"LAS GRANDES PASIONES SON ENFERMEDADES INCURABLES"
-Goethe

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lunes, 24 de noviembre de 2025

La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

Biblioteca Nacional E55. Vamos viento en popa, a velocidad de crucero, lento pero seguros, con nuestra intención de ir leyendo las novelas de Michel Houellebecq de inicio a fin. Luego de la excelente y estupenda Plataforma, llega La posibilidad de una isla.

Yo no diría que Houellebecq escribe la misma novela siempre, como sé que se dice por ahí, aunque no negaré que puede correr el riesgo de, dicho de una manera algo distinta, repetirse. Es un autor con intereses y preocupaciones y obsesiones claras, reconocibles, que cimentan su obra narrativa y que indudablemente sobrevuelan cada novela. Pero claro, Ampliación del campo de batalla y Serotonina, lo dije en su momento, son extremadamente similares en estructura, en sustancia, a pesar de sus diferencias aparentes. ¿Cuál de las dos es mejor? Según yo, Serotonina es más redonda, más pulida, pero es que la leí antes, ¿el orden de los factores alteraría, en este caso, la impresión final? Plataforma es la más independiente y autónoma, al ser una especie de crónica de los hábitos y conductas sexuales de la sociedad moderno-occidental. La posibilidad de una isla entra en el terreno propuesto en la genial y magnífica Las partículas elementales, esto es, la narración o relato vital situado en tiempo presente pero enmarcado en una mirada "futura", es decir, ciencia ficción plena y hasta diría que relato post-apocalíptico. Pero además cruza dicha propuesta con lo planteado en la breve aunque también estupenda Lanzarote, recuperando no necesariamente eso de "historia turística" como la mística de dicha isla y la trama de la secta que en aquella novela corta destacaba y explotaba ya por el final. En otras palabras: La posibilidad de una isla = Las partículas elementales + Lanzarote. Pero no es una copia ni una mezcla burda o apresurada, al contrario, es más bien una combinación espiritual, moral, que busca expandir y explorar los límites narrativos/temáticos/genéricos a través de sus variaciones dramáticas que mantienen siempre la frescura y el asombro.

La posibilidad de una isla, entonces, se articula en dos tiempos: en el presente, la vida de Daniel, quien nos narra en primera persona el relato de su vida, el cual, para él, de todas formas comienza cuando se decide definitivamente a dedicarse a la comedia, a ser un cómico corrosivo e incorrecto, caracterizado por su cáustico humor negro, negrísimo, que no deja títere con cabeza. Si Houellebecq siempre pone parte de sí mismo en sus personajes, cabe suponer que con el protagonista de esta novela y su cualidad de humorista, o mejor dicho de bufón y polemista, provocador, se evidencia más a sí mismo en este trasunto o émulo suyo. Me causó bastante risa que en alguna página el tal Daniel comenzara a hablar sobre cómo tanto la crítica y el público que unánimemente lo celebran y aclaman lo definen como un "agudo observador de la realidad/de la sociedad", que es algo que, prácticamente palabra por palabra, yo he dicho de él y sus novelas en posts anteriores. Se nota que Houellebecq va un paso adelante que yo, que el resto, ja, ja. Como sea, con un magistral y apabullante dominio y sentido del ritmo, del espacio y del tiempo (pasan los años, pasan las personas, pasan los lugares sin que la narración misma se estanque o se haga pesada, o por contraparte se sienta ligera o trivial o insignificante), el narrador nos cuenta las idas y venidas de su vida, tanto personales como profesionales y sentimentales/sexuales, a la par que elabora un, ejem, agudo e incisivo retrato de la sociedad moderna, la sociedad francesa, la sociedad occidental, etc. Suena a chiste repetido, lo sé, pero los personajes y sus tramas son nuevos y renovados, ágiles y dinámicos en términos narrativos, por lo que en cuanto a lectura en sí la cosa es fluida y te engancha, te interesa sin mayores trabas, además las observaciones, las críticas y todo eso, siguen siendo igual de lúcidas, geniales y punzantes que siempre: Houellebecq no pierde ni su mala leche ni su ojo clínico no sólo para analizar los fenómenos observables sino que para capturar aquellos detalles que usualmente escapan al ojo común y poco avezado. Por lo demás, puede señalarse que el enfoque es también diferente, razón por la cual su "aguda/pesimista/feroz observación" y su crónica vital no es una copia de lo mismo, al ser vista desde otra perspectiva que ofrece otros ángulos, que ilumina otras sombras. Dicho enfoque, por lo demás, vendría siendo, qué sé yo, el de cierto sentido de la religiosidad o de la fe. Si Plataforma analizaba a la sociedad desde el sexo y el amor, si Las partículas elementales analizaba la sociedad desde una mirada bioquímica y conductual o científica, si Ampliación del campo de batalla y Serotonina analizaban la sociedad desde un punto de vista sociológico y algo psicológico, La posibilidad de una isla explora en la necesidad o búsqueda o desesperación metafísica de la sociedad, expresada en el modo en que hombres y mujeres otorgan cierta noción de sentido a la realidad: a la vida y a la muerte. ¿Y qué hay de lo mercantil y económico? Bueno, para Houellebecq todo es mercado; el dinero no es más que un símbolo y su representación más fiel de las dinámicas mercantiles, es decir el dinero es también la gente, es también el cuerpo: el mercado del sexo y de las relaciones interpersonales, el mercado de la salud mental, en fin... De este modo, el relato vital/retrato sociopolítico que emerge de la narración de Daniel poco a poco se va perfilando hacia el nuevo paradigma y sus respectivas conmociones y convulsiones de índole tan privado e íntimo como mundial, público: la historia de este humorista rabioso, de este humanista perdido, de este hombre decepcionado, una historia salpicada por lo demás con antológicas escenas hilarantes, sórdidas, grotescas, violentas y de un desesperado patetismo emocional, es también la historia del fin del mundo, del colapso de la humanidad, que es en donde transcurre la otra porción de la novela, narrada por Daniel24.

