de los espíritus, de la dolorosa e inspiradora lucha cotidiana que es existir, de la inherente fuerza humana, de la confianza y de la fe en otros, de los lazos entre colegas y hermanos, y de la bondad, que existe y es real aunque duela empuñarla porque hacerle frente a la maldad nunca te va a dejar indemne y sin cicatrices. De eso iba también El resplandor, más allá de sucesos y objetos y criaturas sobrenaturales (que fue lo que tan bien captó Kubrick en su momento para retorcerlo y sintetizarlo hacia negros abismos pesimistas: lo desgarrador y desesperanzador de la locura), por eso me sigue gustando tanto esa novela, jodida novela, sobre un padre que a pesar de todo el amor que siente por su familia sigue siendo un monstruo violento y maltratador, incluso antes de ser poseído por el Overlook, y que luego ya no puede hacer nada salvo contemplar su propia aniquilación...
Un libro sobre terrores fantásticos y horrores muy reales. Monstruos de género y los monstruos internos (el de la culpa, el del cansancio, el de la tristeza, el de la rabia...). Una verdadera y placentera sorpresa. Gran novela, se las recomiendo encarecidamente. Me confirma que, a pesar de que últimamente King anda apaciguado, sigue teniendo un escritor brillante dentro de sí que sigue palpitando con fuerza en su interior y que puede hacer uso de la palabra como el mago oscuro que es. La mala hierba nunca muere, dicen, je, je...


Otro libro que hemos hecho debutar, parece que en la sucursal de Bibliometro a la que fuimos ese día sólo había ejemplares nuevecitos de paquete. No tardarán en ir ganando experiencia y lecturas.

lunes, 28 de abril de 2025

El cazador de sueños, de Stephen King

Biblioteca de Santiago nº22. ¡Seguimos avanzando con la bibliografía de Stephen King!, ¡no nos detendremos hasta que nos veamos obligados a detenernos, obvio!, ¡ya sea porque no hay más libros suyos disponibles en las bibliotecas públicas ya sea porque habremos logrado leer todo lo que ha publicado! Bueno bueno dejemos de gritar, calmémonos un poco. El cazador de sueños llamaba mi atención, aunque no era precisamente una novela por la que sintiera gran urgencia de leer, sin embargo le ha llegado el turno y quería saber un par de cosas: primero, el título, ¿no se supone que en el original es Dreamcatcher, es decir atrapasueños, como esos aparatitos que se cuelgan en los dormitorios para atrapar los sueños malos? ¿Por qué, entonces, le pusieron El cazador de sueños, como sugiriendo que por ahí habría una especie de Freddy Krueger? Sumen a ello además esa portada, con el tipo de la escopeta y esas luces claramente de ovnis, en ánimo persecutorio. Lo otro... bueno, creo que lo otro era lo de la portada, lo de las luces de ovnis... ¿Con qué clase de locura saldría el bueno de Steve en su primera novela escrita post atropello? Porque ya deben saber que a King lo atropellaron y que estuvo bastante grave, ¿cierto?


