"LAS GRANDES PASIONES SON ENFERMEDADES INCURABLES"
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lunes, 27 de octubre de 2025

La niña que iba en hipopótamo a la escuela, de Yoko Ogawa

 

Biblioteca de Santiago nº37. Agradable fue mi sorpresa cuando me fijé que en los amplios y nutridos salones de la BDS estaba este libro de Yoko Ogawa, una escritora que por acá queremos mucho, cuya bella edición y llamativo título (el original se traduciría, tal como el mismo libro lo indica en su panel informativo, como La marcha de Mina) fueron alicientes para no esperar una próxima visita y llevármelo de inmediato, porque todo puede pasar, ya he visto libros que a la visita siguiente no están, entonces es mejor asegurarse, pero, ay, son tantos libros y tan pocas manos, tan pocos días, tan sólo un par de ojos, que irremediablemente toda elección es tan acertada como fatalmente errónea. 

La niña que iba en hipopótamo a la escuela nos cuenta la historia de una muchacha, que es la narradora del libro pero ya de adulta, quien, debido a la muerte de su padre y a que su madre decide tomar un curso especializado para poder optar a empleos mejor remunerados con los que mantener a su hija, debe trasladarse a la casa en donde vive su tía, la hermana de su mamá, durante todo un año mientras dure el curso. La novela es un bello y sereno, pero profundo y sutilmente complejo, ejercicio de memoria personal e histórica en el cual la historia de ese año, en esa casa junto a esa familia, se entrecruza con la historia de Japón y del mundo: los hitos de la vida de una niña que son tan vitales, cruciales, importantes como los hitos a gran escala. La familia de la tía está compuesta por el marido, el director de una fábrica de refrescos muy carismático pero también muy ocupado y ausente; la abuela de la casa, una alemana asentada en Japón desde hace décadas; la señora Yoneda, la nana, afectuosa pero severa; el señor Kobayashi, el jardinero y maestro chasquilla, hombre taciturno pero confiable; la tía, mujer melancólica y lánguida; y Mina, la niña de la casa, aquejada de asma pero entusiasta, animosa, y con quien la protagonista entabla una amistad que trasciende el lazo familiar. La casa es una mansión que tiene un zoológico en el patio, la mascota de la casa es una hipopótamo y la vida a lo largo de ese año será tan extravagante como perfectamente normal.

Lo maravilloso de esta novela es que carece de truculencias emocionales, no hace gala de esa apestosa y tan manida nostalgia pluscuamperfecta. La narradora, literalmente, revive los recuerdos y su narración palpita asombro, perplejidad, entusiasmo, toda una amplia, variada y rica gama de emociones que no necesitan artificios ni manipulaciones, lo que nos cuenta es la vida misma, un slice-of-life bien entendido y bien contado, bien escrito, escrito con esa serena poesía marca de la casa, con ese trazo delicado pero preciso que, con paciencia y contemplación, puede componer un cuadro rico en detalles, en profundidad de campo, en sensación de movimientos. Es una novela escrita y narrada con sensibilidad, con honestidad y sinceridad, con genial humildad, modestamente magistral, que es capaz de transportarte a un tiempo y a un lugar y evocar la vida ahí: hacerte respirar la pureza del aire, hacerte sentir la caricia del viento, escuchar el canto de las hojas, tal es su poder evocador. Sumen a ello numerosas subtramas que, aquí y allá, le van dando sabor, intensidad y complejidad al relato del año junto a la familia de la prima, porque claro, no todo es perfecto: la madre bebe mucho, el padre se ausenta demasiado, secretos revolotean en el aire, etc. Me doy cuenta que ahí radica la gracia, la mayor cualidad de esta novela: que respeta la visión joven de su protagonista, incluso aunque sea una rememoración; a mujer adulta que recuerda no interviene, no aclara, no hace gala de condescendencia ni para con su versión adolescente ni para con los otros personajes o el pasado mismo, como quien, con la seguridad que otorga el "conocimiento" del tiempo acaecido, en plan todos son generales después de la batalla, juzga a diestra y siniestra olvidando que nadie sabe para quién trabaja y que la vida es caminar envuelto en sombras. Al contrario, como digo, se mantiene la pureza y la transparencia del tiempo recordado, con las virtudes y defectos que todos los personajes tengan, pues la vida palpita gracias a virtudes y defectos, ya sea la ingenua sencillez de la protagonista (la que, curiosamente, le permite estar con los ojos más abiertos: quien no sabe mucho tiene más cosas que aprender, que notar, que vislumbrar), ya sea el voluntarioso y avasallador ingenio de la prima Mina, todo es retratado y reflejado, utilizando las palabras de antes, con la misma perplejidad y asombro con que lo harías si lo estuvieras viviendo y no recordando. 

