"LAS GRANDES PASIONES SON ENFERMEDADES INCURABLES"
-Goethe

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lunes, 3 de noviembre de 2025

Misceláneas primaverales, de Natsume Soseki

 

Biblioteca de Santiago nº38. Natsume Soseki es un autor que definitivamente se ha instalado en mi mente, no sólo por las dos novelas suyas que hemos leído (que no es que nos hayan encantado ni nada por el estilo, pero es que se nota que son "diferentes") sino que también, sobre todo, por lo inusitado de su aparición en mi campo de visión y porque en casi todos los libros japoneses que hemos leído, de alguna u otra manera, se le menciona, tal es su influencia en la literatura nipona. Por ejemplo, los cuentos de Hiromi Kawakami, que leí antes que este Misceláneas primaverales, contiene varias referencias no tan obvias de las que con cierto goce he ido identificando en la lectura de este libro. No deja de sorprenderme, por ello, continuaremos leyendo a este autor tan fundamental para los japoneses aunque no nos sintamos particularmente entusiasmados o impactados con su obra, que de todas formas tenemos que ir conociendo más, tan sólo estamos empezando.

Bien, como pueden ver en el índice de la fotito de más abajo, este libro consta de, digamos, dos libros: Los sueños de diez noches, que si mal no recuerdo Soseki fue publicando a lo largo de un mes o poco menos en una revista literaria o un periódico, y Misceláneas primaverales, ídem de ídem. El primero consta de diez sueños y el segundo de veinticinco misceláneas, sería banal listarlos uno por uno, por lo que haremos un comentario bien sucinto, bien generalizado.

-Los sueños de diez noches, entonces, como su nombre indica, es la narración de diez sueños, que van desde aquellos de atmósferas más manifiestamente oníricas y surreales, pasando por otras en donde el límite entre la realidad de la vigilia y la realidad de los sueños es algo más ambiguo y confuso, terminando en aquellos que son o imaginaciones plausibles o recuerdos dormidos, a fin de cuentas no es extraño soñar con escenas perfectamente cotidianas en donde no se rompe ninguna regla de la lógica o de la física. ¿No sería interesante inventarse un subgénero así?: El slice-of-life onírico. Como sea, independiente de qué tan surreal sea el sueño narrado, estos sueños de diez noches, que no superan las 35 páginas diría, se caracterizan por un lenguaje, por una prosa, ciertamente poética, pero con la sencillez y la diafanidad de un haikú por ejemplo, en los cuales la atmósfera, evocadora y sensual, remite a la dulce y humilde perplejidad de lo extraordinario, de lo inesperado, a fin de cuentas en los sueños hasta el escenario más delirante es una cosa perfectamente natural aunque residuos de desorientación nos sigan desde la vigilia. Mujeres que te dicen que se van a morir; una visita a la peluquería (casi) perfectamente normal; una madre y su hijo caminando por los bosques nocturnos hacia un templo; un padre cargando a su hijo ciego y demente; un hombre mirando a un monje budista esculpiendo estatuas de madera gigantes... Todo puede significar algo, puede significar nada, pero Soseki logra transmitir precisamente eso: el misterioso e indómito encanto de los sueños, en donde lo tenebroso se cruza con el impresionismo hiperrealista, sí, exacto, así son los sueños. Piensen en la película de Kurosawa, la última que hizo, su despedida fílmica: si les gustó ver aquella obra de arte, entonces también les gustará leer estos modestos pero hipnóticos cuentos. ¡MIERDA!, tan pronto como hice esa conexión mental, me puse a googlear y resulta que Kurosawa sí se inspiró en esta obra de Soseki, tanto que, de hecho, cada sueño de la película comienza con la misma frase de cada sueño de este librito (al menos eso dicen, yo no recuerdo tan exactamente la película): "Soñé este sueño".