En efecto, luego de ese casi fatal atropello del que Stephen King fue víctima en una de esas carreteritas de su querido Maine (un atropello real, no un atropello moral o intelectual: una van le pasó por encima), mientras se recuperaba, escribió El cazador de sueños, a mano por cierto, papel y bolígrafo. Imagino que debió estar bajo los efectos no sólo del dolor y de cierto desconsuelo (el malestar físico se inyecta en el cerebro cosa mala) sino que también de medicamentos, analgésicos, sedantes, etc. Lo digo porque se nota en el resultado final de esta novela de casi 800 páginas que aguantan el viaje, no lo negaremos, pero que a la vez se sienten bastante descompensadas y descafeinadas, sosteniéndose en una coherencia interna al filo de la inconcreción y el despelote. Lo que más destaca, seguramente porque escribir a mano le aporta una nunca bien ponderada intensidad y fisicidad a las palabras, una suerte de urgencia instintiva y visceral, es la prosa, como coloquial y desfachatada, desprejuiciada y algo irreverente, con que King construye a los personajes con sus respectivos y convulsos mundos internos, personalidades y psicologías, además de un conjunto de acontecimientos cada vez más descolocante que, de no ser por ese inusitado y elástico humor negro, no habría tenido mucha gracia a pesar de lo insólito y desconcertante de sus sucesos. Sin embargo, esta pulsión algo libérrima se ve contenida y limitada, de seguro, por una revisión o reescritura más "profesional" y "seria" que no le juega mucho a su favor, aunque la trama de por sí tampoco es que sea el colmo de la originalidad, del riesgo dramático, del arrojo narrativo, del impacto argumental... Curiosamente, la lectura se sostenía y avanzaba gracias al estilo, pero si lo "aplanas", qué queda.
Resulta que El cazador de sueños comienza con un prólogo, lo mejor de la novela, en donde King nos adentra en la aburrida y hastiada vida de cuatro amigos adultos, casi cuarentones, desencantados y disconformes con sus vidas, lejos de aquella magia de su niñez y adolescencia en donde los sueños eran promesas de felicidad y provecho que nunca llegaron a cumplirse. En ese retrato de hartazgo generacional, de crisis existencial, King nos ofrece un prólogo brillante y bastante desolador, por lo crudo y real, sacando un poco a su irreverente y mordaz ciudadano interior, a ese punzante e irónico, aunque también humano y compasivo, observador de la realidad, retratista del fracaso y del cansancio, de la resignación vital: mientras nada sea peor, mientras materialmente no me falte lo esencial, no puedo quejarme de que mi vida no sea lo que soñaba: es preferible un vacío en el alma que un vacío en la billetera, en el refrigerador, en el estómago... a fin de cuentas uno puede morirse de frío, de hambre, pero no de frustración. Este retrato de hombres en crisis va aderezado con un leve toque fantástico (cada uno de los cuatro amigos tiene una leve habilidad "extrasensorial" que les otorga pequeñas ventajas, pero que no mejora sus vidas en lo absoluto) que claramente adelantará por dónde irán los tiros eventualmente: la presencia de un quinto amigo de la infancia, un niño especial con ciertas habilidades extrasensoriales, de quien no tienen señas en la actualidad, pero que ante el horror de lo que vendrá va a adquirir un inusitado rol preponderante y fundamental, por más absurdo que ello suene.
Luego, la trama en sí. Los cuatro amigos se juntan una semana de noviembre, ritual para mantenerse en contacto, en una cabaña ubicada en los nevados y salvajes bosques del norte de Maine, casi en la frontera con Canadá, a cazar y mantener el fuego de la amistad. Aparece un cazador perdido, un tipo muy raro, y luego la cosa se pone más extraña aún, una gringada de tomo y lomo, como una poco imaginativa película de ciencia ficción de desorbitante presupuesto y grandilocuentes ambiciones, en donde hay espacio para extraterrestres (cero sorpresas: las primeras páginas están dedicadas a una colección de noticias sobre avistamientos de ovnis), parásitos marcianos, viles y brutales organismos secretos gubernamentales, militares implacables y desalmados, además de sensibleros y cursis flashbacks de aquel pasado feliz en Derry (sí, la infame Derry, ahí crecieron los amigos) con aquel "brillante" amigo especial, ya saben la remembranza sentimentaloide de la infancia, poderes psíquicos, paradojas mentales, el amigo especial que de repente es la llave y la clave para solucionar esta pequeña invasión extraterrestre (¡en serio!), sueños y realidades en un confuso e íntimo abrazo de pieles y tejidos fundidos... Toda una excesiva locura de hechos cada cual más desquiciado e insensato que el anterior, que, sin embargo, no sorprenden ni impactan ni enganchan, aunque al menos no se destripa en una churretera desastrosa y sonrojante, al menos yo pude mantener la cara de póker mientras leía estas, reitero, casi 800 páginas de disímiles lugares comunes reunidos al tún tún (mezclas "Carrie" con "Stand By Me" con los extraterrestres de Spielberg y Cameron con un dulce toque Irvine Welsh -aunque ignoro si Steve lo haya leído, pero es una referencia ilustrativa- con ese militarismo rancio con un fallido impulso emulador de Heinlein y/o Verhoeven... o sea, wtf?!). Lo más gracioso es que King parece plenamente consciente de la ida de olla que se está mandando: los mismos personajes dicen que se sienten como en una mala película de James Cameron, por ejemplo, además de que tenemos monstruitos que van destrozando anos con más eficacia que un BBC ensartado en una pocket girl, King desatado en una espiral escatológica bastante inesperada incluso en alguien que ha descrito toda clase de atrocidades y lindezas.
No lo sé. La multitud y diversidad de estilos, tonos e intenciones que no terminan de cuajar ni armonizar, pero que se mantienen a flote a la fuerza, provoca un efecto extraño mientras lees. ¿Una historia de espíritu clase B o incluso Z que juega a ser una superproducción de grandes ligas? ¿Era necesario poner a prueba la amistad de cuatro + 1 amigos inventándose una invasión extraterrestre? ¿Era necesario que una historia de militares y extraterrestres se resolviera rebuscadamente en la íntima y sentimental infancia de cuatro tipos cualquiera? Quizás más que la desbordada amalgama de tonos y géneros, lo que más me tira para atrás es la prosa como agotada de King, que se esfuerza en escribir con gracia y con actitud y con viveza, pero que no deja de sucumbir a notorios bajones, como una escritura somnolienta, una escritura que dormita, como una onda que te ofrece altos con tanta frecuencia como bajos, de repente tienes páginas muy entretenidas, con una prosa enérgica y entusiasta, luego, con más frecuencia, tienes páginas escritas como por rutina, por cumplimiento, palabras  y oraciones formulistas.
En fin, no es un mal libro per sé. El cazador de sueños es un completo rara avis, una obra absolutamente aparte, desubicada, dislocada, de la obra de King: no tiene la fiereza ni el sufrimiento de su primera etapa, tampoco la pericia revisionista de su etapa intermedia. No es una novela ni una historia memorable, no es tampoco una obra menor de por sí y como es tan rara es difícil de olvidarla de buenas a primeras, sin embargo dudo que alguien te vaya a recomendar su lectura. Yo no la recomiendo, a menos que te guste mucho King, que estés en un afán completista como yo, o que te importe un pepino la opinión mía y quieras descubrir por tu cuenta si vale la pena o no, lo cual es válido por supuesto. Pero estoy seguro que, de todas formas, acabarán dándome la razón. A su riesgo queda; en lo que a mí respecta, siento que El cazador de sueños no me ha dejado nada valioso ni importante, y no es la sensación más agradable para un amante de las historias y de las narraciones.