El resultado es una novela maravillosa, hermosa, emocionante, alegre y curiosa, en fin, otra gran muestra de la literatura bella, poética, contemplativa, de Yoko Ogawa, cuyos libros, más que navegar la corriente de un río, es zambullirse a lo largo y ancho, alto y bajo, de un lago despejado e iluminado. 

martes, 3 de junio de 2025

La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa

 

Bibliometro #112. Uno de los descubrimientos de Bibliometro que más agradezco es el de la escritora japonesa Yoko Ogawa, de quien primero leímos La policía de la memoria, una magnífica novela de ciencia ficción filosófica, muy poética también, que nos dejó absolutamente entusiasmados con su obra, que luego pudimos conocer algo más con El museo del silencio, una novela igual de sugerente, atmosférica, arriesgada a su modo al adentrarse en códigos de narrativas más tradicionales (como por ejemplo el policial/criminal) sin por ello perder su toque poético-costumbrista, onírico, pero que lamentablemente, en mi opinión, se despeña en un inverosímil tercio final (o clímax) en donde los focos abiertos de su intrigante y enigmático argumento se resuelven de manera abrupta, apresurada y casi irreflexiva, dejando una sensación contraria a toda la certera y compleja construcción narrativo-dramática previa. En Bibliometro sólo quedaba por leer La fórmula preferida del profesor, libro que cuenta con un sólo ejemplar en este servicio, y que siempre me resultaba esquivo: una persona se lo pedía prestado y se lo llevaba a la mierda del mundo, luego aparecía en una sucursal a la que, honestamente, no me iba a trasladar. Por suerte, de repente me fijé que estaba en un puesto que me quedaba cómodamente de paso, y así, por fin, leemos otra novela de Yoko Ogawa, la última de momento porque no sé si la B.N.P.D. o la BDS tienen libros de esta escritora tan única.

La fórmula preferida del profesor (cuyo título original, según el traductor de Google por supuesto, sería algo aproximado a "El primer paso es descubrirlo"... tan sólo dejo este dato aquí, no sé qué tan en serio tomarme dicha traducción) es una bella novela en la cual una joven madre soltera que trabaja como niñera para una agencia es asignada a un cliente muy particular, un cliente con algo de mala reputación porque las niñeras caen como moscas, no duran mucho en su servicio, de hecho nuestra protagonista es la décima que va a trabajar con este cliente, un viejo de sesenta años bastante descuidado y solitario, un genio de las matemáticas, que sin embargo vive con una singular y trágica, maldita condición: un accidente de tráfico le provocó, como consecuencia, que su memoria tan sólo dure ochenta minutos, al menos la memoria reciente, a corto plazo, pues la memoria que tenía hasta el terrible accidente sigue intacta: sus amistades, sus empleos, su genio matemático... Como un señor que vive en el pasado, inevitablemente en el pasado, clavado en ese 1975, siendo que la novela transcurre en los noventa. En un gesto al estilo "Memento", el profesor se deja recuerdos por el cuerpo para recordar asuntos recientes una vez superado el plazo de su memoria; claro que no se tatúa, tan sólo escribe notas de papel que, con pinches, se cuelga en su ropa, por lo que da la impresión de que el viejo profesor viste un particular plumaje de papel, un plumaje de recuerdos, nuestra memoria como la ropa que nos cobija, la memoria que es tan física y tangible como introspectiva y abstracta: está dentro de nosotros, pero también nos rodea como un nimbo contra las tinieblas del presente.

