"LAS GRANDES PASIONES SON ENFERMEDADES INCURABLES"
-Goethe

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jueves, 13 de febrero de 2025

Cartago, de Germán Marín

 

Biblioteca de Santiago nº2. Luego de El Palacio de la Risa, luego de Ídola, como ven, viene Cartago, aunque no exactamente: las tres novelas fueron reunidas en este libro titulado Un animal mudo levanta la vista, y he de avisar un par de cosas. Primero, al ser una libro editado el 2002 o 2003, las novelas tienen ciertas diferencias con ediciones individuales posteriores. Por ejemplo, la edición de El Palacio de la Risa que yo tengo incluye, al final, un poema que Marín publicó en una revista literaria española a finales de los '70, poema que sirve como antecedente a dicha novela y que en este libro no viene incluido. Sobre Ídola, naturalmente, no se puede hacer una comparación palabra por palabra, sin embargo el final de ésta edición tiene unas cuantas líneas más que la edición de Hueders que yo tengo y que comentamos ayer; dichas líneas, me parece, fueron acertadamente sustraídas si es que fue una decisión del autor, dejando un final más abierto, más ambiguo y, por lo mismo, dado el carácter y tono general de dicha escalofriante novela, más tenebroso y macabro. Ignoro si la Cartago que tenemos acá tiene diferencias con alguna edición individual publicada antes o después, así que asumiremos que leímos una versión definitiva. Yo, por supuesto, me siento bastante contento y complacido de haberme dado este mini-atracón de Germán Marín.

Aunque no le faltan elementos de rareza y extrañeza, Cartago es una novela decididamente más modesta que las anteriores, en comparación con Ídola casi parece un cuento infantil, pero nada de esto está dicho en modo de crítica negativa, es sólo para ilustrarles un poco. Cartago es como un largo epílogo en el que asistimos al declive final y definitivo del malogrado protagonista, el alter ego o trasunto de Germán Marín, que luego de todas las desgracias ocurridas en Ídola, nuevamente se queda solo y aislado, sin ídolas, sin nada que adorar (no future) ni nada que añorar (no past), en este caso junto a su bebé deforme del que deberá hacerse cargo, al borde del abismo, de la miseria, de la marginalidad social o humana, una marginalidad no tanto material o socioeconómica (aunque también, a fin de cuentas nuestro pobre hombre nunca pudo echar vuelo hacia una situación más afortunada y estable) como moral, personal, existencial, espiritual si cabe: el proceso que veremos es el de un hombre que, no en términos de muerte, va progresivamente dejando de existir. No morir, simplemente dejar de existir. Dejar de ser hombre, dejar de ser humano, dejar de ser persona.

De modo que esta novela se configura como un viaje introspectivo, un postrero ejercicio de memoria olvidada proveniente de dos encierros: el "actual" desde el cual el protagonista nos narra cómo llegó hasta ahí, una suerte de recinto o para locos o para criminales (como le va al desafortunado, es válido pensar que pudo acabar encerrado por loco o por haber cometido algún delito, empujado justamente por la desesperación que respiraba cada día, a cada momento) en donde sólo le queda recordar y lanzar una que otra reflexión cargada de pesimismo y mordacidad; y el encierro anterior, ubicado en un chalet de una tranquila y acomodada comuna de Santiago el cual se encuentra a la venta aunque no aparece comprador, al que llega luego de que un amigo interceda por él para que pueda alojarse en dicha casona a modo de cuidador. Sobreviviendo con un aburrido empleo en una editorial, el protagonista nos cuenta cómo es su nueva cotidianidad, precaria y oscura como cabe esperar, tétrica y extrañísima, aderezada con anómalos elementos que aportan a la densa atmósfera malsana y enfermiza pero que no asoman como primordiales, quiero decir, el protagonista vive toda clase de cosas como salidas de revistas de terror: los poco metafóricos fantasmas de la casa (más los fantasmas de su vida anterior, del país), la deformidad de su monstruoso hijo, su creciente voyerismo, su perturbadora sexualidad agonizante, su romance con un brazo cercenado y consciente, un manuscrito que predice su futuro, la presencia de un antiguo camarada de la Escuela Militar luego convertido en valiente soldado enemigo durante aquel negro período de la Historia chilena y ahora reconvertido en aburrido y rencoroso abuelito retirado que quiere divertirse a costa de un viejo aún en peor forma que él, un artistucho izquierdista arruinado de quien se burlará cruelmente en patéticas noches de juergas alcohólicamente nostálgicas o nostálgicamente alcohólicas... Bueno, bueno, ¿qué decía?