Y como podrán adivinar, y sin entrar en detalles, supongo que intuyen más o menos el cambio de paradigma que cambia por completo el curso de la humanidad y su cosmovisión, antaño sustentada en el miedo a la mortalidad y el pánico a la incertidumbre que esconde la muerte. Pero cuándo no hay muerte y de ti pueden haber hasta 24 reencarnaciones, ¿qué queda?, ¿cuál sería la urgencia por vivir, por explorar, por descubrir? ¿Cuál es el apuro por el placer, por el conocimiento? ¿Vivimos porque sabemos que vamos a morir, o vivimos porque la vida misma es en sí valiosa? ¿El placer de un buen polvo o de una comida deliciosa se origina en la cualidad misma de la comida o del sexo, o en la mera satisfacción de tachar un objetivo de la lista (como los turistas que se conforman con poner pies en un país, sin conocerlo ni respirarlo realmente, sólo para completar el recorrido)? En el futuro lejano en el que viven los neohumanos, Daniel24, aparte de ir aportando observaciones al relato de su antepasado imperfecto, nos cuenta un poco cómo es la vida en soledad, arrasado el mundo por cataclismos, la vida sin penas ni alegrías, sin pasiones ni rencores, la vida de quien simplemente está vivo. Si el relato de Daniel es un retrato de la sociedad de antaño, la porción de Daniel24 es una (paradójicamente) sentida reflexión filosófica sobre el valor y la esencia del ser humano: ¿es mejor el depurado Daniel24 o el imperfecto, humillado, rencoroso Daniel1? ¿Quién es más real, más genuino, quién vivió más? Desde luego, Houellebecq, hábil como es, tampoco se limita a que esta porción sea solamente pura reflexión, puro pensamiento: también hay conflicto dramático, interno y externo, personajes y sucesos, un arco argumental que, según como se mire, es catarsis o decadencia, aunque, sea como sea, aún con ese ritmo y prosa más bien melancólica, gélidamente elegíaca, distanciada pero humana a fin de cuentas, enmarca sus particularidades en una buena y entretenida historia post-apocalíptica en plan survival horror, elevado, claro está, por el estilo sesudo de Houellebecq, que como lector obseso, estoy seguro, puede escribirte ciencia ficción, novela negra o policial, terror, comedia, etc., respetando la esencia, la mística, el espíritu de los códigos éticos y estéticos de los géneros pero subvirtiéndolos según su propia visión pesimista, satírica y analítica, estudiosa. La posibilidad de una isla es una elocuente prueba de ello.

La novela, entonces, es tan entretenida y fascinante como cabría esperar, equilibrando a la perfección la hábil capacidad fabuladora y narradora de Houellebecq con su cualidad de cronista/ensayista legible, capaz de exponer, ilustrar o explicar cositas complicadas sin complicarse en lo absoluto. 

¡Vaya vaya!, ¡qué agradable sorpresa nos depara la tradición republicana de todo préstamo de la B.N.P.D.! ¡Miren cuántos préstamos, cuánta antigüedad! Este ejemplar de La posibilidad de una isla ha estado en existencia desde principios del 2008, es decir hace diecisiete años y medio, período a lo largo del cual ha sido prestado en, a ver contemos, uno dos tres... ¡treinta y cinco ocasiones! Eso da más o menos un promedio de dos veces por año, ¿qué piensan?, ¿buen promedio o nah? Los años de gloria, empatados con seis préstamos cada uno, son el 2008 y el 2017. Y fíjense, este libro ha sufrido la misma maldición, el mismo letargo lector de otros ejemplares de la B.N.P.D.: ¡yo soy el único que ha leído La posibilidad de una isla en lo que va de década! Pero has tenido paciencia, novela, he llegado yo y le he dado sentido a tu existencia, he cumplido tu propósito aunque sea por unos cuantos días, pero la memoria de los mismos te mantendrá con vida durante unos cuantos años más, mis huellas grabadas en tus páginas seguirán susurrándote y prometiéndote: no todo está perdido.

jueves, 12 de junio de 2025

Plataforma, de Michel Houellebecq

 

Bibliometro #115. ¡Continuamos con la obra narrativa del siempre polémico Michel Houellebecq! Partimos un poco al azar con Serotonina, pero luego leímos Ampliación del campo de batalla, que es su primera novela, para luego continuar con Las partículas elementales y después Lanzarote, es decir, todo en orden, y ahora seguimos con Plataforma, una novela a la que le tenía muchas ganas, no sé por qué, quizás sea el título, extrañamente sugerente, o más aún, su tentadora portada, con ese pedazo de culo ahí ofrecido para nosotros, que nunca nos negaremos a un bello culo bien formado.

Uf, por dónde empezar. Lo típico: primero que todo, Plataforma me gustó un montón, me encantó, su lectura fue un bálsamo de frescura, sobre todo en una semana no muy amable con mi único deseo en la vida de poder leer tranquilamente. El hecho de haber podido leer esta novela sin interrupciones ni complicaciones (aunque claro, yo leo de noche, desde las 22 hasta las 4 o 5 am, cuando todos están dormidos, es el único horario en que puedo hacerlo en perfecta calma) le hizo bien a mi espíritu, además la novela en sí es muy entretenida, es decir win-win como dirían los putos gringos.