Y bueno, qué más se puede decir. La novela, con sus dramas y conflictos, es decir sus puntos dramáticos, es una sencilla historia de, no lo sé, inspiración, aprendizaje, amistad, superación, pero no en plan cursi, en lo absoluto, no tiene ese tufo de camuflada autoayuda de algunas otras novelas. La fórmula preferida... es un canto humanista, un canto al conocimiento y al entendimiento mutuo. La curiosidad que el profesor despierta en la protagonista por las matemáticas; las matemáticas como una nueva mirada para entender, para comprender, para observar el mundo que le rodea, para hallar cierta paz y armonía en los hechos; el profesor, que en la persona de la niñera, que conoce y a su modo reconoce cada día, también descubre una inesperada manera de vivir la vida, de echar a andar la existencia; y claro, el hijo de la niñera, que con su respetuoso desparpajo también parece ser una mezcla de ambas personalidades, como si en su pequeña figura cristalizaran los mejores rasgos tanto del profesor como de su esforzada madre. Además se habla harto de béisbol así que si hay algún lector que le guste dicho deporte, más va a disfrutar todavía (y yo, que no entiendo nada y tampoco me gusta realmente, me empapé del entusiasmo de los personajes, de la pasión por juegos memorables, jugadores legendarios y partidos/campañas infartantes). La novela está narrada con esa prosa pausada, observacional y conversacional, costumbrista y poética, tan característica de Yoko Ogawa, capaz de hacerte vivir entre metáforas y figuras retóricas, despertar y desayunar y caminar entre alegorías que son como el calor de la estufa o el aroma de las sopas, una poesía humilde pero inmensa por lo mismo. Su prosa no tiene un tono paternalista ni manipulador ni tendencioso o emocionalmente efectista; al contrario, destaca por una sencillez que resulta poderosa y profunda, que permite que las emociones individuales y las dinámicas o relaciones interpersonales entre los personajes principales hablen por sí solas, transmitiendo esa armonía frágil y aparente entre este singular trío pero no por ello menos genuino su lazo, menos rotundo, menos bella su íntima y modesta y privada normalidad, como una cápsula de bienestar dentro de un mundo de caos y desorden. Una novela de lazos, de la belleza de esos lazos humanos, y también, claro, una novela sobre asuntos más filosóficos: la memoria, la realidad y su naturaleza aparente, tangible, real, interpretable, etc., las ciencias exactas como arte, como cosmovisión filosófica, estilos de vida prácticos, pragmáticos, las fórmulas vitales, buscar el equilibrio personal y mutuo... Una novela de la claridad: personajes claros, prosa clara, conflictos/dramas claros..., aderezados con su agradable toque de excentricidad, de misterio, pero siendo, en el fondo y tal como dijimos casi recién, una historia sobre lazos y sobre seres humanos, sobre la vida misma en su cotidiano discurrir, con sus luces y sombras, con sus verdades y sus nudos, con sus campos abiertos y sus callejones sin salida, con sus velos y con sus pistas sus revelaciones... 

Una novela maravillosa, realmente maravillosa. Se la van a leer de un tirón, encantados por la sinceridad y autenticidad y belleza de su propuesta. Imprescindible. Y si no la han leído, descubran a esta autora.


Este ejemplar en particular lleva poco tiempo en las redes bibliometrinas, menos de un año, unos nueve meses, por lo que se viene un parto lector, sea lo que eso sea. Como sea, mal que sea, en dicho período de gestación La fórmula preferida del profesor ha sido prestado en siete ocasiones, casi una vez por mes, para nada mal promedio, siendo este 2025 su momentáneo año de gloria. Esperemos que siga siendo leído, es un libro excelente, tal como hemos señalado. Podrían cambiar la tinta de las estampas, quizás así el no-tan-desprolijo orden en que han sido estampadas las fechas podría verse mejor, más armónico, incluso podríamos ignorar esa fecha estampada al revés...