Todo este cóctel devastador e inclasificable, para mí, significa esto y lo otro como a la vez nada: o es un críptico y polisémico ejercicio de parte del autor o simplemente es el triste epílogo de un viejo tan mentalmente despedazado y dinamitado que simplemente vive en una mezcla de la cruda realidad y de sus pesadillas personales, conviviendo con gente común y corriente a la vez que con sus demonios internos personificados y materializados, encantados de atormentarlo. Cartago podría ser sobre aprender a vivir en tu propio infierno, escrito con la prosa bífida y rocambolesca marca de la casa, con ese estilo agresivo, seco, poseedor de una siniestra elegancia al momento de elegir las palabras que, como balas de metralla, dibujan el suplicio del protagonista, marcando el contorno de su cadáver viviente. Marín habla sobre el individuo pero también habla del país, del estado de cosas, de la decadencia y la putrefacción. Por eso digo que centrar toda la atención en uno o dos elementos "raros" no es apropiado: el todo es la nada misma, el vacío totalizador. Quizás me entiendan si lo leen. Es que... al protagonista ya no le queda nada, entonces es como si El Palacio de la Risa e Ídola se mezclaran para asestarle la estocada final, superficial y subterráneamente. Es un destino terrible, sin duda. 

En fin, me gustaría expresarme mejor sobre esta novela pero su mismo carácter hermético y oscuro me lo dificulta. En cualquier caso, ha sido todo un alocado viaje, un mórbido descenso infernal, al que nos ha lanzado el gran Germán Marín, desde que su alter ego retorna del exilio y decide investigar las lagunas históricas y personales alrededor de la Villa Grimaldi, pasando por su bestial incursión en la negrura más desolada y visceral (literal) de Ídola en donde el autor nos empuja a un Santiago como apocalíptico a kilómetros de distancia de la alegría que venía, finalizando con los postreros manotazos de ahogado que vemos en Cartago, en donde la desesperación y el fatalismo se hacen carne, se solidifican, se respiran, tapiando sus venas y vías respiratorias con el espeso líquido de la Muerte, resignándose a ese abrazo final y definitivo, de ultratumba, contra el cual, si no se lucha, capaz que no te haga sufrir tanto, ¿cierto? Si no puedo encontrar Cartago como tal, tendré que comprar Un animal mudo levanta la vista, sin duda es un libro que quiero tener en mi biblioteca personal. Espero que ustedes hayan quedado sedientos de Germán Marín, uno de los autores más salvajes y rabiosos, incendiarios y brutales, de las letras chilenas.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Ídola, de Germán Marín

 


Jimmyteca personal #4. Bien, ayer comentábamos El Palacio de la Risa, primera novela que forma parte de una trilogía protagonizada por el alter ego de Germán Marín, el autor. Las estamos leyendo para refrescar la memoria y poder comprender mejor Cártago, una novela que no tengo y que encontramos en la Biblioteca de Santiago. Afírmense los cinturones y las enaguas.