-Misceláneas primaverales: Según internet este libro, algo más extenso, casi cien páginas, es un libro de memorias. Obviamente de eso hay, pues la mayoría de las veinticinco historias, de manera más, o menos, evidente, son historias protagonizadas por el propio Soseki o historias que él vio o escuchó, siendo una porción importante de las mismas aquellas centradas en su estadía en Inglaterra (y un cuento en el campo escocés), de la cual no guarda las mejores o más calurosas o iluminadas impresiones, de hecho hace un retrato bastante gris, frío y neblinoso de la vida inglesa, al menos en el aspecto humano, social, arquitectónico, casi pesadillesco por momentos, lo que contrasta bastante con el tono más bien bonachón y ligerito de las historias japonesas, con sus tertulias literarias, conversaciones, anécdotas ajenas, incluso se toma bastante a la ligera un episodio en el que un ladrón ingresa a su hogar y se lleva prendas, en fin, que Soseki está en casa, en su patria, bajo el sol naciente que tan bien conoce y que ha iluminado casi toda su vida. Quizás yo sea el idiota, pero hay algunas otras historias que no parecen ser precisamente memorias, a menos que sean episodios veraces relatados de un modo más bien ficticio, a fin de cuentas dichas historias no parecen protagonizadas por Soseki, o en su defecto, por un escritor maduro. Es cierto que una de las estampas está protagonizada por una niña que bien podría ser su hija o alguna familiar, qué sé yo, pero entienden mi punto, ¿no? Como sea, poco importa si todas las historias son memorias o no, lo importante es que todas, sin excepción, son historias deliciosamente narradas; no diría que como conjunto sea algo muy genial, así como para perder la cabeza, son historias agradables de leer, escritas con la prosa elegante, sobria pero expresiva, sencilla pero lírica (como un haikú, insisto), y con el tono nada solemne, nada grave, nada pesado, de Soseki, quien, sin embargo, amén de dichas cualidades, logra capturar, digamos, la esencia o el núcleo emocional/psicológico/dramático de cada cuento en cuestión, por ejemplo, sus historias ambientadas en Inglaterra transmiten perfectamente el desarraigo y la melancolía, los indicios de esa mezcla tan desagradable de locura y tristeza; la historia de la niña captura la intensidad infantil de las "pequeñas batallas"; las estampas sociales/literarias captan el ambiente plácido de personas a las que ya no se les puede perturbar con pequeñeces... No sabría decir qué tan novedoso o innovador es este libro, pero debe serlo bastante, al menos en Japón, porque, aunque no he leído casi nada de literatura japonesa de fines del siglo XIX-principios del XX, la manera en que está escrito casi parece contemporáneo, incluso si lo comparamos con cuentos y novelas de otras latitudes, no sólo por la naturalidad con que escribe desde la propia intimidad, en plan ficción testimonial, también por el estilo mismo, por el ir al grano, por no empezar con los "esta historia trata sobre", "entonces nuestro héroe tuvo" tan habituales de la época (y que no estoy criticando ni menoscabando, solamente las menciono para ilustrar cómo se desmarca Soseki de dicho estilo)... Cada vez me voy convenciendo que Soseki de verdad es un pionero, con razón todos los escritores famosos y no famosos le rinden tanta pleitesía, de hecho cómo se nota el modo en que varios, ejem, lo homenajean (por no decir que le copian). Y así como Soseki influye en generaciones literarias niponas posteriores, para qué hablar de las generaciones más nuevecitas, más noveles, esas sí que copian descaradamente a referentes que, entre inspiración e inspiración, llegan a Soseki como origen. Por cierto, el relato veinticinco, El profesor Craig, perfectamente pudo ser escrito (es un decir) por Bolaño, y de hecho es así, ahí tienen Sensini (eso sí, dudo que Bolaño haya alcanzado a leer algo de Soseki, pero quién sabe, con un obseso como él).