Como sea, entremos en materia. Plataforma es otra de las variaciones de Houellebecq en esto de adentrarse en las entrañas o cloacas de la sociedad francesa que tanto disgusto, así en general, le causa, aunque también se puede extender dicha mirada a la sociedad occidental, a la sociedad moderna hipertecnológica e hiperglobalizada. No diremos nada nuevo, con respecto a los posts de sus novelas anteriores, al señalar que Houellebecq es un gran observador, un gran cronista de su tiempo. Su mirada está cargada de ironía, de cinismo, de acidez, con uno que otro exabrupto en el tono, pero no diría que se invente nada o que necesariamente apunte contra algún grupo en particular: Houellebecq es un misántropo que detesta a todos por igual y los odia y critica no desde la emocionalidad, a un nivel personal, sino que desde una perspectiva, no lo sé, teórica, analítica, distanciada, desapasionada, científica, como quien observa a una colonia de hormigas con sus dinámicas y mecánicas internas, capturando aquí y allá toda clase de conductas y comportamientos que luego es capaz de expresar y transmitir con nítida claridad (no obstante, digo, sus reveladoras salidas de tono), incluso con su buen toque de áspera poesía. Es que, en cierto modo, Houellebecq es un misántropo romántico, un misántropo sentimental: detesta la sociedad y sus gentes, detesta vivir en esa cochina sociedad, le repugnan sus bases y sus ramificaciones éticas, políticas, etc., y por ende desea vivir lo más ensimismado, desinteresado, "protegido", incontaminado posible, pero no es inmune a la esperanza, a las emociones puras: como buen observador, como buen cronista, sabe que el espectáculo general, por más dantesco que luzca, siempre puede dejarle espacio a pequeños paraísos de luz, que es en donde al misántropo le gustaría refugiarse, a fin de cuentas uno no se hace misántropo por gusto: Houellebecq detesta y repudia el entramado social, la despiadada (por necia, por ignorante) trituradora de carne, pero no cosas tan lindas como el amor o la paz o el equilibrio, mancillados por los múltiples y deformados rostros de la rutina moderna y urbana, precisamente por eso, por destruirlos y vulgarizarlos, los odia. Plataforma transmite a lo largo de todas sus poco más de 300 páginas esta dualidad, esta ambivalencia, esta lucha interna de su protagonista, un empleado público del Ministerio de Cultura, un hombre soltero, solitario, un gris burócrata que cumple su trabajo sin pasión ni ardor alguno, cumpliendo plazos y fechas como buen autómata, cuya única gran distracción, incluso cuyo único placer genuino, es el del viaje, el del turismo: ¿escapes fugaces o fugas escapistas de la sociedad francesa? Quién sabe. Lo cierto es que en uno de esos viajes conoce a una mujer con la que iniciará una relación que será como un oasis en su vida, que será como una tregua.

Así, con su habitual y negrísimo sentido del humor, además de una prosa bien festiva, bien ligera a su modo, bien libérrima (parece ser la novela más optimista y vitalista de Houellebecq, al menos de lo que le hemos leído), el autor apunta y dispara contra la sociedad de consumo en su vertiente turista, dándole no tanto a los turistas en sí mismos (aunque palos les caen a mansalva, claro, el autor se despacha a gusto con ciertos arquetipos de los "viajeros, no turistas", sobre todo los más sangrantes estilo carpe diem hermano, bastardos presuntuosos y ampulosos) como al turismo como tal, al turismo como mercado y el tras bambalinas de dicho mercado, al turismo como fin, como medio, y cómo este mercado del turismo, es decir del viaje recreacional, manipula las presuntas intenciones o emociones puras convirtiéndolas en meros síntomas de consumo y neurosis (claro: vas a purificarte, a iluminarte por montar un elefante guiado por un semi-esclavo, tu relación amorosa será más honesta por hospedarte y tirar en un hotel construido sobre un arrasado santuario natural, encontrarás la paz vital y existencial gentrificando países tercermundistas), moldea las distintas castas sociales tanto de los países de origen de los viajantes como de los destinos, sobre todo los "exóticos": las costumbres, los estilos, las infraestructuras, etc. Es decir, vemos el interés humanista de un Houellebecq rabioso contra las estructuras de poder (comerciales, políticas) de las cuales las personas son víctimas buscando comfort, él sabe que lo son, como embobados e hipnotizados por la propaganda consumista que juega con ellos y con sus bolsillos como gastados peones en un tablero amañado, pero de ahí su asco, su repudio: son víctimas que siguen el juego, que saben lo que son y en dónde están y que lo aceptan porque peor es mascar lauchas, bastardos conformistas e hipócritas y pusilánimes, haciendo lo que ellos te dicen en bellas postales promocionales, gritando inspiradoramente sobre la libertad en teledirigidos tours turísticos comprados en imperdibles ofertas y cómodas cuotas. El personaje de Houllebecq lo ve, lo comprende y no lo comprende, y por eso prefiere retirarse de todo y no soñar, no creerse más de lo que de todas formas te permitirán ser: el buen esclavo.

Otra de las áreas que Houellebecq aborda es la sexualidad, cómo no, pero claro, ahora no desde lo "rutinario" o "normalizado", como podría decirse de Las partículas elementales o Ampliación del... y Serotonina, en donde vemos a gente común y corriente intentando encontrar o mantener activas sus respectivas vidas sexuales algo esquivas, algo apagadas, algo decepcionantes, de paso observando el modo en que se ha "mercantilizado" la vida sexual del ciudadano de a pie. Como decía, en Plataforma, el autor también analiza el, por decirlo de algún modo, escapismo sexual, no sólo en lo que respecta al turismo (el elefante en la habitación de la industria: viajar para tirar, sobre todo en países más "liberales" al respecto) sino que también dentro mismo de asentamientos urbanos en sociedades eminentemente conservadoras, o: el circuito underground, actividades más hardcore, locales sadomaso, etc., como supuesta resistencia y liberación de los cuerpos. Tal como en el turismo, en la presunta libertad de la escena under también se hallan paradójicas reglas y leyes de poder, cosificación y filosofía ociosa. Supongo que serían los dos grandes ejes discursivos de esta novela en torno a los cuales Houellebecq desarrolla la historia de esta inusitada pero bella relación entre el burócrata misántropo y la solitaria gerenta casada con su trabajo: el oasis de honestidad, sinceridad, sexualidad y amor genuino rodeado de una sociedad plástica, falsa, estúpida, rígida, fanática, presuntuosa, posera, sexualmente truculenta, que parece rendirle más culto al dinero y a los mercados y a la explotación/exhibición voluntaria, comercializando hasta sus hebras más íntimas y personales en lugar de romper cadenas. Bueno bueno, mucho blablá de mi parte. Lo cierto es que se puede intelectualizar todo lo que pasa en la novela, claro, pero también se puede tomar como lo que es: un ligero drama romántico ambientado en mundos que oscilan entre la sordidez y el tedio, escrito por un cerebral y analítico antisocial. De ambas formas, Plataforma es una novela genial: te dejas llevar por los dulces avatares de la relación, también te entusiasmas por el humor negro y el retrato de la sociedad moderna hecha por el autor. Win-win, dirían los putos gringos.