En Ídola la prosa de Marín es como una serpiente malvada, de una agresividad fríamente calculada pero con la fuerza de una furia impulsiva e incontenible; una prosa sinuosa, ominosa, viscosa, depredadora, desquiciada y esquizoide como si fuera la correspondencia literaria de la puesta en escena de las últimas películas de Aleksei German. Es un agujero negro, una espiral que desciende directo al infierno, sin escalas. Pero esta no es la forma de comenzar un post, ¿cierto?
Al final de El Palacio de la Risa, cuando la reconstrucción de la memoria del protagonista alcanza ya su punto culminante y fulminante, su punto de no retorno, éste por fin despierta a la realidad cuando traspone el portón de entrada de Villa Grimaldi, saliendo de ese fantasmagórico microcosmos del pasado, y comienza a caminar por la avenida, de vuelta a su alojamiento, de vuelta a la realidad y al presente. En el camino, en una incómoda escena final, un grupo de jóvenes lo rodean amenazadoramente, pidiéndole si acaso tiene una monedita o un pucho que pueda convidar, abuelo, envuelto en sombras el resto de la frase: "y si no tienes...". Con esa escena, por lo demás inconclusa, en medio de la tensión, nos queda claro que lo comenzado en El Palacio de la Risa ha concluido y que nuevas lógicas narrativas han de emprenderse. Ídola recoge el testigo y lo magnifica, lo distorsiona de manera brutal. Comienza con una resaca apocalíptica, un in-media-res infernal, una pesadilla hecha carne, hecha realidad, en la que un terremoto siembra la destrucción y el caos dentro de Santiago, dinamitando toda preocupación o peligro previo derivado de los entuertos en que el protagonista se ve envuelto. Luego, ya en el "principio" de Ídola, el protagonista, de manera algo reiterativa y cansina debo decir, en su primer tercio nos narra sus dificultades para poder asimilarse al nuevo clima chilensis, extranjero como se siente dentro de una sociedad con una moral que no sólo no comprende sino que lo enfurece, lo aísla aún más, como si ahora él fuera el fantasma, el recuerdo que nadie quiere convocar, la foto casi velada sobre la que se escupe o sobre la que se deja, a modo de posavaso, alguna lata tibia de cerveza. Así las cosas, con sus infructuosos y patéticos intentos de integrarse y asentarse (porque, sobre todo, necesita dinero para subsistir, menguando ya sus ahorros de exiliado), la trama comienza a coger ritmo y perfilar de manera más contundente las intenciones sugeridas en ese primer dubitativo y timorato tramo, del que podemos destacar, aparte de una que otra ácida y crítica observación social, su obsesión con la pintura El origen del mundo de Courbet. Recordemos que el protagonista es un viejo de 60 años, casi sin posesiones materiales, cobijado apenas por la caridad de algunas amistades del pasado de los sueños incumplidos y despedazados, un viejo derrotado y de existencia precaria a fin de cuentas que al inicio se lamenta mucho aunque, al menos, no tarda en ponerse las pilas... aunque eso le cueste todo lo que le cueste posteriormente.
Cuando este alter ego conoce a una bella cajera de fuente de soda de veintitantos años, una muchacha algo más liberada y carente de miedos, una muchacha de clase media que disfruta la vida según vengan las cosas, sin grandes aspiraciones más que el deseo de una modesta y cotidiana placidez, el libro agarra fuerza y se convierte en ese descenso infernal que mencionaba: una caída a los abismos del nuevo sueño chilensis, al bajo mundo, a las existencias subterráneas y nocturnas, a esa realidad alterna pero existente y acechante. Tendrán que tomar mi palabra porque no quiero describirles mucho más y prefiero que sean ustedes los que se sorprendan espantosamente con las lindezas que Marín les depara en esta visión oscura y bestial de la realidad. Organizaciones criminales secretas, maníacos sexuales, asesinos sueltos, pornografía hardcore, redes de tráfico, en fin... Marín cae en un agujero negro que succiona todo aquello marginado del "nuevo y esplendoroso" Chile post-dictadura, en donde la economía se levanta y todo eso, si bien, lejos de las fronteras de aquel nuevo oasis, lejos de aquel rostro maquillado e impoluto que se quiere vender, como si todo Chile no fuera más que una gran campaña de marketing, en las entrañas sanguinolentas del nuevo sueño, acechan los monstruos alimentándose de las carencias y las ansias carnívoras de la mayoría de la población: convivir con la pesadilla, creo que por ahí va la cosa. Si El Palacio de la Risa era sobre el extranjero que viene del pasado, Ídola es sobre el extranjero que, ya en el presente, viene de Afuera, un Afuera literal, físico, esotérico incluso, y debe aceptar el hecho de que vivimos en un páramo, poblado de criaturas amorales, sin dios, sin ley, sin paraíso, a punto de explotar.
Ya sea por la mencionada prosa asfixiante y angustiante, ya sea por esa visión totalmente oscura y pesimista, por ese tremebundo y perverso clima de miedo y desesperación latentes, ya sea por su final siniestro, tenebroso y sobre todo aterrador, Ídola no será una lectura fácil de asimilar e integrar, pero es un pedazo de novela, una de esas historias que se te quedan grabadas a fuego en la mente, en la retina, en el estómago. La inquietud, el asombro, la incomodidad, cierto desamparo, los nervios que me hicieron sentir este libro la primera vez que lo leí, y que volví a sentir esta vez (aunque en menor medida, pero ni tanto), no dejarán de circularme bajo la piel, como gusanillos malignos.