jueves, 24 de abril de 2025

Las dos después de medianoche, de Stephen King

 

Biblioteca de Santiago nº21. Ha sido toda una sorpresa toparme con Las dos después de medianoche en la BDS, la verdad es que no estaba al tanto de que estuviera disponible, a veces pasa que una semana ciertos libros no están en sus estanterías y luego, cuando vuelvo a ir para devolver los leídos y llevarme otros, hay nuevos títulos sumados a los que ya había observado antes, pero es que ahora no me lo esperaba en lo absoluto, por lo mismo me aseguré de inmediato y me lo traje. Las dos después de medianoche proviene de un libro que reúne cuatro novelas y que en inglés se titula Four Past Midnight, sólo que, al parecer, traducirlos todos en un solo volumen iba a ser demasiado para los lectores así que, tal como en el caso de Skeleton Crew y Nightmares and Dreamscapes, ha sido dividido en dos volúmenes con dos novelas cada uno. Como cada novela es para cada hora de la madrugada, el otro libro, que les adelanto no está disponible en ninguna de las bibliotecas públicas que frecuento (de todas formas tenemos Stephen King para rato, oh sí), se llama Las cuatro después de medianoche. En fin, vayamos con la novela para la una de la madrugada y con la que es para las dos de la madrugada.


Primero, Los Langoliers. Tenía bastante curiosidad por leer esta novela (nada de novellas acá, estamos hablando de 300 páginas por dios santo, casi noventa mil palabras, novellas las pelotas), su título me llamaba poderosamente la atención, me parecía muy sugerente. ¿Qué serán esos Langoliers? ¿Será un apellido, el apellido de una familia de maníacos? ¿Serán unas criaturas raras y monstruosas? ¿Será un enigma, un acertijo, un juego de palabras? ¿Será una especie de atracción de feria o un reality show, una competición desquiciada? ¿Será un exquisito y delicioso delicatessen de terribles efectos digestivos? Langoliers, oh Langoliers...
Los Langoliers es como un episodio de La Dimensión Desconocida. Luego de su introducción de personajes y todo, el conflicto es el siguiente: un vuelo de L.A. a Boston se ve afectado por un singular y terrible hecho sobrenatural: casi todas las personas a bordo han desaparecido, dejando tras de sí sus pertenencias e incluso ciertos objetos incrustados en ellos, tales como marcapasos o tornillos. Solamente una docena de pasajeros siguen ahí, enterándose de tan raro acontecimiento al despertar de la típica siesta para que el vuelo se pase volando (¡ba dum tss!), como si fuera un mal sueño, pero no, es la realidad, inexplicable, ilógica, absurda, pero la realidad al fin y al cabo: están en un avión prácticamente desierto, sobrevolando Estados Unidos de oeste a este y manteniéndose en el aire gracias al piloto automático. ¿Cómo podrán solucionar su situación y a qué se debe? Los misterios y los obstáculos prácticos, desde luego, no se detendrán ahí; es tan sólo el inicio de una verdadera experiencia infernal.
Los Langoliers me ha gustado bastante, es una novela que triunfa y brilla ahí en lo misterioso, lo inquietante, lo inasible e intangible, en la esencia misma del misterio: el tener las respuestas casi a mano, pero sólo casi, porque te acercas y de repente se pierden, se difuminan, se evaporan en el aire y te quedas con la sensación de impotencia e indefensión. En esa atmósfera de misterio y de desesperación, de una tensión que se puede cortar con cuchillo, King eleva una historia que continuamente coquetea con cierto desastroso desmadre, pero que nunca cae en ello pues sabiamente elige enfocarse y centrarse no en las respuestas del caso sino que en los efectos, psicológicos y conductuales y mentales e interpersonales, del misterio y el desconocimiento en este grupo de extraños forzados a trabajar improvisadamente y a ciegas, en imperfecto conjunto, con tal de sobrevivir. Rencillas internas, desconfianzas y pequeñas alianzas, además de la perpetua sensación de estar caminando en un campo minado, son elementos que mantienen a flote el relato de inicio a fin, especialmente en un tramo final intenso y apoteósico, sorprendentemente bien resuelto, una infartante escalada de angustia y frenetismo, de optimismo y desaliento, una genuina montaña rusa de emociones. Stephen King de verdad, literalmente, salva esta novela del desastre.
Lo digo porque ya conocemos al bueno de Steve: el hombre tiene buenas ideas, tiene buenas imágenes y metáforas, pero a veces la ejecución o materialización de esas metáforas resultan contraproducentes y chirriantes, sin mencionar que también es proclive a echar mano a lugares comunes tales como personajes con poderes mentales muy convenientes o con trasfondos dramáticos algo inconexos pero de igual forma muy útiles para sacarse soluciones de la manga. Y es curioso porque en esta novela titulada Los Langoliers lo menos interesante son los Langoliers en sí mismos, si bien lo que causan, lo que provocan, lo que significan y representan y simbolizan, es lo no sólo interesante, sino que también atemorizante y estremecedor. Así las cosas, mientras el grupo de extraños se las arregla para ir sobreviviendo a todos los obstáculos que les caen encima a la par que intenta resolver la elusiva naturaleza misma de su situación, la novela, lo dije, funciona a las mil maravillas: te mantiene tenso y atento, implicado con el laborioso calvario de los personajes. Cuando estos se ponen a hablar de los Langoliers (hay una niña ciega que lo que no ve con los ojos lo ve con, digamos, la mente o el espíritu, sepa Moya; además de otro pasajero cuyo padre lo atormentaba, de niño, con unos "cucos" muy particulares cuyo recuerdo, miren por donde, les cae como regalo caído del cielo... Y bueno, sé y comprendo que eso de los Langoliers no es más que una manera con que los personajes "bautizan" el problema, pero igual, mis reparos se sostienen a pesar de ello: King confirma que "el que explica se complica", ¿para qué esforzarse tanto en darle forma y explicación a los Langoliers?) y cuando éstos aparecen hay que, bueno, seguir la corriente, qué saca uno con resistirse. Por fortuna la novela se centra más en el misterio, en los nervios, en el miedo, y tampoco voy a negar que la metáfora de los Langoliers es poderosa, de una negrura abismal que en verdad pone los pelos de punta si te lo piensas e imaginas con detenimiento, lo que por cierto es algo que King sabe hacer bien: transmitirte sensaciones y describirte parajes infinitamente aterradores, lo cual termina por imponerse. 
Como sea, no se alarmen: Los Langoliers es una novela sensacional, que no obstante el tener esto o aquello, te ofrece una experiencia intensa y sugerente de inicio a fin, con la prosa firme y rotunda de su autor; una novela que comienza alto y va concluyendo en un tramo final memorable. Se los recomiendo a ojos cerrados, sin pensarlo dos veces.