Como digo, Plataforma me parece una novela muy optimista y vitalista, aunque claro, mejor no les hablo de su tramo final, todo un puñetazo en el estómago, no sólo por los acontecimientos en sí mismos sino que por el retrato que Houellebecq hace del tratamiento mediático de las desgracias, sobre todo la hipocresía de los medios y de la clase política, el acto de barrer la basura bajo la alfombra, de cerrar los ojos para negarse a ver la realidad y perseverar tercamente en un estado de cosas rancio y mentiroso. Una novela sobre la decadencia. Sobre la decadencia de occidente llevando su decadencia a otros destinos, queriendo purificar su decadencia pero en lugar de ello envenenando el resto del mundo como una mancha de petróleo en un diáfano mar de color turquesa. Recomendadísima, no se me ocurre qué más decir, y eso que nuevamente me he extendido en un par de gruesos párrafos. ¿Qué sacan en limpio, queridos visitadores y visitadoras?

Tenemos una ficha bibliometrina bien movidita, se nota que Houellebecq, a pesar de todo lo que se pueda decir de él (que es polémico o que su literatura no es "fácil"), tiene sus lectores fieles o, quizás, ejerce cierta atracción en lectores que no lo conozcan, cómo saberlo, nosotros sólo vemos fechas estampadas, no tenemos ni idea de lo que hay detrás, o abajo, o antes, de dichos préstamos, los cuales, por cierto, suman doce en seis años, dos por año, bueno en realidad no es un graaaaan promedio, pero oigan, creo que no es el único ejemplar de esta novela en Bibliometro.

sábado, 1 de marzo de 2025

Lanzarote, de Michel Houellebecq

 


Biblioteca de Santiago nº4. La verdad no pensé que Lanzarote iba a estar también en los estantes de la Biblioteca de Santiago pero tal parece que es una biblioteca muuuuuucho más completa de lo que pensaba, así que, como solemos decir, aprovechamos y ahora sí tenemos claro que todo indica que podremos ir leyendo la obra de Houellebecq de manera cronológica, aceptando, eso sí, que comenzamos con Serotonina, pero no todo puede ser perfecto, ¿cierto?


Lanzarote es un relato de poco más de cien páginas, 109 si no me equivoco, una historia compacta (je, je), precisa y concisa, en donde Houellebecq despliega sus talentos habituales aunque con cierto cambio de registro, un tono algo más ligero y puede que entusiasta, algo optimista incluso, lo cual es un sorprendente soplo de aire fresco. ¿De qué trata la cosa?
Pues bien, un francés apocado y solitario, cínico y desencantado, como cabría esperar de un personaje de Houellebecq, decide tomarse unas vacaciones y viajar a algún destino turístico, aunque para variar un poco las cosas y no asistir a los mismos lugares de siempre, se decanta por Lanzarote, una isla castigada por gran cantidad de accidentes y catástrofes geográficas pero que, en el 1999/2000 que se sitúa el relato, es un lugar vacacional medianamente visitado, es decir un lugar tranquilo y más o menos libre de tanto pretencioso turista imbécil. Lo interesante y atractivo de Lanzarote, el libro, es que a su modo funciona como una crónica e incluso guía turística más que como una de esas complejas, mordaces y agudas reflexiones socio-políticas de Houellebecq (de lo que hay, naturalmente, pero no tan cargado), desde luego que todo aderezado con el ácido y corrosivo sentido del humor marca de la casa, obviamente no una crónica tipo Disney para toda la familia, en tanto el protagonista, entre que se deja llevar por las salidas incluidas en el pack turístico que le compró a la agencia de viaje y sus propios impulsos de viajero que quiere conocer cada rincón de esa isla inhóspita, también se dedica a conocer y entablar amistades con otros turistas, como por ejemplo un policía belga deprimido que odia Bélgica y se lanza con fuertes diatribas contra su país, o una pareja de curvilíneas alemanas cuyo estilo de vida es más festivo, optimista, carpe diem y eso. Siendo el motor narrativo de Lanzarote el relato de esta cotidianidad, con sus altos y bajos, sus sorpresas e inquietudes, Houellebecq aprovecha los acontecimientos y su certera y aguda construcción de personajes para elaborar, con sutileza argumental, un retrato de esa Europa que tan desencantado y agrio lo tiene siempre y, también, el estado de cosas de la moderna civilización occidental. Nada sorprendente viniendo de él, pero desarrollado con este registro diferente y refrescante. Hay retazos de las ideas apuntadas en Las partículas elementales, de hecho en la trama de Lanzarote se habla de biología molecular y todo eso, pero como digo, en esta ocasión el foco está en mostrar y sugerir: el paisaje, el comportamiento de los turistas, de los que se infiere la visión del protagonista.
Debo agregar que el tono general de Lanzarote, como ya adelanté, es sorprendentemente ligero y cómico, de hecho es una novela bien graciosa y animosa, al menos esa es la impresión que me dio. Claro, Houellebecq a través de su prosa y sus observaciones sigue destilando ese ácido sentido del humor, pero no puede compararse con el absoluto desencanto y pesimismo de las novelas que le anteceden, con esa gelidez existencial, con esa científica indiferencia, con ese nihilismo en el cual hasta lo más bello perece en una negrura insondable. En Lanzarote parece que Houellebecq y el protagonista, de hecho, están disfrutando plenamente de lo que la isla les ofrece, a pesar de la decadencia europea u occidental que no los alcanza del todo en ese lugar tan apartado (acaso a través de ese belga deprimido), sobre todo cuando están en escena esas deliciosas alemanas tan desenvueltas.
Al principio hay un par de páginas en donde el narrador se embolina con reflexiones demasiado enredadas para el propósito del libro (aunque dice unas cosas bien interesantes, como es usual, sólo que ese estilo algo más sesudo no encaja con el estilo "crónica vacacional"), por ejemplo algunas cosas sobre estrategias para aprender español o un mini ensayo sobre la moral de los turistas según su nacionalidad (de los ingleses dice que a estos no les interesa nada, que sólo turistean en donde haya otros ingleses, y me dio risa porque leyendo algunas novelas sobre ingleses turisteando en otros países tal parece que eso es exactamente lo que hacen: lo mismo que en Inglaterra, sólo que en otro país más soleado), pero no tarda en recuperar el ritmo y genuinamente entretenernos con las peripecias vacacionales de este francés soltero y algo misántropo que, sin embargo, lo pasa genial. No les voy a contar lo que hace con esas alemanas, además de un par de escabrosas sorpresas de índole moral que lo devuelven a la realidad, sobre todo terminado el tiempo de vacaciones en la isla...
Si leen Lanzarote, pienso que se sentirán gratamente sorprendidos.