martes, 11 de febrero de 2025

El Palacio de la Risa, de Germán Marín


Jimmyteca personal #3. Es natural que vayamos leyendo y comentando libros de esta sección personal que pertenezcan a mis autores de cabecera dentro de la literatura chilensis, y Germán Marín es, sin duda alguna, uno de ellos (quedó más que claro cuando comentamos Compases al amanecer, su volumen de cuentos imposible de encontrar a la venta). Pero si me he puesto a leer El Palacio de la Risa es porque no he leído Cártago, una novela que también es imposible encontrar acá en Chile (sólo la vi en un par de negocios en Argentina que no tienen envío al extranjero, por alguna razón), que en su momento se editó como la unidad que es, pero que también fue publicada en un volumen titulado Un animal mudo levanta la vista, que reúne la susodicha, Ídola y la novela de este post, conformando una trilogía protagonizada por el mismo personaje, un alter ego del propio autor. Como hace poco descubrimos otra biblioteca a la que ir a pedir prestados libros (la Biblioteca de Santiago, sección que inauguramos con un libro de Stephen King), me puse a mirar y ¡bingo!, Cártago tambié estaba ahí. Y como en las primeras páginas se me hizo obvio que no tenía la memoria tan fresca de las dos primeras novelas de la trilogía (que leí hace ya unos seis o siete años), lo que me dificultaría la comprensión del argumento de Cártago, entonces me dije "qué demonios, leamos las otras dos novelas y qué tanto", y acá estamos. Vamos a comentar la trilogía en días continuos, así que atentos, serán tres días bien intensos.