viernes, 4 de octubre de 2024

El museo del silencio, de Yoko Ogawa


S06E05. Tampoco estaba en los planes de esta temporada pedir El museo del silencio, novela de Yoko Ogawa, la autora que nos encantó y maravilló con La policía de la memoria, ya comentada por acá hace no mucho. Ciertamente íbamos a leerla en algún momento, y dicho momento se adelantó debido a algo de lo que ya me he quejado: libros que no están disponibles en tal sucursal a pesar de que la web dice que sí, que ahí está, que está disponible, que venga a pedir prestado nomás compadre lo que usted quiera faltaba más. Pero donde se cierra una puerta se abre la ventana de un museo y acá estamos, acá nos tienen, en este museo de lecturas llamado Calamari Attitude, en homenaje a la película de Aki Kaurismäki.


Hay algo incierto e indeterminado, como perdido, desdibujado, en esta novela.
Tiene una lograda atmósfera de extrañeza, un halo como intemporal y onírico, tiene su pulso poético latente en cada elemento presente, parece tener ideas concretas bajo su apariencia de acuarela, todo lo cual te mantiene atento e interesado al principio y durante buena parte de la novela. Pero no, El museo del silencio, sobre un museógrafo solitario y obsesivo de su oficio que llega a un recóndito pueblito montañés para encargarse de un singular museo ideado por una excéntrica y decrépita anciana, es demasiado difuso para su propio bien, los personajes y los hechos se diluyen en sus motivos, en sus supuestas metáforas, en su estancada quietud. Puedo comprender que la autora nuevamente nos cuente una historia que tiene que ver con la muerte, con el hecho de tener que aceptar o no la partida de las personas; con una indecisa espiritualidad, con el hecho de intentar buscar y tener la capacidad de encontrar algo que otorgue armonía y paz a nuestro ser; con la vida, con el hecho de tener los ojos para poder captar esa luz que palpita en cada ser vivo u objeto inanimado a nuestro alrededor. El no ser olvidados, el no ser cubiertos por el manto del olvido o la indiferencia; el poder seguir vivos de alguna manera, cuidar y conservar aquello que alberga un recuerdo, un afecto, una señal de que por ahí hubo una extensa vida llena de experiencias felices y bellas o tristes y abyectas.
La labor del museógrafo encomendada por la anciana es construir un museo con objetos, aparentemente comunes y corrientes, que representen lo que en vida fueron los difuntos del pueblo: un pañuelo, un tornillo, una tijera, un botón... El protagonista debe catalogar, analizar, reparar, etc., una bodega entera repleta de objetos así, cada uno con su historia detrás y sus datos duros: a la persona que perteneció, fecha de defunción y causa; la historia en sí la guarda la anciana. Además, una misión anexa y tan importante como la anterior es ir a rescatar objetos de las personas que vayan falleciendo a lo largo de su estadía, algo no precisamente legal y éticamente muy incómodo. Así las cosas, esta novela trata sobre el museógrafo llevando a cabo las distintas aristas de su labor mientras nos cuenta cómo se desarrolla su plácida y serena vida rural, dulcificada por la presencia de la hija de la anciana, a la sazón su asistenta e ¿interés sentimental? Y bueno, alrededor ocurren cosas normales, como partidos de béisbol o fiestas folklóricas, la presencia de unos predicadores del silencio, y otras no tan normales, como asesinatos en serie, atentados terroristas, un hermano que por alguna razón no responde a las cartas del protagonista... Todo lo cual, la  verdad, sugiere más de lo que realmente transmite o expresa o dice, o hace que sugiere porque, es cierto, la prosa de la autora es evocadora y todo lo que quieran, dando la impresión de que hay múltiples capas de hondos significados bajo la superficie, pero lo cierto es que la impresión que me queda es que no hay mucho más allá de lo que sucede a simple vista y que la autora espera que seamos nosotros los que atemos cabos y coloreemos este lienzo... aunque si ella misma no ata nada y nos deja colores pero no pinceles, está complicado.
Y no es que yo sea de esos lectores que se sienten perdidos ante la falta de respuestas, ante misterios no resueltos; sé diferenciar entre una historia de argumento y otra más de alegorías o estudios psicológicos o cosas así; a lo que voy es que El museo del silencio parece ser una historia plagada de elementos innecesarios que adornan someramente (los elementos escabrosos se abandonan, el interés sentimental no se concreta, el silencio del hermano se deja en una cobarde ambigüedad, la atmósfera onírica se intuye como una garantía dramática para todo lo inexplicable que ocurre) el mero hecho de que la autora sólo quería hablar sobre la importancia de recordar y prestar debido tributo o respeto a los difuntos. O que en realidad dicha labor, tan bella y noble, también puede ser una maldición y que hay que aprender, en realidad, a dejar ir para poder transitar libremente en esta vida y no encadenado por el yugo del luto y del pasado. O que el espíritu no debe estar atado por ningún enlace material, sea nuestro cuerpo de carne y hueso, sea algún maldito objeto cualquiera, más o menos como parecen representarlo los predicadores del silencio, aparentemente libres de toda carencia y padecimiento material/corporal. Todas alternativas que funcionan igual de bien, pero ¿era necesario extenderse tanto con tramas y subtramas que surgen casi tan azarosamente como se abandonan en punto muerto?
La lectura, amén de esa prosa cálida y sencilla, tan terrenal como poética, es no obstante lo anterior fluida, no se hace para nada pesada y resulta la mar de legible, quizás demasiado legible, trivializando a fin de cuentas ese misticismo que quería lograr. Supongo que lo más frustrante es que estamos ante una idea prometedora que sin embargo no encuentra armonía en la ejecución de sus ideas, es una novela poco coherente y cohesionada en sus elementos. Es como una fotografía desenfocada, y no sólo desenfocada sino que mal revelada... Por ahí van las cosas. Abarcando mucho, apretando poco. En cualquier caso, un decepcionante tropiezo :/