En fin, 

sábado, 7 de junio de 2025

Luz y oscuridad, de Natsume Soseki

 

Bibliometro #113. Con las sensaciones positivas de la más o menos reciente y fresca lectura de Más allá del equinoccio de primavera, y siguiendo en este sendero de lecturas niponas, no nos demoramos mucho en buscar, o mejor dicho encontrar/pedir, otro libro de Natsume Soseki, uno de los escritores que, según dicen los entendidos, instaló la modernidad en la literatura japonesa. Luz y oscuridad (traducción precisa de su título original, según el traductor de Google) es la última novela de Soseki, una novela inacabada en la que este escritor estaba trabajando cuando la muerte lo sorprendió a la temprana edad de 49 años. De todas formas Luz y oscuridad, inacabada y todo, es una novela que ha quedado en nada menores 420 o 425 páginas, y tal como sugiere el estado de cosas en que se interrumpe todo, daba para bastante más.

Nuevamente me asaltan las típicas dudas e inseguridades, es inevitable cuando ciertos libros no terminan de convencerme demasiado. Pero es cierto que la lectura de este libro fue algo interrumpida y accidentada por las típicas molestias de las que tanto solía quejarme en Cine en tu cara, sólo que ahora peores, entorpeciendo y retrasando la lectura como no me había sucedido con ningún otro libro; es cierto, además, que me dolía un poco la cabeza, sólo un poco, y se me suele aliviar cuando me pongo a leer, pero tampoco es santo remedio, tampoco es infalible. Así son las cosas, qué le vamos a hacer, no tengo los medios para mudarme a un lugar silencioso y tranquilo, y si me pusiera a trabajar full time, no tendría tiempo, ni menos energía restante, para leer. Como sea, comentaré mis impresiones de la manera más clara y bien argumentada posible, quizás mi criterio no esté del todo errado, quién sabe; comentaré este libro como si su lectura se hubiera dado en las mejores condiciones, conmigo en la plenitud de mis facultades. La espina de la duda, eso sí, permanecerá clavada y no tengo muchas ganas de releer esta novela, quizás algún día futuro en el que viva en un lugar tranquilo y silencioso, pero sobre eso no guardo esperanza alguna, sobre nada en realidad, tan sólo me adapto para vivir lo menos incómodamente posible.

Una de las ideas que rescaté de Más allá del equinoccio de primavera es que Soseki es un escritor bien ágil, flexible, bien versátil, dotado con una prosa y un estilo narrativo en donde la palabra clave, quizás, sea "mutabilidad". Tanto aquella novela como la que ahora nos convoca alternan hábilmente entre personajes, tonos y tramas, sin por ello perder cierta coherencia global ni tampoco dinamitar su estructura interna, como si la novela fuera un pez que se infla o se contrae o estira o cambia de colores a voluntad a medida que navega por entre distintos obstáculos en el flujo de su historia, de su carácter de novela-río (no es, en estricto rigor, tal definición, pero tiene un aire a eso: un confluir de relatos ambicioso y modesto e intimista a la vez, una épica del slice-of-life, si aquello tiene sentido). Luz y oscuridad se centra en un joven matrimonio que puertas afuera aparenta mucha virtud y plenitud familiar y económica, pero que puertas adentro se ve asaltado por problemas cada vez más numerosos y acuciantes que se amontonan inoportunamente uno sobre otro, sin darles tregua ni tiempo para respirar. El marido es un treintañero graduado de la universidad que trabaja en una buena empresa gracias a las gestiones de un bien posicionado amigo de la familia, pero que tampoco gana tanto y que, sobre todo, junto a su esposa viven por encima de sus posibilidades, nada muy excesivo, pero de todas formas superando toda moderación, estilo de vida que comienza a complicarse severamente cuando el marido deba hacerse una costosa cirugía a la vez que les llega una carta de su padre anunciando que dejará de ayudarlos con el aporte económico mensual que les permitía vivir holgadamente sin preocuparse mucho de las cosas.