Luego, Ventana secreta, secreto jardín. Otra novela de unas 200 páginas, súmale unas cuantas más. Me parece que este volumen de novelas reunidas marca la transición entre la primera etapa de King, esa etapa rabiosa y desquiciada y esquizofrénica y visceral y cuasi suicida, y la que le sigue, su etapa intermedia, caracterizada por su depuración, dominio y (auto)revisionismo. Se nota tanto en esta novela como en la anterior.
Ventana secreta, secreto jardín es otra intensa y angustiante historia, aunque, eso sí, juega en una liga más íntima, privada, lo que la hace más ominosa y aterradora, porque se trata de un escritor recién divorciado que, viviendo solo en una de esas localidades relativamente aisladas de Nueva Inglaterra que reciben gente solamente en los veranos, despierta de una siesta para abrirle la puerta a la persona que ha tocado el timbre de su hogar. Ha ido a visitarle un hombre con pinta de agreste granjero que lo acusa de haberle plagiado un cuento. El escritor no ha plagiado nada, está seguro de eso, y hasta tiene pruebas para defenderse, pero el granjero, el tal John Shooter, no ceja en su empeño de poner las cosas en su lugar, de enseñarle una lección al escritor ladrón de ideas que de seguro piensa que se puede salir con la suya sin preocuparse de las consecuencias de sus actos rastreros. Una verdadera pesadilla que King sostiene con enervante pulso, centrándose tanto en la cada vez más precaria estabilidad mental de su acosado protagonista como en esa aparentemente normalidad y cotidianidad que sigue circulando a su alrededor, como ajeno a sus acuciantes problemas, lo cual resulta desalentador, te provoca una sensación de impotencia por el protagonista, inerme ante tan ridículo problema: otro lector neurótico al acecho. Lo cierto es que ni el escritor ni el granjero quieren dar su brazo a torcer y, en tales circunstancias, las cosas se pondrán bien feas y King te transmite con toda la fuerza posible la rabia y la frustración que se va suscitando de tan inusitado feudo.
Lo que sí, esta novela tiene un giro final no del todo impresionante ni original, que se ve venir de lejos, restándole bastante de su impacto inicial y medio, pero que de todas formas no arruina por completo una experiencia que, a pesar de sustentarse en dicho conflicto y hacerlo correr como motor narrativo, también le sirve a King como vehículo para reflexionar y explorar lugares oscuros, para adentrarse en esos agobiantes y claustrofóbicos espacios de odio, desprecio, violencia, que poco a poco devoran y se apoderan de sus víctimas, en resumen, en donde el autor vierte, de manera más calculada, como hierro fundido en un molde definido, sus preocupaciones habituales: igual de quemantes, pero más consciente de su instrumentalización. Tan consciente que, inevitablemente, hay un epílogo en donde los demás personajes explican con peras y manzanas qué debió de suceder, la famosa "escena obligatoria" que las películas suelen meter con calzador por si algún despistado queda con un signo de interrogación encima de su cabezota. En fin, no obstante esa redundante escena obligatoria (perdonen la redundancia en dicha frase, inherentemente redundante) y de aquel previsible giro final, pienso que estamos ante una obra muy bien lograda que, mientras mantiene el enigma y la tensión y la incertidumbre, es un excelente y violento thriller de suspenso que hará que se muerdan las uñas ansiosamente porque además explota de manera inteligente el tema de persona común y corriente enfrentando un problema que va más allá de sus fuerzas, herramientas e incluso su entendimiento
También les recomiendo esta lectura, a lo mejor hasta les convence ese giro final y entonces saldrán 100% satisfechos, porque de que esta novela está bien escrita, con fuerza y potencia, lo está, maldita sea. No podrán despegar la vista de sus páginas, atrapados como el protagonista en este descarnado entuerto. 

miércoles, 16 de abril de 2025

Cell, de Stephen King

 

Biblioteca de Santiago nº19. Puede que Cell no sea uno de los libros que el público general y los entendidos más aprecie de Stephen King, pero eso no es algo que nos preocupara en realidad, por acá leemos lo que caiga en nuestras manos; si bien tenemos ciertos prejuicios y reticencias por aquí y por allá, afortunadamente no son tantos y menos aún con nuestro buen amigo de Maine. Lo que de verdad quería decir es que Cell ha llegado en un buen momento: después de la pésima semana lectora que tuve la semana pasada, comenzamos a recuperar el aliento y la alegría. Comenzamos con un agradable y revitalizador soplo de aire fresco de mano de Philip K. Dick con su novela juvenil Nick y el Glimmung, y ahora Cell, una novela apocalíptica de King, nos hace recuperar más fuerzas aún. Y así da gusto, maldita sea.