Marín siempre ha dicho que es un escritor que trabaja con la basura. Que escribe de lo que va escarbando en los basureros. Es un escritor rabioso que lucha, escritura y literatura mediante, contra el olvido y, sobre todo, los acólitos del olvido: la hipocresía y el conformismo, que en el Chile post-dictadura, bien lo sabe Marín, exiliado y retornado de la tiranía de Pinochet, campan cómodamente a sus anchas. En esa primera página compartida queda claro: "no vengo del extranjero, vengo del pasado", sentencia que funciona a la perfección en El Palacio de la Risa, que podríamos definir como una historia de fantasmas, incluso de terror, pero no en su sentido más efectista y truculento, puede que ni siquiera espiritual, sino histórico y memorialista, sobre todo para los que no quiren recordar o no quieren que se recuerde. Lo de venir del extranjero lo irá desarrollando posteriormente, pero en El Palacio de la Risa, Marín, encarnado en su alter ego protagonista, un fracaso de escritor retornado de su largo exilio a un país que apenas reconoce (los contornos de este nuevo país son deformes, una grotesca difuminación del Chile que se vio obligado a abandonar), tanto en el aspecto más superficial y costumbrista como moral, cultural, introspectivo, psicológico incluso, antes que adaptarse y aclimatarse al renovado zeitgeist chilensis, cumbre de la más domesticada y eficiente mediocridad, el protagonista quiere y debe saldar deudas con ese pasado abruptamente fracturado e incluso más atrás, el pasado del pasado. Para ello se vale de Villa Grimaldi, acaso símbolo de la debacle de la sociedad chilena, de la Historia de Chile como país.
El protagonista nos relata su propia historia personal que corre casi paralela con la historia de Villa Grimaldi, primero una mansión construida a mediados del s. XIX por una eminente e influyente familia aristocrática que luego fue pasando de mano en mano, en una acusada decadencia social, por familias burguesas cada vez menos importantes hasta acabar convertido en uno de los centros de tortura más infames y horrorosos de la dictadura, un lugar que, antaño edificación esplendorosa, fue consumida por las muertes y torturas más espantosas que puedan imaginar, convertida en un páramo sin vida con el fin de ocultar o "evaporar" toda prueba de lo que allí ocurrió. Un espacio vacío en el mapa, en la geografía temporal. El protagonista, que creció al alero de esa burguesía decadente, tiene bellos recuerdos de infancia y adolescencia dentro de las paredes de la Villa Grimaldi, en tanto su mejor amigo del colegio vivía ahí. A partir de esos recuerdos propios, enlazados con la Historia misma concentrada en ese punto, el protagonista reflexiona sobre la identidad chilena, sobre sus fantasmas. Sobre todo de un fantasma en particular: una tal Mónica, su querida amante, a la que tuvo que dejar atrás, junto a toda su vida, cuando partió al exilio, y de la que, tiempo después, ya en tierras extranjeras, dejó de tener señas, puede que de manera definitiva y para siempre. Ahora de vuelta, pretende reconstruir esa historia y descubrir su desenlace: qué sucedió con Mónica, que lo lleva a descubrir qué sucedió dentro de Villa Grimaldi. Cómo es que desapareció y cuál fue su destino, si es que acaso puede hallar una respuesta (tarea difícil en un país en donde las autoridades parecen más inclinadas a facilitarle la vida a honorables criminales de lesa humanidad que a ofrecer apoyo y responsabilidad a las familias que aún buscan a sus seres queridos desaparecidos). Y sí, puede que el oscuro destino de Mónica esté relacionado, como casi todo lo demás en la vida del protagonista, con ese infame lugar jocosamente bautizado como El Palacio de la Risa por sus gloriosos y postreros ocupantes. La verdad siempre puede ser peor que cualquier pesadilla.
En El Palacio de la Risa la prosa de Marín, pausada y elegante, no tan ominosa ni sinuosa como llegaremos a ver en trabajos posteriores (al menos no de una forma tan manifiesta, en esta novela es más bien soterrado, fiel a su concepto de realidad escondida bajo la alfombra), también va cargada con fuertes dosis de rabia pero, sobre todo, decepción y desesperación. Tal es la atmósfera que transmite la abismante investigación del protagonista en este libro sencillo en su planteamiento (personaje principal que, en "tiempo presente", solamente se dedica a caminar un par de horas dentro del demolido recinto mientras, eso sí, la memoria reconstruye y unifica esos senderos, el de la infancia, el de la amante, el del país, el del exilio, y el del retorno-investigación) pero hondo, complejo, negro, de un fatalismo arrebatador en su desarrollo, en su cierre. Sobre todo cuando el viaje por esa carretera perdida lo conduzca, inevitablemente, a despertar por la fuerza y enfrentarse de una buena vez al Chile real en el que vive: un Chile en el que los fantasmas del pasado, por más cercano que sea aún en términos temporales, han quedado aplastados por toneladas de tierra apisonada y de falsa alegría.
El Chile en el que el alter ego de Marín ha despertado tiene sus propios monstruos, y no tardará en descubrirlos.