Contando este ejemplar en mis manos son ocho los que se encuentran en Bibliometro y me pregunto si están todos tan maltrechos como éste (lo dudo mucho) y si acaso vinieron todos en el mismo lote o si éste es una donación o algo así o, simplemente, los otros seis usuarios que lo han pedido prestado desde marzo del 2023 son así de descuidados. Siempre me hago esas preguntas cuando me tocan libros que parecen sacados de una venta de garage. Sobre la ficha bibliográfica, por favor miremos: las dos últimas fechas no podían ir estampadas en su correspondiente espacio, era mejor clavarlas justo en las líneas divisorias. Precioso, ¿no?

sábado, 17 de agosto de 2024

La policía de la memoria, de Yoko Ogawa

 

Bibliometro S04E01. Comenzamos otro ciclo de préstamos bibliometrensis. Este libro en particular, La Policía de la Memoria, no lo conocía en lo absoluto; navegando en la web de Bibliometro me percaté de que estaba en la sección de recomendados o algo así, y de inmediato llamó mi atención tanto el título de la novela como su portada, algo en ese rostro fragmentado y desdibujado, en la expresión afligida, entristecida, como desesperada de ese rostro, me atrajo irremediablemente. Apenas pude me lo pedí, y acá estamos. Por cierto, este libro fue publicado originalmente en Japón el año 1994, sin embargo recién el 2019 fue traducido al inglés y, por consiguiente, al español. Si bien no es su primera obra traducida del japonés, la autora, Yoko Ogawa, reconocida y condecorada en su país, aún espera que su obra sea mayormente conocida. Nosotros, ya conquistados por esta novela, estaremos al acecho (en la medida de lo posible).