jueves, 27 de febrero de 2025

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq

 

Biblioteca de Santiago nº3. Yo estaba resignándome a no poder leer la obra de Michel Houellebec de manera cronológica (no es que empezáramos cronológicamente, pero luego me propuse comenzar por el principio), en tanto Las partículas elementales, novela que siguió a Ampliación del campo de batalla, no estaba ni en Bibliometro ni en la sección de préstamo a domicilio de la Biblioteca Nacional, pero como hace poco descubrí que la Biblioteca de Santiago también presta libros a domicilio y que además tiene una gigantesca colección de libros, me dije "acá sí lo tienen", y en efecto, aquí lo tenemos: Las partículas elementales.

Las partículas elementales es un inmenso salto de calidad y de ambición con respecto a Ampliación del campo de batalla, su primera novela, que me gusta y no me gusta a la vez, que me convence a la vez que no, y que no deja de parecerme un lúcido anecdotario de un ejecutivo depresivo desencantado de la vida/sociedad, que, por desgracia, no logra cuajar de manera coherente, en tanto relato, sus ideas en un final que se antoja demasiado abrupto y forzado.

Las partículas elementales es un libro cuya lectura me ha parecido fascinante y magnética. Es una novela en donde podemos identificar los temas que obsesionan, interesan y preocupan a Houellebecq, que de por sí no son nada simples, y los desarrolla en un marco mayor que tiene toques de ciencia ficción y de apocalipsis (ejecutados con una pátina de plausibilidad científica), toques metafísicos incluso, pero sin perder en lo absoluto ese carácter fundamental de cronista de su tiempo, de observador material y humano-conductual, que distingue a Houellebecq, cronista de la civilización que lo cobijó, tan distante y calculador como extraña e inesperadamente compasivo con ella. Con su estilo o prosa impersonal elevado a la categoría de arte, sublimado a lo largo de un argumento cuyo final poco menos que te ilumina y cierra a la perfección la novela, ética y estéticamente, Houellebecq nos cuenta, en esencia, el declive de la civilización occidental, europea, mundial, lo-que-sea, desde lo íntimo desde sus entrañas, lo invisible, lo microscópico que es un individuo en una muestra universal, pero también desde lo macro, desde una visión general y globalizante que parece abarcarlo todo. Se me hace complicado explicarme bien, ja, ja. Digamos que sus personajes centrales son Michel y Bruno, dos medio hermanos muy distintos entre sí (angustias distintas, crisis distintas: Michel es un reputado y respetado biólogo molecular que vive por y para su trabajo, para la ciencia, una persona que no parece humana, desinteresado totalmente de las convenciones sociales, -inter-personales y sentimentales, como si viviera en un lejano punto de observación desde el cual observa, metódicamente, el comportamiento de sus congéneres, identificando y analizando y deconstruyendo sus características, conflictos y problemas fundamentales, y como si su misma inevitable participación e involucramiento fuera un gaje del oficio al que, aún así, se le puede sacar partido; Bruno es un hombre promedio, profesor público, de sueños frustrados y traumas que lo persiguen, en medio de una crisis de la mediana edad, un hombre vacío que intenta llenar su existencia con los efímeros placeres mundanos, sobre todo sexuales, un hombre desesperado de sexo... Vale la pena señalar que estos dos personajes pueden ser versiones algo ficticias de sí mismo del propio autor, en tanto comparte hitos y rasgos biográficos con ambos personajes), cuyas peripecias vitales, que nos son narradas desde que nacen hasta que, bueno, ya verán, reflejan, quizás, por un parte la visión rabiosamente desencantada del autor para con la sociedad francesa y, por extensión, europea y occidental, pero es que también dan cuenta de una honda reflexión sobre la misma naturaleza humana, sobre el carácter esencialmente conflictivo del hombre, sobre la aparente imposibilidad de una redención apenas ilusoria, carácter seguramente acentuado por la acusada decadencia de Europa que el autor no deja de atacar, con virulencia pero siempre con argumentos bien expuestos y lúcidos, en donde tiene presencia preponderante la ciencia y algunos de sus personajes más importantes y significativos que, a su modo, moldearon una forma de pensamiento crítico, que cambiaron el paradigma. Podríamos decir que Las partículas elementales es como un alegato o una apología a un nuevo modo de pensar y reflexionar que, quizás, podría salvar cierta terrible decadencia cultural y socio-política, a la vez que es un singular tratado o relato especulativo en donde la fantasía va de la mano con lo científico.