Puede que Cell se haya quedado algo obsoleta en su mecanismo central, en el motor del apocaipsis. Puede ser. Pero no concuerdo.
Puede que también no haya envejecido del todo bien (a pesar de haberse publicado el 2006) con respecto a su mensaje de fondo, pero esto no me cuadra y de hecho pienso todo lo contrario.
En cualquier caso, Cell es, en esencia, un relato apocalíptico, escrito y narrado con un oficio y rotundidad encomiables que se imponen a sus características más inmediatas y aparentes. Pero vayamos por partes...
El presente apocalipsis se desata y transmite a través de los teléfonos celulares, una especie de onda magnética, El Pulso, como los personajes no tardan en aventurar y conjeturar, que convierte a quienes tenían la mala fortuna de tener uno de esos aparatos pegado a la oreja en zombis brutalmente enloquecidos y violentos, no como los que se ven en "Crossed", de Garth Ennis, pero si los menciono es para que se hagan una idea: violencia asesina sin sentido, totalmente instintiva. Los personajes llaman a estos zombis los "chiflados", los "telefónicos" y también los "chiflados telefónicos", lo cual me ha hecho mucha gracia al leerlo, en parte por la ingenua sencillez del mote como por lo absolutamente acertado y lúcido del mismo. En fin, no es que a esas alturas (mediados de los 2000, cuando se escribió esta novela) los teléfonos móviles fueran una novedad, pero a diferencia de en los noventa cuando aún eran unos pesados ladrillos, ya estaban plenamente masificados e inyectados a la rutina e intimidad de las personas, de los ciudadanos del mundo, alzándose como un artículo de primera necesidad transversal, no sólo necesario para profesionales, políticos o nerds tecnológicos, sino que cualquier hijo de vecino, ama de casa u hombre de a pie. Era posible ya ver la presencia preponderante y obligada de los teléfonos móviles (y todo lo que con ellos sigue) como un pilar fundamental del tejido y funcionamiento social al que debes unirte si no quieres quedarte fuera de, bueno, la civilización: comunicarse y cumplir tareas cotidianas sin un celular parece imposible, ¿no? Como digo, algunos podrán quejarse con que "eso de criticar los celulares y las inminentes redes sociales ya está visto" y que "más parecen los alegatos de un viejo gagá gritándole a las nubes" o que "decir que los que usan móviles y redes sociales no son más que vil mentalidad de rebaño es una pose intelectualoide de manual", pero... ¿acaso se equivoca la novela? ¿Acaso erra el tiro al mostrar los celulares y otros artilugios tecnológicos como caballos de Troya? ¿Acaso erra el tiro al retratar los efectos que provocan individual y colectivamente? Un desalentador vistazo al clima de estos locos tiempos nos basta para comprobarlo: mentes enardecidas salvajemente devorando y despedazando a otras personas virtualmente; masas y masas de ovejas que, creyéndose libres con esa individualidad ilusoria y espuria, caminan mansamente al matadero que, por decir algo, tipejos como Elon Musk o Zuckerberg publicitan como paraísos de la libertad. Todo progreso tiene su trampa, todo avance tecnológico es un arma de doble filo, no hay que negarlo, y aprovechar esa zona gris para mostrar frontalmente los males o vicios de la sociedad es, por supuesto, prerrogativa de los escritores.
Insisto, puede que el discurso y retrato que King elabora en esta novela no sea precisamente nuevo (la ciencia ficción se ha encargado de advertirnos de ello todo el siglo pasado), pero no es menos cierto ni evidente que King desarrolla un relato a partir de la lúcida observación de la realidad de entonces y sus posibles, y ya confirmadas, consecuencias; que no construye un discurso repetido, fatuo ni exaltado, sino que una certera alegoría del estado de cosas imperante.