Sobre esta base, Soseki elabora un fluido y dinámico mosaico de personajes, de personalidades y realidades, desde este joven matrimonio apretado económicamente y sumido en una temprana confusión o tedio conyugal (llevan seis meses de casados, nada más), pasando por sus familiares, amistades, conocidos, etc., en donde hay espacio para familias acomodadas, tacañas otras, conservadoras o liberales, educadas y tradicionalistas o más bien vulgares, decadentes y modernas; espacio para gente pobre, para gente culta, para gente mediocre, empresarios, artistas, intelectuales, funcionarios públicos, técnicos, en fin, todo un amplio abanico que se irá desplegando hábilmente a medida que nuestro joven matrimonio protagonista va de un lado a otro para, sin quedar en evidencia, ver si puede pedir ayuda y así solventar sus inusitados contratiempos. Aparte de este ejercicio de observación/retrato social e intergeneracional en el que Soseki va engarzando escenas con una naturalidad genial (visitas a los hogares, salidas a restaurantes, caminatas por templos o parques o barrios tranquilos, eventos culturales y políticos) debido, por una parte, a la certera y vibrante construcción de unos personajes que parecen estar vivos y a punto de saltar de la página gracias a sus vivaces y palpitantes personalidades y caracteres (un maestro de los diálogos, por cierto, y del manejo del espacio y del tiempo narrativo: ¡con qué exquisita fluidez transcurre el tiempo interno en este libro!), Soseki potencia aún más su novela gracias a su honda y compleja sensibilidad psicológica, no sólo mostrándonos o narrándonos la cotidianidad material de estos personajes, sino que perfilando con precisión y nitidez sus mundos interiores, sin adentrarse demasiado en ellos pero no por ello siendo incapaz de expresar la rica complejidad y forma de ser de todos esos personajes, que no son meros arquetipos (al contrario, más allá de sus fachadas pueden llegarte a sorprender, ser mucho más de lo que aparentan), porque lo uno sin lo otro quedaría cojo: la observación social y de relaciones interpersonales se enriquece mutuamente con esos trazos psicológicos e introspectivos, como dos espejos puestos frente a frente. Así, entre el juego y/o choque de perspectivas del marido y la esposa, vamos adentrándonos en una pequeña parte de la vida tokiota, con sus luces y sombras (u oscuridades), sus rutinas y sus eventos. Una deliciosa combinación entre literaria crónica de su tiempo y fabulación de dramas e historias.

El problema, para mí, comienza a surgir ya cuando estamos en el ecuador de la novela más o menos, momento en el que la fluidez de la narración y los mismos acontecimientos se estancan, se estacionan (el reposo, la convalecencia), y el relato pierde su coralidad, su riqueza y variedad o diversidad de miradas, para centrarse exclusivamente en alargados y a la postre cansinos duelos dialécticos, de una pesada densidad psicológica (demasiado pesada, demasiado densa, hasta demasiado abstracta: una cosa es la introspección psicológica en relación con el mundo exterior, otra cosa es vivir atrapado en esa introspección, sumido en reflexiones redundantes cual círculo vicioso, sin dejar entrar la luz del sol ni el sonido de la vida urbana), en donde los personajes en cuestión hablan siempre guardándose cosas para sí, tan sólo sugiriendo, denotando, discutiendo a la escondida, analizando y examinando cada palabra, cada gesto, con una minuciosidad exagerada porque no dejan de ser remolinos dentro de un vaso de agua, discusiones entre hermanos o reproches conyugales, en otras palabras un drama familiar/sentimental muy cerrado en sí mismo, ensimismado hasta la náusea. Una que otra discusión o intercambio puede resultar entretenido o incluso inquietante (sobre todo cuando entra en escena un tal Kobayashi, un desagradable y repulsivo a la vez que extrañamente fascinante personaje que, como si de un espíritu maligno se tratara, se mueve entre los personajes esparciendo discordia y cizaña), pero lo son porque hacen referencia a tramas que se están moviendo (aunque sea en fuera de campo) o porque las discusiones en sí mismas traen una cierta atmósfera diferente, algo de mala intención o conflicto (el tal Kobayashi), el resto, ya les digo, son personajes sentados o recostados alternando cordiales palos mutuos hasta que llega el momento de despedirse, sin que se haya dicho nada y con suerte hayan calado un par de subentendidos. La narración, en todo este tramo, es "qué me quiso decir con eso, a lo mejor lo sabe, ¿y si se me nota que escondo algo?", así todo el rato entre reiterativos reproches. No era algo de lo que adolecía la otra novela suya que leímos. Esa impresión me dio, al menos, pero es cierto que mi contexto no era el mejor cuando abrí las páginas en esta parte del libro. La noche anterior no había tenido problemas en lo absoluto leyendo, justo, la parte buena, que me gusta, de la novela.