sábado, 13 de julio de 2024

Compases al amanecer, de Germán Marín

Bibliometro S02E04. Germán Marín es un escritor que me encanta. Su obra posee una fuerza descomunal, rabiosa, singular, salvaje, salvajísima. La suya es una voz con autoridad. Y hace años que he podido leer casi toda su obra gracias a la Biblioteca Nacional, luego de lo cual he ido comprando sus libros en la medida en que los he ido encontrando, elusivos como son algunas ediciones. Por ejemplo, el presente volumen de cuentos, Compases al amanecer, que a pesar de no ser un libro antiguo ni de una editorial extinta (Hueders, vivita y coleando), no lo encuentro a la venta en ninguna parte. Y henos acá, por fin leyéndolo, adentrándonos más aún en el mundo literario de este escritor al que no se le valoró lo suficiente, por desgracia (y cuyo homenaje a Braulio Arenas, en las primeras páginas, quizás resultó premonitorio en el trato que se le dispensó a él), y que pasó a mejor vida a finales del 2019, en una noticia que recibí con bastante pesar, a decir verdad, pero que no iba a extrañar a nadie que se informara medianamente del estado de salud de un escritor que no dejó de escribir ni publicar hasta que dio su último aliento. Que en paz descanse.

Marín solía decir que lo suyo era vocación, la vocación de escribir y de narrar. Que le daba lo mismo "la carrera literaria". Le daba lo mismo todo el juego de los premios y reconocimientos literarios hacia su obra, impulsada por el deseo de plasmar en sus páginas su ácida y cáustica visión del país, no de recolectar premios, por lo demás, como editor que también era, enterado de todos los tejemanejes y engranajes que suceden detrás de escena cuando, por ejemplo, llega el momento del Premio Nacional de Literatura, más un desfile de influencias y sordas rencillas que una auténtica demostración de aprecio a los méritos literarios (que a mi juicio son innegables en quienes han recibido tal distinción en el último tiempo). Marín siempre fue un perro rabioso que iba a la contra, sin pelos en la lengua, y que además podía estar a la altura de sus palabras gracias a su obra, rotunda y certera como un bisturí. Pero es que además a través de su obra refleja el Chile hipócrita y falso, de opereta, que vino después de la dictadura. Las sonrisas de plástico, las palabras de buena crianza, el olvido... El que nada pasó, el para qué mirar atrás. Marín en sus cuentos y novelas enrostra a todos los hipócritas que el horror sigue presente, camuflado entre los pliegues de la democracia, que ese horror no es un eco, es una voz aún latente entre nosotros que quiere disfrazarse y pasar desapercibida. Marín dice: tú eres cómplice, tú sabes quienes se esconden entre nosotros, esta normalidad es una careta repugnante y eres parte de eso, eres cómplice de eso. Marín, el escritor incómodo, el escritor que revive el horror y honra el sufrimiento de las víctimas con hechos, con sangre y sudor y lágrimas reales, en el país donde se vive y se resuelve todo simbólicamente. Si Poli Délano es el escritor chileno que mejor y más escribió sobre el insoportable y cruel dolor del exilio, Germán Marín, que salió al exilio poco después del Golpe y retornó a Chile el año 92, es el que mejor escribió sobre los fantasmas reales de la dictadura en democracia. Si se fijan, los 17 años de la dictadura no están presentes en su obra como tal: sus historias se ambientan antes o después, pero la dictadura está presente porque Marín lo sabía: la dictadura nunca se fue. El dictador nunca fue procesado, muchos de sus verdugos se escondieron en las sombras, los defensores siguieron haciendo política, y la gente, por desgracia, la gente piensa que fue una época necesaria...