Por lo demás, sumado a lo anterior, como había adelantado, Cell es, en esencia, un relato apocalíptico: un relato en donde lo primordial es sobrevivir, ése es su motor narrativo, la base que sostiene la novela; su visión crítica de la tecnología de masas es un rico y coherente agregado que potencia la desazón apocalíptica. Así las cosas, el protagonista es un dibujante de cómics de Maine al que la catástrofe lo pilla en Boston, por lo que, superado el primer shock de El Pulso, decide emprender el regreso a casa para reunirse con su esposa e hijo, rezando por que sigan vivos: que no hayan sido víctimas de la onda desquiciante ni de los chiflados enloquecidos ni de alguna otra dificultad posterior. Sobre este aspecto no hay mucho que agregar: es un relato narrado con buen pulso (je, je), con seguridad y rotundidad, con una narración paciente que ayuda a instalar y sostener la tensión, el miedo, la incertidumbre, además de la verosimilitud de las relaciones que se van generando entre los personajes, pues nuestro artista gráfico no se las arregla solo en este infierno de mentes fritas achicharradas por la tecnología.
Vale la pena traer a colación La niebla (The Mist), una novela de tomo y lomo incluida en el volumen de relatos Skeleton Crew, que por acá ya leímos en su totalidad aunque en español fue dividido en tres tomos: La niebla, La expedición y Relatos fantásticos. Si en La niebla, en donde el apocalipsis llegaba con una niebla que traiga consigo monstruos infernales, King ya demostraba su incuestionable capacidad para narrar un relato apocalíptico en donde destacaban la construcción interna e interpersonal de personajes tanto como de atmósferas y espacios cargados de muerte y pesimismo, con Cell lo confirma y reconfirma sin lugar a dudas. Es más, Cell me ha parecido una de las novelas más redondas e intachables que he leído de King, puede que no la más memorable de por sí, pero oigan, no le veo fallas ni lagunas ni nada similar por ningún lado: es una novela de casi 450 páginas que no te cansa, que al contrario te mantiene atento e intrigado de inicio a fin, que no se repite, que se mantiene dinámica en su caudal de personajes, acontecimientos, obstáculos, tramas y objetivos (surgen ciertos antagonistas bien jodidos, toda la trama en cierta academia es pura genialidad, y la supervivencia en sí es descrita con una pátina realista que te causa bastante tristeza a decir verdad, como una desesperación normalizada no recomendada para gente de bajón), que te lleva con precisión y fluidez hacia un clímax tan tenso como brillante y apoteósico, y que cierra todo con un final inesperadamente desolador y oscuro. Sumen a ello una prosa realmente depurada, que sin florituras ni estridencias, con una precisión quirúrgica, te describe estados introspectivos, diálogos, acciones, lugares y paisajes, el paso del tiempo, sensaciones y texturas, todo lo que va potenciando, a fin de cuentas, lo que debe ser un relato apocalíptico: el desasosegante vaivén entre la falsa tranquilidad y las tormentas que esperan a la vuela de la esquina.
Así que eso, puede que Cell sea una de las novelas olvidadas dentro de la ingente bibliografía de King, aplastada bajo el peso de títulos de menor calidad aunque mayor fama, pero no se engañen, para mí ha sido una novela verdaderamente excelente y recomendable en donde King despliega sus mejores características y talentos como escritor, puede que el gran ejemplo de lo que yo denomino como la etapa intermedia de King. Quizás que no sea tan salvaje y enfermiza ni extrema o brutal, pero en cierta forma esas es la gracia de Cell: que no se solaza ni recrea en la sangrienta locura de una manera estrictamente física, más bien te hace sentir, por decirlo de alguna manera, el sofocante y lóbrego peso espiritual de esa violencia tan repentina, a fin de cuentas de eso se trata: ¿Cómo es que hemos llegado a este punto, no sé supone que somos seres humanos racionales y compasivos? ¿Tan poco se necesita para tirarlo todo por la borda, nada más un interruptor? La muerte en sí no es lo impactante o desasosegante, sino el cruel vacío que lo impulsa. Brutal, ¿cierto? Cell, damas y caballeros...