Y ojo, que para ser un libro escrito con esa prosa impersonal y que al menos la mitad se narra desde la perspectiva distanciada y "no-humana" de uno de los hermanos, Houellebecq trasluce una gran compasión por sus personajes, un esforzado y natural entendimiento hacia sus añoranza y sus pesares, lo que se traduce en una narración fluida, empática, de sus vidas, ya sea de sus amargas derrotas como de esas dulces o milagrosas treguas vitales. Para ser alguien dueño de una mirada algo misantrópica y de una manera de expresarse por momentos bastante virulenta y agresiva, Houellebecq también demuestra gran sensibilidad con respecto a los pensamientos y sentimientos de sus personajes (quizás porque son reflejos y fragmentos de sí mismo, pero la verdad es que también hay otros personajes por los que demuestra gran cariño y compasión, un profundo entendimiento de sus fortalezas y carencias psicológicas y emocionales), dejando que sus vidas corran libres, aunque luego se despeñen terriblemente. No sé si en general me he explicado bien, pero Las partículas elementales me ha gustado por sus personajes y la manera en que se narran sus acontecimientos vitales, por dentro y por fuera; por sus constantes reflexiones que abarcan varias disciplinas y que tienen una mirada tan analítica como impulsiva y rabiosa en ciertos momentos, lo que a la larga lo hace humano; y por traslucir un furtivo pero innegable entusiasmo por los numerosos conocimientos a los que se puede acceder y que parecen estar tan lejos de nosotros debido a esas trabas que el autor identifica y ataca con su particular y singular estilo. Crónica de personajes perdidos, crónica de un descalabro mundial que es a la vez salvación, elogio del método científico y el pensamiento crítico, una maravilla literaria que en sus páginas nos sumerge en una paradoja: lo más solidario que la humanidad puede hacer para consigo misma es abandonarse y olvidar toda esperanza...

En pocas palabras, supongo que vuelvo a lo mismo de siempre: Houellebecq me parece, debajo de ese personaje de provocador y polemista al que no hay que hacerle mucho caso a menos que se quiera entrar en el vano juego de las disputas, un agudo observador que, en esta ocasión y a diferencia de su primera novela, sí logra darles forma a sus intereses y obsesiones a través de un relato novelesco, con ambiciones literarias logradas maravillosamente. Me siento reconciliado con este autor y con renovados ánimos de seguir con su bibliografía. Ya veremos qué tal.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq

 

Bibliometro #54. Ampliación del campo de batalla es la primera novela de Michel Houellebecq, aunque, en realidad, el mismo autor considera su publicación previa, una biografía sobre Lovecraft, como su primera novela. Por acá ya habíamos leído y comentado Serotonina, su penúltima novela publicada hasta el momento, así que no es de extrañar que continuemos leyendo la obra de este autor tan controvertido y del que se discute tanto, según he podido ver. Por cierto, hice gala de la pronunciación correcta al momento de acercarme y preguntar "¿está Ampliación del campo de batalla, de Michel /uelbec/?