Ya en su tramo final la trama se aviva un poco más, se pone de pie y se pone a caminar por decirlo de algún modo, al menos deja de lado tanta discusión estática que, literal, no lleva a ningún lado ni tampoco opera ni obra grandes cambios interiores en sus obstinados personajes, tan rígidos, inflexibles y cerrados sobre sí mismos como la narración, oscuramente introspectiva en esos tramos. Soseki recupera esa saludable pero sutilmente compleja liviandad de sus inicios, y ya no me puedo quejar mucho, la trama se pone entretenida, incluso aunque introduce un nuevo elemento dramático, un especie de amor frustrado que, se sugiere, vendría siendo el origen de las inseguridades conyugales del joven matrimonio, que hace que se deje aparcado el elemento de cuadro social o de costumbres, de retrato de época, de crónica de las clases sociales medias y acomodadas de la capital, lo cual era lo más interesante y entretenido de la novela, pero al menos esto del amor frustrado y las dudas conyugales se desarrolla (o se sientan las bases, a fin de cuentas no se avanza mucho en esto cuando la novela se interrumpe, quedando inacabada) con cierto toque cómico, como una comedia romántica de equívocos. En otras palabras, volvemos un poco a lo del inicio: Soseki demuestra ser un escritor sumamente habilidoso, versátil y cuya pluma o estilo mutable es capaz de amoldarse a cualquier situación o código, PERO, con la condición de mantener ese tono desenfadado, despojado y liberado de solemnidades, esa es la otra conclusión que extraigo de esta novela (que corroboro recordando la lectura de Mas allá del...): la pesadez y lobreguez no le sienta bien a la narrativa de Soseki, la extrema y puntillosa minuciosidad le juega en contra, él es un escritor ligero (en el buen sentido), observador, irónico, inteligente, minimalista en el sentido de que con trazos sencillos pero nítidos y conscientes es capaz de armarte un cuadro mucho más complejo y detallado que cuando se concentra demasiado en las rugosidades o texturas de una porción en particular, descuidando el resto del cuadro.

Al ser una novela inacabada, por supuesto, queda una sensación extraña, es natural en todo caso, porque sin cierre, todo lo que Soseki propone queda en el aire, sin que quede muy claro qué se proponía realmente aunque nosotros nos hagamos ideas al respecto, a fin de cuentas, como hemos dicho, sus dos rasgos importantes son elocuentes: el tono y la mirada desenfadados y la versatilidad/mutabilidad de su narrativa: una novela de personajes, sobre las dificultades de la vida moderna (cómo la modernidad cambia la vida por dentro y por fuera de las personas, de los hogares), que de paso elabora de modo subyacente una crítica social. Además, claro, de una prosa austera pero no carente de giros poéticos y también realistas y psicológicos; en otras palabras, un escritor bien completo, sin estridencias, sin virtuosismos, sin delirios de grandeza: un escritor que sabe adaptarse a los flujos e influjos de sus historias y personajes, encontrando las palabras y las perspectivas adecuadas, otorgándoles el color de distintos géneros sin perder la coherencia global. Claro que en Luz y oscuridad se nos hizo empinado y cansino ese tramo centrado en largos debates y devaneos, pero quién sabe, a lo mejor Soseki hubiera pulido o mejorado, corregido, esas partes una vez terminada la novela, ya saben, los retoques propios que vienen luego del primer borrador. Como sea, les recomiendo esta novela, sobre todo les recomiendo a Soseki, sin duda que es un escritor adelantado a su tiempo, conocedor de literaturas y técnicas clásicas y tradicionales (aparte de las letras de su país, era un gran estudioso y lector de narrativa inglesa y francesa, y se nota, lo noto yo que apenas he leído un puñado de cosas de Flaubert, Zola, Balzac, Dickens, de la época del colegio, de seguro también debió haber leído algunas novelas picarescas españolas, y no parece muy influido por los rusos, pero algo debió rescatar también), pero dándoles no sólo un toque local sino que personal, una festiva subversión que se aprecia en cada palabra, cada página, sin armar un complaciente alboroto de ello. Ya lo iremos descubriendo a medida que podamos encontrar otras obras suyas, demonios, escribiendo la entrada hasta me han dado ganas de concederle otra oportunidad a esta novela, sí o sí, el otro año. Quizás no me desdiga, pero al menos espero que sea una lectura más placentera y fluida, porque sí siento sus tres porciones muy fragmentadas y separadas entre sí, como si fueran novelas distintas. Esperemos, crucemos los dedos.