sábado, 5 de abril de 2025

El Pistolero. La Torre Oscura I, de Stephen King


Biblioteca de Santiago nº16. Y por fin ha llegado el momento, por fin hemos llegado a la primera entrega de la saga de La Torre Oscura, compuesta por siete libros que abarcan toda la historia, más una octava novela que al parecer se sitúa entre medio, además, claro, de esa novela corta, Las hermanitas de Eluria, que leímos en el volumen Todo es eventual, por lo que ya llegamos relativamente familiarizados a este universo tan aclamado por medio mundo. Veamos qué tal.


No sé qué pasa pero no puedo sentir ni una pizca del entusiasmo que medio mundo siente por esta saga. Cierto, estamos en la primera novela, El Pistolero, que les aviso no es más que una alargada y aletargada introducción, pero oigan, no es que haya quedado muy emocionado que digamos en cuanto a lanzarme con los libros que siguen. Ni las Hermanitas de Eluria ni las cinco historias que componen El Pistolero me han gustado... Por cierto, estamos leyendo la versión revisada y reescrita por King el año 2003, cuando se decidió a ponerle fin a una saga que comenzó a escribir en los setenta y publicar en los ochenta, razón por la cual era preferible corregir ciertas imprecisiones que surgieran entre un libro y otro, a fin de cuentas no es que el bueno de Steve-O lo tuviera todo precisamente calculado y mapeado desde el inicio. Como sea, vayamos a lo medular, a lo importante, a las razones de mi nulo entusiasmo por La Torre Oscura 1.
Primero que todo, no entiendo la razón de ser de esta prosa pomposa y alambicada (en el sentido de rebuscada, complicada, enredada) con que King escribe estas historias. Ya llevaba tiempo escribiendo y publicando, puliendo su prosa clara y legible pero detallada, minuciosa y sobre todo lacerante, punzante, afilada, por lo que no comprendo la necesidad de abarrotarse de figuras retóricas chapuceras ("volcanes que escupen furiosamente lava rompiendo la superficie de la tierra como granos de acné en el rostro de un adolescente grasiento"... parafraseando nada más, pero ¿qué les parece semejante truco? Y hay figuras literarias peores, de peor gusto, imaginación y sensibilidad escritural), de privilegiar ininteligibles descripciones místicas o abstracciones sin venir a cuento en detrimento de una narración y descripción más clara y concreta, que es lo que en teoría este weird western fantástico con toques de ciencia ficción, pero sobre todo, esencialmente, acción y aventura, reclamaba: poder describirnos y hacernos partícipes de este particular universo narrativo con sus tramas interconectadas y sus paisajes sobrecogedores, en vez de agotarnos y hartarnos con una pobre grandilocuencia de manual.
Por cierto, me mosquea la falsa épica, la grandiosidad espuria de todo esto. ¿Se supone que debo sentirme impresionado e intimidado simplemente porque hay un desierto gigantesco y árido, luego unas montañas que rozan el techo del cielo y bosques milenarios, quedarme boquiabierto por el simple hecho de que están ahí? Supongo que aquí volvemos a lo de antes: esa prosa autocomplaciente que se solaza en devaneos sin importancia y por lo mismo falla en sugerirte y provocarte una verdadera y genuina sensación de inmensidad, de textura, de sensaciones... incluso de inmediatez, de fisicidad, de solidez, como si en realidad estuviésemos ante un simple fondo de cartón pintado toscamente por un aficionado incapaz de plasmar visualmente el impresionismo visual que pide a gritos esta historia, y frente a ello, precarios atrezos de cartón piedra y personajes vestidos con el vuelto del pan: Es como si todo estuviera en el aire, todo lo que se supone que tiene peso en realidad es flojo, vago: la mitología y simbología interna, la historiografía detrás del viaje del Pistolero, sus confusas motivaciones para perseguir al Hombre de negro y hallar la Torre Oscura... Como una obra de teatro en donde el reparto recita sus líneas sin tener idea clara de por qué hacen lo que hacen y dicen lo que dicen, por lo tanto sin poder convencer al público, perplejo ante un espectáculo tan amateur.