Me pregunto qué me habría parecido Ampliación... si no hubiese leído Serotonina primero, la cual leí por pura casualidad e impulso, de lo contrario capaz que hubiese emprendido la lectura de la obra de Houellebecq de la manera en que suelo hacerlo (cuando se puede): en orden. Lo digo porque Ampliación... me parece un libro interesante, cargado de lúcidas ideas e intenciones, además de una energía bien potente, de una mirada aguda, mordaz y punzante, cargada de ironía e inteligencia, pero, más allá de eso, no me parece muy buena novela, muy lograda en tanto relato y narración, dejando un regusto amargo e insatisfactorio al final. ¿Y por qué menciono Serotonina? Pues porque, en esencia, son el mismo libro, hablan de lo mismo y cuentan lo mismo, sólo que Serotonina lo hace mejor, de manera más compleja, profunda y completa. ¿De qué va Ampliación... entonces? Es la implacable crónica de un hombre progresiva y definitivamente desencantado con la vida, tan decepcionado y destruido por dentro que inevitablemente este estado se materializa exteriormente en sí mismo y en sus relaciones profesionales, sociales, interpersonales, amistosas, etc., cristalizando en un descenso de empatía y moralidad, en una deshumanización total. Nuestro hombre es un alto empleado de una compañía informática, soltero y solitario, digamos que asqueado de la sociedad que lo rodea en cada uno de sus aspectos.
Las intenciones se entienden y de hecho el protagonista está bastante bien retratado en su simplicidad (un misántropo deprimido), y diría que los demás personajes también; con un estilo austero y casi minimalista a veces, Houellebecq perfila con precisión y mala leche (aunque, a pesar de que aparente lo contrario, dicha precisión transparenta que es un gran observador y no se puede ser un gran observador/retratista sin una pizca de empatía y compasión, porque lo que acá tenemos no son caricaturas triviales unidimensionales, sino seres, aunque patéticos y en esencia tontos, de carne y hueso) este abanico de singulares y estrafalarios caracteres representativos/víctimas de la presunta decadencia de la sociedad francesa que el autor denuncia, carácter satírico que también queda bastante bien logrado. Mi problema es que, más allá de la presencia de tal o cual personaje y de tal o cual situación que hable del estado de cosas que tanto repugna al protagonista, el principal arco dramático se siente demasiado abrupto, forzado y algo gratuito: el protagonista cae en esa espiral descendente como de forma espontánea, sin mucha coherencia argumental, más que nada para explicar/explicitar su vacío interior. En Serotonina la construcción de ese descenso sí que está lograda porque Houellebecq parte de una certera y compleja construcción psicológica de la cual se entiende cada fase de su autodestrucción, que tiene tanto de moral como de mental o médico, apuntaladas por distintas tramas que contribuyen a ese desmoronamiento. En este caso tenemos un protagonista sencillamente hastiado de todo, sí, hasta nos damos cuenta de que está deprimido y completamente consumido por ese agujero negro, pero insisto, en mi opinión no hay una férrea correlación dramática entre su rechazo a los valores sociales modernos (además de otras opiniones impopulares, resentimientos y rencores varios) y el que de repente, de buenas a primeras, pretenda desaparecer de todo y acometer actos inmorales e ilegales, ser un peligro para sí mismo y la sociedad. No es Camus, no es El extranjero. Podrán decirme que esto se explica con su depresión, pero volvemos a lo mismo: tal razonamiento funciona en Serotonina, donde el elemento bioquímico sí está presente en el relato, en el argumento, en el componente dramático; en cambio Ampliación... es un ensayo o conjunto de ensayos bien interesantes que se disfraza de novela a medias.
Eso sí, vaya que hay opiniones e ideas interesantes; sería banal listarlas y hablar sobre ellas, aunque podrán imaginar que tienen que ver con dinámicas económicas, políticas y sociales, y cómo dichas dinámicas afectan en las relaciones colectivas e individuales, entre otros tantos y variados temas. Sin entrar en detalles (para no contravenir lo que acabo de decir), me ha gustado bastante eso que dice en un momento sobre que hay también un liberalismo sexual que sigue las mismas lógicas del liberalismo económico; no deja de tener su gracia y su cuota de verdad. También están las reflexiones que tienen relación con el título: el campo de la norma en que vivimos, el campo de batalla y su ampliación, que tiene que ver más con lo existencial y filosófico, es decir hay harta materia y sustancia en este libro de menos de 200 páginas... Me sigue llamando la atención que Houellebecq sea tan polémico y controvertido; ciertamente lo que sus personajes dicen (y quizás él, aunque no he leído entrevistas) no será popular y políticamente correcto, pero no me parece que sea un vulgar y burdo provocador descerebrado (como Andrew Tate, por mencionar un caso extremo), antes al contrario, quedo con la impresión que Houellebecq es un inteligente impulsor de debates e intercambio de ideas. Que vengan de boca de personajes convencionalmente repulsivos es irrelevante y accesorio al quid de los asuntos. ¿Qué piensan ustedes sobre Houellebecq?
Pero en fin, para que se hagan una idea final: al protagonista lo tenemos describiendo su empleo, las personas que lo rodean (bellos y feos, charlatanes y honestos, ricos y pobres, triunfadores y perdedores), luego lo vemos de gira con un compañero cumpliendo sus tareas en distintos pueblos no parisinos, ¿y luego adiós?, ¿luego "Oh al demonio todo"? Más allá de las reflexiones e ideas compartidas, y de las entretenidas y alegóricas anécdotas, no hay más, no hay verdadero relato, lo cual no es suficiente: tiene que haber una coherencia entre la sustancia y la forma. Debo admitir (e insistir en ello) en que puede que me haya condicionado la lectura previa de Serotonina, que como dije, me parece una versión mucho más completa de Ampliación..., que en sí misma puede ser una novela buena y todo lo que quieran (no me lo parece, pero se entiende que en su tiempo haya tenido buena recepción: es una propuesta diferente, eso se le concede) pero que a mí me ha parecido una idea bien pensado pero ejecutada a medias, faltándole varios paneles capaces de robustecer su arquitectura básica. No creo andar muy equivocado en todo caso, intenten comprobarlo ustedes por propia cuenta y me dicen qué piensan al respecto.
Intentaré echarle otra lectura si es que me da el tiempo y les cuento.
Pues bien, tuve tiempo de echarle otra lectura y mis opiniones se mantienen y hasta se han reforzado. He dicho: ¡caso cerrado!


Siete préstamos en... ¿cuánto tiempo? No entiendo la primera fecha escrita a mano. El tres del... ¿del uno?, del... ¿19? Tendría sentido porque luego viene un préstamo en marzo del 2020, luego otro del 2021, luego otro del 2022 y luego tres este 2024, aunque de nuevo hay algo raro ahí: una devolución para el 14 de mayo, ¿la siguiente el 16? De verdad no entiendo cómo demonios funciona este puto sistema de mierda, a veces me da la impresión de que los "bibliotecarios" de Bibliometro hacen lo que se les da la gana. Si al menos me beneficiase de vez en cuando a mí...

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Serotonina, de Michel Houellebecq


Bibliometro S05E06. Serotonina, del siempre polémico Michel Houellebecq, es el último libro de esta temporada. Había un séptimo libro, pero no alcancé a leerlo; me encantaría culpar a La información, de Martin Amis (por cierto, Serotonina también sufrió estrés post-traumático por culpa del británico, pero ya en mucho menor medida), pero sería deshonesto, de todas formas no iba a alcanzar. Dicho libro no se pudo pedir de inmediato para la próxima temporada, así que ojalá esté disponible para la séptima, ojalá nadie lo pida, me ha dejado amargado tal cuestión. Por cierto, ¿cómo pronuncian el apellido de este escritor francés? Recuerdo que, cuando aún iba en el colegio, pedí justamente un libro de este sujeto y por alguna razón el bibliotecario de la sucursal a la que fui, que en ese entonces era un miserable y escuálido quiosquito apretujado en la esquina de un delgado pasillo de salida, se puso a dar su opinión y hablaba de /Jou-le-bek/, y siempre he pensado que así se pronunciaba. (En ese entonces ni siquiera leí ese libro, que ya no recuerdo cuál era, parece que uno de sus primeros). En la actualidad, la bibliotecaria que me tocó, que por alguna razón también se puso a hablar, opinar y entregar datos no sólo erróneos sino que improcedentes (¿Revival es la continuación de El resplandor?, vete a la mierda, anda a engañar a otro que sepa menos), de repente me pregunta si había leído Sumisión, le dije que no, ella me dijo que es bueno, que es súper interesante este, ejem, /Julia-bak/. Luego de eso pensé "ok, resolvamos esta mierda de una buena vez, si el tipo es francés no holandés o polaco o quién-sabe-qué-país-de-lenguas-impronunciables", y acá está la respuesta: Houellebecq se pronuncia /uel-bek/. ¿Y Virginie Despentes? ¿Será /des-pen-tes/? ¡No señor!, atentos: es /de-pant/.