Tan organizados son con las fichas bibliográficas que Luz y oscuridad no tiene una sino que dos, ninguna de las cuales, a pesar de los pocos préstamos que cada cual demuestra, son ejemplos de orden y pulcritud. Lo llamativo es que este ejemplar está en Bibliometro desde el 2019, año que fue pedido en sólo dos ocasiones, y recién en el último par de años ha visto incrementada su actividad, primero el 2023, luego el 2024 y luego un 2025 con su momentáneo récord de tres préstamos en un mismo año.

martes, 22 de abril de 2025

Más allá del equinoccio de primavera, de Natsume Soseki

 

Bibliometro #97. Debo decir que no conocía en lo absoluto el nombre y la obra de Natsume Soseki. Recién lo vine a conocer navegando en el catálogo de Bibliometro, que tiene un par de libros suyos disponibles, y como por acá estamos dándole duro a la literatura japonesa, abarcando cantidad y variedad de autores, naturalmente fuimos y nos trajimos un libro suyo. Y luego, investigando un poco sobre él, me entero de que Soseki está considerado uno de los grandes de la literatura nipona, siempre es mencionado junto a otros colosos y titanes como Oe, Mishima, Kawabata, Akutagawa, Tanizaki, Dazai... Y yo ni idea, lo cual, como ya sabemos, siempre nos entusiasma: conocer y conocer más, es mi hambre, la única que tengo por estos días.

Más allá del equinoccio de primavera (que, según el traductor de Google, es una traducción bastante buena; el título original significa algo cercano a "Hasta el equinoccio") es una novela bastante curiosa en estructura y estilo, o quizás en espíritu. Es un buen libro, que quede claro, una lectura reveladora a su modo, a su modo desenfadado y libérrimo; una novela profunda y compleja aunque, consciente y deliberadamente, no lo aparente, mostrándose como un sencillo relato/retrato costumbrista-urbano generacional (y, como de todas  formas lo es, lo hace con gran calidad, gran sutileza: pintando el cuadro a través de trazos individuales, dejando que el color y los matices propios de cada personaje vaya completando "por su cuenta" el panorama general, en lugar de hacerlo al revés y forzar una plantilla previa encima de los personajes y sus elásticos, acuosos contornos) aunque en realidad sea un mordaz y agridulce relato de formación, un canto humanista, vitalista y filosófico tan desesperado y desolado como optimista y luminoso, oscilando entre un gris de penumbra y una asombrosa nitidez existencial... como la vida misma para quienes se sienten a la deriva, perdidos en el cruce de caminos del destino tal como el protagonista, un joven recién graduado de la universidad, en la carrera de Derecho, pero al que se le hace extremadamente difícil encontrar trabajo, desocupación que lo sume en un ocioso pesimismo, en un estado de ánimo ambivalente e impredecible que puede conducirlo ya sea a barrer las calles de Tokio para encontrar trabajo o disfrazar su inactividad vital como a hundirse en inconclusas cavilaciones sobre su valor como ser humano, como individuo, sobre qué demonios se hace con la vida de uno, en especial cuando los intentos resultan ser infructuosos... ¿Se puede torcer el destino, se puede cambiar la cara de la rutina, se puede tomar las riendas de nuestra vida realmente? Las reflexiones del protagonista y la descripción de esa vida incierta y desalentadora que lleva, ambas vertientes, están escritas con unas deliciosas sencillez y sutileza que no por ello le resta peso a su poderío dramático y narrativo, el autor de verdad te hace sentir en los poros esa rutina del hastío: el denso rumiar de esos oscuros pensamientos, la gris belleza que se puede hallar en una hora muerta del día en algún punto olvidado de la ciudad... Una novela tan introspectiva como contemplativa, observadora.