Sumen a ello que todo lo que ocurre es tan estándar, tan manido, tan ya-visto-mil-veces: el extraño y solitario pistolero que hace estragos en un pueblucho desértico (capítulo uno, que resulta que es lo mejor del libro, un promisorio inicio que tristemente se desinfla con los siguientes episodios, y que curiosamente no se erige como un capítulo esencial o imprescindible dentro del relato total; con suerte se habla un poco de los poderes del Hombre de negro y crear ese aura de mago maligno y tenebroso, pero fuera de eso... Aunque, como digo, en tanto western esta primera historia funciona la mar de bien y su estilo no entorpece ni tropieza la narración); la curiosa relación-alianza entre el extraño malas pulgas y un asustado muchachín al que encuentra por ahí y que guarda más secretos de los que él mismo sabe, además del consabido flashback en donde el extraño malas pulgas rememora sus típicos entrenamientos a manos de brutales y agresivos instructores/entrenadores; y el resto de la búsqueda, una aventura que pasa por desiertos y bosques nativos y manantiales puros y virginales y montañas nevadas y negras cuevas sin solución de continuidad, con los típicos obstáculos geográficos, previsibles trampas humanas y la presencia de monstruos descerebrados para complicarlo todo, aunque la sensación de lucha por la supervivencia brilla por su ausencia, es como si andar dos semanas o más en una estepa desértica fuera coser y cantar. Yo diría que hasta el programa de Bear Grylls te causa más ansiedad e interés, que sus planificadas aventuras tienen más atmósfera, relato y verosimilitud que la expedición de este pusilánime pistolero.
Por lo demás, la construcción y desarrollo de personajes es plana, es banal, es trivial, es contradictoria. No comprendo la supuesta amoralidad de un Pistolero que se las da de duro pero que se enamora de la primera vagina que encuentra en el camino o que adquiere afectos poco menos que paternales por un chico que encuentra en mitad del desierto y cuya única gracia es su aparente inocencia e ingenuidad, perdido como luce en ese universo "que se ha movido", que ha vomitado sobre sí mismo. Esta inconsistencia se puede apreciar en los otros personajes principales, por ejemplo el niño, pero sobre todo el Hombre de negro, temible hechicero que se las sabe todas y va de arrogante y canchero pero que una frase después no sabe nada y actúa como un cahorrito temeroso de su entorno... ¿Se supone que estos son hombres duros y malos, antihéroes con pelotas, o héroes timoratos que no quieren ensuciarse los ponchos? Se siente todo tan improvisado, tan poco serio, tan inventado sobre la marcha... Ningún personaje resiste un análisis mínimamente crítico y psicológico, parece que fueran tres o cuatro personajes a la vez y que te encuentras con el amoral o el jodido sentimental por pura casualidad.
¿Y todo para qué? Para una conversación final entre El Pistolero y el Hombre de negro completamente decepcionante, que no revela nada genuinamente importante o crucial (que no justifica EN LO ABSOLUTO la "épica búsqueda" que este inútil Pistolero ha emprendido a lo largo de laaaaargos años a través de exteeeeeeeensos y hostiles parajes), y que es sólo un "sigue tu camino", y que demuestra que las 300 putas páginas de La Torre Oscura 1 son una burda introducción innecesariamente alargada, aletargada y estirada más allá de sus cualidades y propiedades inherentes. ¿Por qué King rellenó 300 páginas para un encuentro tan simplón? ¿Por qué, en la lógica interna, el Hombre de negro se deja perseguir y alcanzar a lo largo de lustros y lustros? Quizás a nivel diegético se explique en entregas posteriores, pero insisto, leyendo este libro de por sí nada en su interior se explica. es un libro completamente vacío, deforme, desestructurado. ¿Que la épica búsqueda es para curtir y madurar al Pistolero? Las pelotas, me cago en todo...
Como sea, El Pistolero. La Torre Oscura I ha sido enorme y terriblemente decepcionante. En el peor de los sentidos me he visto sorprendido por lo pobre y por lo plano, por lo exageradamente escuálido, de cada aspecto de su propuesta: prosa, trama, personajes, escenario, narración... Comparado con la cutrez de este libro, Las hermanitas de Eluria poco menos que está para ganar el Pulitzer. Noooo, así no dan muchas ganas de seguir con las siguientes entregas, de hecho ni siquiera estoy seguro de si están todas en la Biblioteca de Santiago. Ya veremos, total, apuro no hay...