Este libro tiene casi 400 páginas y se lee en un suspiro, a ello contribuye el lenguaje poético y calmo, cual diáfano arroyo de sereno cauce, con que la protagonista narra los hechos, que, brillantemente, deja en fuera de campo elementos o atmósferas distópicas (la premisa tiene cierto aire a ciencia ficción pero también a fantasía, sin embargo poco importa: está presente, pero no es lo primordial) para centrarse en su aspecto más alegórico y metafórico. Resulta que la protagonista vive en una isla en la que siempre, desde que se tiene memoria, las cosas han ido desapareciendo, así como así, sin mayor explicación (de parte de quién, además), sólo aceptación y resignación de parte de la población, que deben adaptarse al espacio en blanco dejado por esa cosa que ya no está, que ya no existe y que, para efectos prácticos, nunca existió, pintándolo con los colores de la nueva rutina generalizada. Desaparecen animales, desaparecen objetos, desaparecen conceptos. Desaparecen personas: la Policía de la Memoria se lleva a aquellos que aún pueden recordar lo desaparecido, lo esfumado de la memoria individual y colectiva, so peligro de romper el frágil equilibrio alcanzado con el nuevo vacío. Porque desaparecen de la realidad, y a los pocos días, de la memoria, de los recuerdos.
Y la verdad no quiero venir a hablar ni a contar mucho, esta es una novela que es mejor ir descubriendo desde la total oscuridad, permitiendo que, más allá de la premisa dada, sea la autora la que los introduzca en el mundo que ha creado para ustedes. Imagino que el enfoque de estilo y relato, digamos que su visión de una historia con tintes distópicos, tiene que ver con su nacionalidad o cultura oriental y su relación, íntima y espiritual, que tiene con la naturaleza, con los elementos, en cómo la manera en que nos comportamos para con nuestros pares y todo cuanto nos rodea es un reflejo de nosotros como entes vivos. Acá los personajes humanos son tan importantes como la isla misma, con su geografía, sus ríos, sus montañas, sus costas, sus árboles y flores, sus animales, sus calles y edificios: caminar, pasear, contemplar el cielo y las nubes, escuchar el sonido de la lluvia, inhalar el perfume de la vegetación, sentir el suave tacto de la nieve. Y las desapariciones y la memoria como recurso literario (estético y dramático) para hablar, para expresar, algo muy real, algo que nos pasa a todos: las dudas y los miedos ante la pérdida, ante el sombrío manto de lo desconocido; el dolor del luto y el vacío que nos deja en el alma una muerte, un quiebre, un brusco giro en nuestro rumbo; la desesperación ante el implacable paso del tiempo y su efecto sobre nuestros cuerpos y mentes, nuestra relación con la realidad de acuerdo a nuestro estado de salud; qué tanto existimos si nadie nos recuerda o ni siquiera nosotros mismos podemos recordarnos, qué tan real somos más allá de nuestras presencias físicas. Una sociedad de fantasmas vivientes y sólidos. Puede que la prisión de la nostalgia y la melancolía de todo tiempo distinto del presente sea una cárcel aún más terrible que cualquier cuarto cerrado con siete llaves: la vida, el mundo, la realidad, fluyen y quizás no sacamos nada con resistirnos tan rígidamente al discurrir del tiempo. Si te quedas rígido sirves tanto como un árbol seco y muerto que, eventualmente, será derribado por el viento.
Y vaya que podría seguir hablando y reflexionando sobre esta novela, ja, ja, pero será mejor que la lean ustedes y ya me contarán, o mejor a alguien más porque para qué conmigo, qué les parece. No sólo es de una belleza formal y simbólica tremenda, no sólo cuenta con una cautivante y evocadora atmósfera eminentemente sensorial, sensual, sutilmente seductora, también es de lo más entretenida en su argumento y relato, es imposible no engancharse desde las primeras palabras hasta las sorprendentes frases postreras (en donde descansa todo), todo está tan bien hecho: los personajes y sus relaciones, el conflicto y sus derivas, la descripción y las evocaciones... Una novela verdaderamente magistral y memorable. No se olviden, ¿ah?

Cinco pedidos desde marzo de este año, lo cual no es malo tomando en cuenta lo poco conocida que es la autora. Lo que más destaca, sin embargo, en la infaltable tradición republicana de todo préstamo, en el exhaustivo análisis de las fichas bibliográficas, es que el timbre del 29 de abril está chueco y que dejaron un hueco entre la misma fecha y la que sigue, 12 de julio. Y miren ese 5 de agosto, por dios. Nunca quedaremos felices con estas fichas :(