Y eso no es todo porque en realidad el protagonista es una especie de falso protagonista; un personaje sumamente bien construido y perfilado en su moral, psicología y personalidad, que sin embargo puede ser tanto el centro de la telaraña de almas como un observador externo de dicha red. Así las cosas, en sus ánimos y empeños por encontrar trabajo e insuflarle algo de sustancia y experiencia a su vida, el protagonista, Keitaro, va conociendo distintos personajes, de diverso género y situación económica, que tienen también historias que contar y compartir: hay espacio para historias sentimentales y románticas; para una trama exquisitamente de "espías" y toque noir; sagas familiares con sus secretos y pecados ocultos; salvajes y exóticas aventuras de hombres andariegos y (auto)marginados del tejido social, de la maquinaria humana, de esa bota que te pisa el alma, el corazón; muertes y amoríos, un crisol de almas y personalidades, de cosmovisiones enfrentadas y contrapuestas, todo por lo demás variando el estilo, de primera persona a tercera persona, desde cierto gélido distanciamiento crítico y estético hasta el vibrante testimonio de un animoso narrador, con una erudita elegancia por momentos hasta un nivel más bien conversacional... Naturalmente este mecanismo estructural puede sorprender o fragmentar la atención de según qué lector, pero para qué digo estas cosas, no es más que una "advertencia", en lo personal me agradó esta variedad de tramas y estilos presentados con tanta naturalidad, jovialidad y también seriedad, gravedad, aceptando que la vida, en tanto rutina y en tanto existencia, es un conjunto de impresiones agridulces, de altibajos, especialmente si la estabilidad y uniformidad no es lo tuyo. No diría que estamos ante una graaaaaan novela, de esas que te cambian la vida, pero es innegable que estamos ante una obra singular, dueña de una voz y visión propia y distinguible, que propone algo y que lo ejecuta a cabalidad, además de estar bien escrita, con claridad tanto para lo descriptivo como para su componente introspectivo, existencial, filosófico. Esa atmósfera, entre esperanzada y entusiasta, entre desolada y hastiada, no es casualidad y nos demuestra que estamos ante un autor que tiene mucho que decir y que sabe cómo hacerlo, como transmitirlo y expresarlo, además de tener una notable capacidad imaginativa y fabuladora. Un lúcido contador de historias, en definitiva, que atrapa tu atención tanto por los avatares argumentales como por sus ganchos más hondamente significativos. Supongo que si nos ponemos más o menos teóricos, Más allá del equinoccio de primavera aúna cierta exquisitez clásica (ese invariablemente dulce y fascinante aire clasicista de las grandes obras) con, sin ser experto, un adelanto de los estimulantes recursos, temas y tratamientos literarios propios de la modernidad. Tenemos el hombre contra el destino, el hombre contra la sociedad, el hombre contra sí mismo; el paisaje, la patria, la mente o el alma. En fin, me ha gustado un montón esta novela, ofrece mucho más de lo que aparenta. Me convence de que Natsume Soseki es uno de los grandes y señeros novelistas japoneses. Descúbranlo.

En fin, hemos hecho debutar este ejemplar bibliometrusco. Esperemos que siga siendo leído con fruición de ahora en adelante.