Con todo lo anterior, no todos los cuentos de Compases al amanecer tratan sobre la dictadura. Marín escribe también sobre el tedio y la superficialidad de la sociedad moderna, del hartazgo y cobardía existencial del hombre promedio, de la hipocresía, de las relaciones humanas marcadas por la incomunicación y los abismos interpersonales, del deseo y la frustración, de la desigualdad inherente entre toda persona, de las ciudades y su rostro de concreto erosionado por el sol, por el tiempo... A menudo las suyas son historias lúgubres, sórdidas, macabras, de desaliento y desespero, soledad, vacío. Sobre las bajas pasiones, las expectativas y los sueños, el sino trágico del fracasado, del marginado, del perdido. Los secretos, lo que se ve. Marín coquetea continuamente con vidas anodinas que entran en contacto con el lado oscuro de la vida y de la ciudad, tomando giros a menudo irreversibles.

Espíritu de cuerpo va un poco sobre lo que decíamos. Es una reunión de excompañeros de la Escuela Militar y de cómo el protagonista, un exiliado de izquierda, está sentado, compartiendo copas y risas, con quienes alguna vez fueron directos partícipes del horror.

Talante, La invitada, Detalle y Me acuso son breves textos en donde se exponen los demonios internos de sus respectivos narradores, con un lenguaje directo y furioso que llega a perturbar bastante.

No hay mejor espejo que la tinta va un poco sobre el tras bambalinas del mundillo literario. Mucha ironía, mucha decepción, mucha resignación.

El presente es un desolador e imaginativo cuento sobre un amnésico que, al tomar consciencia de su amnesia, no sabe qué hacer con su vida, perdido como queda en una ciudad también amnésica.

Carecueca es sobre uno de esos civiles que encontró su vocación como cómplice de la dictadura, ahora siendo un modesto viejo que vive tranquilamente... pero siempre mirando por encima del hombro.

Cansancio, La Bambi, La diosa y Tetas de invierno, incluso Intimidad, van sobre la tentación que provocan las mujeres en la vida de unos hombres a veces pusilánimes, a veces débiles, a veces deshonestos, pero siempre proclives a caer en la desesperación de un elástico y cálido cuerpo femenino.

Tiempo, A Gerardo de Pompier, El Majestic y "Si vas para Chile", a su manera, hablan sobre el paso del tiempo y lo que queda del pasado en el ahora, a veces visto con desilusión y aburrimiento, a veces con ímpetu y energía, incluso rozando lo surreal y sobrenatural, pues se sabe lo malvado y perverso tiene sus formas de subvertir el plano de lo real.

Lengua bruta es un divertido ejercicio en donde se replica el hablar de un hombre simple y arrabalero que cuenta por qué mató a un amigo suyo.

"No soy de aquí, ni soy de allá" es sobre un mexicano en Chile y cómo se las arregló durante la dictadura de Pinocho. Se le agradece el humor, eso es lo otro que tiene Marín: esa capacidad para traer lo cómico (o tragicómico) incluso de los hechos más atroces si es que es necesario. El patetismo como ingrediente consustancial al hombre de a pie, moderno, actual, habitante tristemente cómico de esta jungla de cemento, de esta urbe impersonal y voraz.

Un verdadero placer de lectura. Siempre rescato mucho de la obra de Germán Marín, siempre me quedan revoloteando sus letras en mi mente. Porque para ser alguien que escribe bastante sobre lo real, sobre lo olvidado, Marín posee una imaginación sin límites aparentes. Un verdadero escritor, un verdadero creador, a fin de cuentas. Ya lo verán a medida que vaya comentando su obra, que iré colando mientras pido libros prestados. Espérense nomás.

La tradición republicana. La ficha nos dice que este libro ha estado en circulación en Bibliometro prácticamente desde su lanzamiento, desde su publicación, el año 2010. En más de doce años, hasta hoy, 16 personas han pedido y leído este libro. Espero que esas 16 personas hayan disfrutado el libro del que fue un excelente escritor, cuya obra no debería quedar en el maldito olvido jamás de los jamases. Si pueden, léanlo. Si son de acá, inscríbanse y pídanlo. Y si son de afuera, búsquenlo, cómprenlo y luego me lo mandan de regalo :)