Bueno, el nombre de Houellebecq siempre viene acompañado de polémicas y controversias, yo apenas he prestado atención a ello porque como no había leído nada suyo entonces para que entrar en detalles, pero a vuelo de pájaro es imposible no fijarse en que al hombre lo tachan de misógino, machista, xenófobo, clasista, en fin... Creo que Serotonina se ganó en su momento algunos de estos adjetivos, pero, como suele ocurrir, a veces toman las cosas demasiado lejos, exagerándolo para provocar una reacción en cierto consumidor no sólo pasivo sino que ignorante, en el sentido de que uno puede decir lo que sea y quien lee, si no ha leído el libro pero sí la reseña o crítica, no tiene cómo comprobar y sólo le queda reproducir el mar de violentos epítetos vertidos, y, si bien esta novela me ha gustado y me ha parecido una obra sumamente bien lograda y potente en cierto punto (sobre todo en su tramo final), la mar de lúcida, consciente y circunspecta al expresar sus minuciosas y punzantes observaciones, lo cierto es que, más allá de un par de salidas de tono, podría decirse que Serotonina es también bastante inofensiva (no por ello carente, en lo absoluto, de ironía y mordacidad, de sentido del humor), casi todo lo contrario al carácter provocador o de enfant terrible que suelen endilgarle a Houellebecq. En ese sentido me he visto sorprendido leyendo estas páginas, pero insisto, nada tiene que ver con su innegable calidad.
Serotonina es la crónica de un hombre perdido y desencantado con la vida, con la sociedad. Es un hombre enfermo (de melancolía, de depresión) en una sociedad aún más enferma, más agresiva y salvaje y brutal. El protagonista, con ese estilo lúcido y moderado que adelantábamos, disecciona fría y clínicamente sus propios demonios y fracasos (su soledad, su nula sexualidad, su desencanto moral, su hastío vital, su apatía emocional, su desesperación existencial, su inestabilidad ético-filosófica) a la vez que hace lo propio con la sociedad francesa, apuntando su mirada a múltiples asuntos de vital importancia: la política y el manejo de las políticas, de los acuerdos, de la economía y su efecto a niveles macro y micro, en los poderosos y en los vulnerables; las clases sociales y sus mundos abismantemente lejanos y diferentes, la configuración moral y existencial de sus respectivos habitantes; la vida en la ciudad y en las periferias, en sectores rurales, lo que se entiende por éxito o fracaso dependiendo de donde vives y cómo vives; las relaciones entre hombres y mujeres, la manera en que todo lo anterior afecta a cada cual, individualmente o ya juntos y revueltos. Todas opiniones sustentadas en la acción, en la narración en sí; no es un ensayo disfrazado de novela, es una novela enriquecida con características ensayísticas. El protagonista, ya completamente aburrido de su forma de vida, sin estímulos posibles que puedan entusiasmarlo (como dijimos, sexual e intelectualmente vacío y abatido, cerrado el futuro para él), decide desaparecer del mapa, deshacerse de todo aquello que podía identificarlo como hombre, ahora convertido en espectro de carne y hueso, espectro de la realidad y del presente, mientras intenta aferrarse aún a ciertas cosas a lo largo de este camino que ha decidido emprender. Entre medio también hay rememoraciones, recuerdos, recuentos del pasado: los amores fallidos, algunos fracasos profesionales, la derrota del idealismo, en fin, ya se imaginan, todo lo que lo ha llevado a ser el desolado cuarentón actual. Desde luego, no es menor el componente químico o farmacéutico (por algo se intitula de esta forma, ¿nones?): la influencia, el poder, que tienen en su personalidad los antidepresivos, cómo varía la personalidad de una persona de acuerdo no sólo a sus circunstancias socio-económicas sino que también biológicas, los niveles de serotonina, cortisol, testosterona, todas esas cosas que parecieran ser tan importantes como la configuración socio-política del constructo social en que se ha visto consumido, a todas luces un punto de vista polémico para ciertos análisis de los males de la sociedad occidental. Y así, lo que comenzaba siendo un curioso e interesante relato sobre las penurias sentimentales y sexuales de un hombre de clase media alta, poco a poco se transforma en un brutal e implacable descenso (dos descensos consecutivos, vamos en racha) a los abismos del yo y del otro, de la sociedad, cada vez más deshumanizado (capitalismo mediante) a medida que frente a sus ojos suceden escabrosos y violentos acontecimientos, relatados, como ya se dijo, con ese estilo fríamente lúcido, clínicamente sarcástico, que son como el impulso final a su (auto)exilio: no hay lugar para ti, no hay lugar para quien no comulga espiritualmente con el nuevo credo de los tiempos modernos.
En resumen, la crónica de una renuncia total que pega donde más duele y no deja títere con cabeza. Serotonina me ha gustado y convencido, es una lectura totalmente recomendable, dura, implacable. Como una película de Lars Von Trier sin tanto efectismo. Si pueden, háganle.

No es el único ejemplar, no he ido a mirar cuántos hay pero hagamos de cuenta que teníamos en mano la única Serotonina, entonces son tres lecturas en dos años, el primer timbre, por si no se nota (porque está terriblemente mal colocado), es del 29 de junio del 2022, luego dos años de silencio hasta el agosto que recién se fue y es como un revivir, quizás, pero en una de esas durante esos dos años otro ejemplar andaba moviéndose más. Tiene sentido: como se ha dicho, éste lo fui a buscar a la sucursal más lejana (no específicamente eso sí, pero dicha sucursal no contaba con algunos libros que en la web decía tener, y tuve que improvisar). Como sea, de alguna forma hay que rellenar un poco cuando la ficha bibliográfica queda tan vacía. Ya saben, clásica pregunta: como llenar el vacío.